El diario plural del Zulia

Nacho Montes de Oca | Trump tiene la culpa, no Ucrania

Trump le exigió a Ucrania que abandone una de sus estrategias más efectivas: bombardear las refinerías rusas. Justificó el pedido con el argumento de que esos ataques son la causa principal de la suba global de los combustibles.

Sin embargo, esa explicación muestra ignorancia sobre el funcionamiento del mercado energético o una intención favorable a la Rusia de Putin. Cualquiera de las dos posibilidades implica una toma de posición ostentosa en favor del Kremlin.

Trump no está mediando: está eligiendo bando en voz alta. Desde su club de golf en Doonbeg, durante una visita a Irlanda centrada en el Irish Open y en la promoción de sus propios negocios, le hizo a Volodímir Zelenski un único pedido: que deje de atacar el diésel en Rusia.

“Que vaya a por otros objetivos, pero no el combustible diésel, porque está provocando una escasez de diésel y está perjudicando al mundo”, declaró a periodistas. Después añadió la frase central de su maniobra: “Esto no lo está provocando Oriente Medio, esto lo está causando lo que está ocurriendo con Rusia y Ucrania”.

Esa frase no es un análisis, sino una alteración deliberada de la culpa. Trump no nombra al agresor ni recuerda que Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, arrasó Mariúpol, secuestró a miles de niños y convirtió el Donbás en un cementerio. Tampoco menciona las decenas de muertos ucranianos que siguen sumándose por falta de misiles interceptores.

Para entender por qué lo dice ahora, hay que mirar el escenario interno. El tablero se le incendió en las manos: el precio promedio nacional del diésel en Estados Unidos acaba de superar por primera vez en la historia los 6 dólares por galón. Según AAA, el récord anterior era de 5,82 dólares, establecido en junio de 2022 tras la invasión rusa de Ucrania. Este domingo, el promedio nacional ya estaba en 6,20 dólares. GasBuddy había registrado el cruce de los 6 dólares el jueves.

No es el combustible que utiliza la mayoría de los automovilistas, pero sí el que mueve todo lo demás: camiones, trenes, barcos, maquinaria agrícola y equipos de obra. Cuando el diésel se dispara, aumenta el costo de toda la cadena.

Mas datos: FedEx ya cobra un recargo de combustible del 28 % en Ground para la semana del 14 de septiembre, indexado al diésel de carretera. UPS y el flete LTL aplican recargos que, en algunos tramos de carga, han rozado el 30 %. Amazon, UPS y FedEx llevan meses trasladando ese costo al paquete.

El CPI de agosto marcó un 3,4 % interanual. El New York Times señaló el sábado que el récord del diésel vuelve a amenazar a los fletes, los alimentos y la calefacción de invierno. Brown University estima que, desde el 28 de febrero, se pagaron más de 46.000 millones de dólares adicionales por diésel.

El impacto también se refleja en las encuestas. Gallup midió en junio que dos tercios de los adultos afirmaban que el combustible había golpeado su presupuesto. Reuters/Ipsos llegó a registrar un 69 % de desaprobación sobre el costo de vida.

Con las elecciones de medio término previstas para el 3 de noviembre, un galón a 6,20 dólares no es solo un dato de mercado: es un dato electoral. Trump lo sabe. Por eso necesita un chivo expiatorio.

El problema para Trump es que el precio del diésel tiene una explicación bastante menos conveniente. La crisis no comenzó con los drones ucranianos contra las refinerías rusas, sino con el shock energético provocado por la guerra con Irán y la interrupción del tráfico por Ormuz. El 22 de junio de 2025, durante la Operación Midnight Hammer, Estados Unidos atacó Fordow, Natanz e Isfahán, después de que Israel hubiera iniciado su ofensiva contra el programa nuclear iraní. El 28 de febrero de 2026, Washington e Israel relanzaron la guerra y el conflicto terminó afectando de lleno al Estrecho de Ormuz. Ahí está el verdadero punto de quiebre del mercado.

El mercado se sobresaltó y luego se aquietó. AAA situaba entonces la nafta regular entre 3,14 y 3,22 dólares, y el diésel entre 3,65 y 3,72. Hubo un alto el fuego, pero no un final. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel relanzaron la ofensiva. Esa segunda fase, que cerró de hecho el Estrecho de Ormuz, fue la que quebró el precio en los surtidores. Ese día, AAA medía la nafta regular en 2,982 dólares y el diésel entre 3,67 y 3,76.

Desde entonces, la nafta subió más de un 40 %, hasta 4,31 dólares, y el diésel más de un 60 %, hasta alcanzar el récord. El crudo volvió a superar los 100 dólares: el Brent cotizó esta semana en torno a 104 y rozó los 108.

