Valmore Muñoz Arteaga | El surrealismo en Venezuela
El surrealismo en la poesía venezolana se transformó en una vía de renovación de la imagen, del ritmo y de la relación entre palabra y realidad. En Venezuela, esa corriente fue asimilada de manera distinta por varias generaciones poéticas. Primero como exploración vanguardista en el grupo Viernes, luego como apropiación más programática en Apocalipsis y, en el plano individual, como una poética de largo aliento en Juan Sánchez Peláez y José Lira Sosa. Hablar de surrealismo en la poesía venezolana implica mirar un proceso de recepción, transformación y reescritura. El surrealismo llegó al país como un impulso de liberación imaginativa que desordenó la lógica convencional del poema y abrió espacio al sueño, la asociación inesperada, el erotismo y la imagen visionaria. Pero en Venezuela ese influjo no quedó como imitación; se mezcló con tensiones locales como la modernización cultural, la vida política, la crítica social y la búsqueda de una voz propia.
El grupo Viernes, con Vicente Gerbasi a la cabeza, activo entre 1936 y 1941, suele considerarse una piedra angular del posterior desarrollo surrealista en Venezuela. La relevancia de esta experiencia radica fundamentalmente en establecer las bases y la apertura de una sensibilidad cosmopolita que desplazó el tono tradicional de la lírica nacional. La incursión surrealista ya tenía exponentes desde principios de los años treinta con Viernes, en especial en la poesía de Luis Fernando Álvarez. Viernes, de alguna manera, se aproxima a un laboratorio de modernidad poética. Allí se ensayaron formas de visualidad, musicalidad e intensidad imaginativa que prepararon el terreno para desarrollos posteriores. Su valor histórico consiste en haber hecho posible que la imagen poética venezolana dejara de depender exclusivamente del molde modernista o de la descripción directa.
Posteriormente, hubo una segunda oleada, quizás la más atrevida, arriesgada y revolucionaria que tuvo la literatura venezolana. Tendrá como punto de partida un grupo que no logró ver la luz, pero que se transformó en semilla de dos agrupaciones muy importantes para la identidad surrealista nacional. Ese grupo tuvo un nombre y un manifiesto: se llamó Equinoccio, cuyo manifiesto fue redactado por Adriano González León y Hesnor Rivera. La propia dinámica del país conspiró contra sus poetas, pero permitió que dieran frutos Sardio y Apocalipsis.
Apocalipsis, fundado en Maracaibo entre 1955 y 1958, lleva la relación con el surrealismo a un terreno más sistemático y polémico. Fue un intento de apropiación innovadora del discurso surrealista, orientado además a desplazar los valores de la lírica premoderna. En otras palabras, Apocalipsis no sólo usa imágenes insólitas, sino también convierte la ruptura formal en una toma de posición estética e histórica. Ese gesto es decisivo porque en los años cincuenta el surrealismo venezolano ya no funciona sólo como herencia extranjera, sino como instrumento de renovación frente a la tradición y frente al clima político-cultural del momento. La vitalidad de Apocalipsis reside en mostrar que la vanguardia no era un adorno de élite, sino una manera de enfrentar la realidad con un lenguaje menos obediente y más crítico.
Por otro lado, tenemos a Sardio que aparece también en la década de los años 50, con una visión del surrealismo más amplia y menos homogénea que en Apocalipsis. Su espíritu busca renovar el lenguaje poético desde una sensibilidad más compleja y, en algunos casos, más intelectualizada. Su compromiso ayudará a consolidar un clima literario donde la imaginación, la libertad formal y la experimentación dejan de ser excepciones. No se trata únicamente de repetir procedimientos surrealistas, sino de integrarlos a una poesía que dialoga con la política, la reflexión generacional y nuevas ideas sobre el oficio literario. Así, Sardio funciona como puente entre la primera irrupción vanguardista y una madurez poética que ya no necesita declararse surrealista para heredar su energía de extrañamiento.
En medio de todo ese universo en franca gestación, emergen dos voces que, aunque no se adscriben como miembros de ninguna agrupación en particular, su vocación surrealista contribuirá, de manera decisiva, a la madurez, no solo del propio surrealismo, sino de la propia poesía venezolana. Juan Sánchez Peláez y José Lira Sosa son los rostros de esas dos voces.
Juan Sánchez Peláez ocupa un lugar central porque será, a juicio de algunos especialistas, quien introduce plenamente las enseñanzas del surrealismo en la poesía venezolana. Su vínculo juvenil con el grupo chileno Mandrágora y su relación con el grupo Viernes le dieron una base de afinidad con la poesía visionaria y la imagen libre. Su importancia va más allá de la filiación, puesto que en él el surrealismo se convierte en una poética personal, íntima y rigurosa. La crítica lo considera una figura privilegiada porque no sólo asimiló la estética surrealista, sino que la volvió una forma de inteligencia poética. En su obra, el sueño, el deseo, el azar y la revelación no aparecen como caminos misteriosos para el conocimiento. De ese modo, Sánchez Peláez no es simplemente un poeta influido por el surrealismo; es uno de los mediadores decisivos que permiten hablar de una tradición surrealista venezolana con consistencia propia.
Por su parte, José Lira Sosa va a representar otra vertiente, más caribeña, sensual y verbalmente exuberante. Fue un poeta de fuerte impronta surrealista, lector de Breton y heredero de una tradición que pasa por Rimbaud, Artaud, Lautréamont y Mallarmé. Su obra articula erotismo, mar, cuerpo, extrañeza y musicalidad con una libertad imaginativa que lo vuelve una figura singular dentro de la poesía venezolana de la segunda mitad del siglo XX. Hesnor Rivera lo señaló como el poeta más importante de la gesta surrealista en Venezuela. Lo notable en Lira Sosa es que el surrealismo se vuelve experiencia sensorial del Caribe. La imagen no escapa del mundo, sino que lo intensifica. En sus poemas, la asociación inesperada y la sensualidad verbal producen una especie de magia verbal que transforma lo cotidiano en visión. Por eso su caso confirma que el surrealismo venezolano no fue sólo una escuela de ruptura formal, sino también una manera de imaginar el trópico, el deseo y la identidad regional.
Al hacer un balance, podemos decir que, si se mira en conjunto, el surrealismo en la poesía venezolana tuvo al menos tres momentos muy puntuales. Una apertura temprana con Viernes, una radicalización o politización estética con Apocalipsis, y una consolidación madura con poetas como Sánchez Peláez y Lira Sosa. Sardio servirá de transición y de consolidación de esa modernidad literaria. En todos los casos, el rasgo común es la ruptura con el discurso poético lineal y el interés por una imagen capaz de revelar lo oculto o de desordenar lo visible. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
