El diario plural del Zulia

Rixio G Portillo | El beso de la traición

Atravesar un corredor de una inmensa sala, entre butacas, para lanzar un beso, o para darlo, sin el más mínimo interés en la respuesta, demuestra que no fue correspondido.

El beso, que debía ser un gesto que demostraba afecto, cercanía y confianza, tras la traición de Judas Iscariote a Jesús, cambió radicalmente de significado.

Quizás, por esa lógica de que el Evangelio es la historia de todos, en la que todos estamos presentes, pues la traición no es un tema solo de ayer ni de mañana; también sucede hoy.

El tema de fondo es que el beso dice muchas cosas, más que las evidentes, pues se necesitan dos para concretar la acción.

Atravesar un corredor de una inmensa sala, entre butacas, para lanzar un beso, o para darlo, sin el más mínimo interés en la respuesta, demuestra que no fue correspondido.

De allí, preguntar: ¿por qué no hay correspondencia en el beso?, ¿por qué la lejanía?, ¿por qué la frialdad?

Y es allí cuando entra la palabra traición: la traición de ideales por el pragmatismo de sobrevivir a costa de lo que sea, o por encima de quien sea.

La traición a personas concretas, que antes eran aliados y que ahora no solo ya no están del mismo lado de la acera, sino que rompieron definitivamente la confianza. Si traicionaron a uno, ¿por qué no habrían de hacerlo con otros?

La traición a los ideales, como se dijo, tiene un peso importante: conlleva a la actuación, al comportamiento, a las convicciones de vida, por lo que renunciar a los ideales, o falsear sobre ellos, es una forma de vaciarse y traicionarse a sí mismo.

El célebre Edgar Morin dice en uno de sus libros: «Las ideologías son opresoras, pero las ideas pueden ser emancipadoras»; por tanto, acomodarse a una ideología traicionando las propias ideas es una derrota principalmente humana.

La traición a los compañeros de gesta, que tienen que levantarse y salir solos de la sala porque ya no sirven en el juego de poder, porque fueron tontos útiles que pueden ser descartados.

El asunto es que ni Judas ni los traidores en la historia tienen futuro: al vender y venderse al mejor postor se quedan sin nada, porque terminan descubriendo el ínfimo valor de treinta monedas de plata.

Rixio G Portillo 
Profesor de ética y comunicación

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