La razón es que Ormuz sigue interrumpido y ese bloqueo no fue provocado por Zelensky. Por ese estrecho circula, en tiempos de paz, cerca de una quinta parte del petróleo mundial y una porción crítica del destilado marítimo. Pedirle al calendario que empiece en febrero es pedirle que olvide quién disparó primero en junio.

El punto decisivo es que Estados Unidos no necesita importar petróleo iraní para sufrir las consecuencias de Ormuz. El mercado petrolero es global: cuando una ruta por la que circulan millones de barriles diarios queda interrumpida, los compradores compiten por una oferta mundial más pequeña y el precio sube también en los países que producen buena parte de su propio combustible. Y cuando el problema alcanza a los destilados, el efecto se multiplica porque las refinerías necesitan crudo, pero los consumidores necesitan diésel, no barriles de petróleo sin procesar.

El cuello de botella tampoco está en que Estados Unidos se haya quedado sin petróleo ruso. Sus refinerías producen entre 5,1 y 5,3 millones de barriles diarios de destilados y el consumo interno ronda entre 3,4 y 3,8 millones. Estados Unidos incluso ha llegado a exportar hasta 1,7 millones de barriles diarios de esos productos. El problema es que esa capacidad está funcionando prácticamente al límite: las refinerías operan al 97 o 98 % y los inventarios de destilados se encuentran alrededor de un 13 % por debajo de la media. Hay producción, pero cada barril adicional cuesta más y el colchón disponible es cada vez menor.

No hay margen disponible. La EIA prevé que los inventarios de destilados caigan por debajo de 100 millones de barriles en septiembre y permanezcan por debajo del piso de los últimos cinco años hasta 2027. Kyiv tampoco tiene influencia sobre el modo en que se gastan las reservas.

Esta semana, esos inventarios se encontraban en unos 106 millones de barriles, un 13 % por debajo de la media. Por eso, Estados Unidos no necesita importar diésel ruso para llenar el tanque doméstico. Lo que necesita es dejar de vaciar sus propias reservas para abastecer un mercado al que su presidente le voló el grifo del Golfo.

Estados Unidos importa muy poco destilado —del orden de 100.000 a 180.000 barriles diarios— y exporta diez veces más. Pedirle a Zelenski que deje en paz las refinerías rusas no le devuelve al país un solo galón legal. En cambio, le devuelve a Putin capacidad de guerra.

Eso no significa que Rusia sea irrelevante para el precio internacional. Si sus refinerías dejan de producir, desaparecen barriles del mercado mundial y otros compradores deben salir a buscarlos. Pero esa es una transmisión indirecta y global, no una relación directa entre una refinería rusa destruida y el precio que paga un camionero en Iowa. Estados Unidos no está esperando un cargamento ruso que pueda reemplazar al que Ucrania impidió producir.

Hay un dato que vuelve todavía más extraña la acusación de Trump: Rusia no puede venderle diésel a Estados Unidos. La Orden Ejecutiva 14066, firmada por Joe Biden el 8 de marzo de 2022 y publicada al día siguiente en el Federal Register, prohibió la importación estadounidense de crudo, combustibles, aceites y otros productos energéticos de origen ruso. Hubo después excepciones temporales vinculadas con cargamentos ya embarcados o con situaciones extraordinarias del mercado, pero ninguna reconstruyó un flujo estable de gasoil ruso hacia los consumidores estadounidenses. Por eso, pedirle a Zelenski que deje de atacar las refinerías rusas no devuelve directamente un solo galón al mercado estadounidense.

Vamos a decirlo de otro modo: que haya más o menos combustible de Rusia en el mercado no influye en el precio de los EEUU a tal punto de que la factura sea dirigida totalmente contra Kyiv. Y, asociado a ello, si EEUU quisiera operar sobre la demanda interna, exporta diez veces mas de lo que importa, que en ningún caso es desde Rusia.

La OFAC lo reiteró en sus FAQ 1010 y siguientes: el diésel ruso no entra a puertos estadounidenses. Esa orden sigue vigente. Hubo licencias generales temporales para cargamentos ya embarcados y, más tarde, para petróleo en tránsito cuando el mercado se tensó por Ormuz. Sin embargo, ninguna de esas excepciones reconstruye un flujo estable de gasoil ruso hacia el consumidor estadounidense.

Reuters lo resumió en julio, cuando Moscú prohibió sus propias exportaciones de diésel: Estados Unidos ya no importa diésel ruso. Aun así, recibe el impacto porque Turquía, Brasil o el Mediterráneo dejan de recibir esos barriles y salen a buscarlos en el mismo mercado que Europa y las propias refinerías del Golfo de México.

Puede explicarse de otro modo: el mercado se adecuó a la falta de combustible ruso, pero del descalabro generalizado comenzó con la crisis de Medio Oriente que alteró por completo los circuitos de oferta y demanda global. Allí, los drones ucranianos tiene un rol muy secundario.

El 8 de julio de 2026, Rusia vetó la exportación de diésel, medida prorrogada al menos hasta el 30 de septiembre. La decisión llegó después de que los drones ucranianos dejaran fuera de servicio cerca de un 30 a 40 % de su capacidad de refino, según S&P Global. Bank of America calculaba en julio que el procesamiento ruso había caído a 3,9 millones de barriles diarios, frente a 5,3 millones un año antes. Eso aprieta el mercado mundial, pero no llena un camión en Iowa.

Acusar a Ucrania es, entonces, un cambio de culpable hecho a medida y un error conceptual elemental. Trump confunde el mercado del crudo con el de los destilados, una causa estructural con un agravante y un productor al que la ley estadounidense le cerró la puerta en 2022 con un proveedor imaginario.

Trump también confunde dos fechas de su propia guerra: la del primer bombardeo nuclear, en junio de 2025, y la del bloqueo de Ormuz, en febrero de 2026. Esa mezcla le permite afirmar que “esto no lo está provocando Oriente Medio”.

Kevin Hassett, director del Consejo Económico Nacional, ya admitió que los precios récord del diésel son “resultado de interrupciones del producto refinado en Oriente Medio y en Rusia”. Bank of America también ha insistido en que el mayor dolor está en el diésel, no en el crudo, porque las reservas estratégicas amortiguaron el petróleo, pero no los destilados.

La jerarquía de las causas es clara: Irán es el factor dominante. Ucrania es un agravante secundario. Kyiv no ocultó nunca su objetivo y hace meses los persigue sin haber despertado críticas en la Casa Blanca. Zelenski llama a esos ataques “sanciones de largo alcance”. El 28 de junio escribió que cada una “significa menos recursos al servicio de la máquina de guerra rusa, y otro paso hacia la paz”. Reuters resume la doctrina ucraniana de forma directa: las refinerías son un objetivo militar legítimo.

Aquí conviene agregar un factor mas allá de la cuestión económica: el precio global de los combustibles para los ucranianos no puede interesarles mas que su propia supervivencia haida cuenta que Putin reiteró muchas veces que su objetivo es Ucrania como entidad nacional. Y es poco realista pedirles a los ucranianos que antepongan el confort económico de los estadounidenses o la performance electoral de los republicanos a su propia seguridad.

Aun así, que Ucrania sea un factor secundario para el precio estadounidense no significa que sus ataques sean irrelevantes. Para Kyiv, el objetivo nunca fue bajar el precio del diésel en una estación de servicio de Texas. Fue mucho más concreto: reducir la cantidad de combustible disponible para una maquinaria militar que necesita miles de camiones, blindados, generadores y aeronaves funcionando todos los días. Por eso las refinerías rusas tienen un valor estratégico que no se mide solamente en barriles exportables.

La razón es operativa. El diésel mueve camiones, unidades de ingenieros, la mayor parte de los vehículos blindados, generadores y toda la columna logística. S&P ha estimado que el ejército ruso en Ucrania consume cerca del 6 % de la producción total de diésel del país. The Insider sitúa la demanda militar de gasolina, diésel y combustible para aviones entre 2 y 4 millones de toneladas al año.

No es una cifra enorme frente al consumo civil total, pero sí es el combustible que mantiene en movimiento al frente. Soldados rusos han relatado situaciones de racionamiento: de 20 litros para una corrida de abastecimiento a 10 o 15, y caminatas de once kilómetros para buscar agua y comida.

El ISW advierte que la escasez de diésel agrava los problemas de suministro que ya provocan los ataques ucranianos contra los corredores terrestres en territorio ocupado. Si los drones se detuvieran mañana, Moscú no solo volvería a exportar. También recuperaría columnas, generadores, tractores de recuperación y aviación que hoy compiten con el mercado interno por un destilado que ya no sobra. Ese es el único alivio real que produce el pedido de Trump y el único beneficiario es el Kremlin.

El pedido le sirve a Trump en tres frentes. En el plano interno, necesita un chivo expiatorio que no sea Irán.

Con las elecciones de medio término previstas para el 3 de noviembre, Trump reconoció esta misma semana que la guerra con Teherán “terminará inmediatamente después” de esos comicios y que el petróleo no va a “tumbarse” antes. Decir que el culpable es Zelenski le permite despegarse de una guerra que él mismo abrió en junio de 2025 y relanzó en febrero.

En el frente externo, la acusación le sirve para presionar a Kyiv justo después de que Steve Witkoff y Jared Kushner visitaran Moscú el 5 de septiembre y, por primera vez, Kyiv el 6. Ese orden no es un detalle de agenda. Sin experiencia diplomática, están ejerciendo una función de mensajeros de alto costo.

El New York Times documentó que ambos habían viajado varias veces a Moscú. También señaló que Witkoff se había reunido con Putin más de media docena de veces sin haber puesto un pie en Kyiv, pese a las reiteradas invitaciones oficiales. Medios europeos hablaron de una novena visita a Moscú antes de la primera a Ucrania. El ayudante del Kremlin Yuri Ushakov explicó que la reunión de tres horas y diez minutos no se limitó a Ucrania: “se discutieron con considerable detalle cuestiones económicas y posibles grandes proyectos mutuamente beneficiosos ruso-americanos”.

Ahí aparece una segunda dimensión del pedido de Trump. Las conversaciones de Witkoff y Kushner con Moscú no se limitaron a Ucrania: según Yuri Ushakov, también incluyeron cuestiones económicas y posibles proyectos ruso-estadounidenses. El llamado “paquete Dmitriev”, que incorpora energía, Ártico, minerales e infraestructura, muestra que Moscú está intentando convertir una eventual negociación de paz en una negociación económica más amplia.

No prueba que Trump esté actuando por cuenta de esos intereses, pero sí permite entender por qué la protección de la capacidad energética rusa puede formar parte de una agenda mucho más amplia que el precio del diésel estadounidense.

La explicación electoral, en cambio, es mucho más sencilla. Un combustible que supera los seis dólares golpea directamente al consumidor y, sobre todo, transmite el aumento hacia alimentos, transporte y servicios. Con las elecciones de medio término del 3 de noviembre a pocas semanas, Trump necesita que el votante asocie ese costo con alguien distinto de su propia política exterior. Culpar a Ucrania tiene una ventaja evidente: convierte una guerra que Washington inició contra Irán y un bloqueo que afecta al mercado mundial en un problema provocado por el país que Rusia invadió.

En ese contexto, pedirle a Zelenski que deje de golpear refinerías rusas encaja con la misma lógica: proteger el activo energético que Moscú quiere volver a monetizar con capital estadounidense. Esa propuesta nació en el Kremlin y se ata al pedido de Trump con el mismo lazo.

En el plano personal, Trump formula el pedido durante un viaje de golf y negocios. Lo hace en un momento en el que necesita presentarse como pacificador del mundo y no como el hombre que, desde Midnight Hammer hasta Ormuz, llevó el diésel a 6,20 dólares.

Un mediador no le pide al agredido que deje de golpear la retaguardia energética del agresor mientras ese agresor sigue lanzando drones, bombas planeadoras y misiles. Según Zelenski, Rusia lanzó 2.100 drones, 1.700 bombas planeadoras y 73 misiles en una sola semana. A eso se suma el impacto de un dron ruso contra un tren de pasajeros rumbo a Varsovia mientras las palabras de Trump a favor del cese de ataques a las refinerías comenzaban a difundirse.

Un mediador tampoco invierte la causalidad para proteger el combustible de Putin mientras sostiene que Oriente Medio “no tiene nada que ver”. Ese gesto lo acerca peligrosamente a terminar de perder la identidad de intermediario y convertirse, en la práctica, en un aliado energético de Moscú.

No hace falta un tratado para producir ese efecto. Alcanzan las consecuencias concretas de su demanda y la agenda comercial de sus enviados.

Si Ucrania dejara de atacar refinerías mañana, el diésel no bajaría y si la acusación busca un efecto electoral lo hace a costa de actuar como influencia para presentar a Ucrania como la causa de los padecimientos económicos de los votantes, algo que puede tener consecuencias políticas profundas en el futuro. La realidad es que las plantas rusas dañadas tardarían meses en volver a producir por falta de repuestos a causa de las sanciones.

En consecuencia, el combustible seguiría caro porque el crudo permanece por encima de 100 dólares debido a una guerra que no es la de Ucrania; porque Ormuz continúa bloqueado; porque las refinerías estadounidenses ya no tienen holgura; y porque los inventarios de destilados están un 13 % por debajo de la media.

Por eso Trump necesita invertir la causalidad y afirmar que Oriente Medio no explica la crisis. Sin embargo, AAA, GasBuddy, Bloomberg, AP, la EIA y los propios analistas de commodities vinculan el récord, de forma directa y reiterada, con la guerra contra Irán: abierta en junio de 2025 y desatada por completo el 28 de febrero de 2026.

Los ataques ucranianos actúan como un factor adicional sobre un mercado que ya estaba roto. No es un matiz menor. Es un error básico de mapa: confundir el producto que mueve la economía estadounidense con el petróleo que la Orden Ejecutiva 14066 le prohibió comprar a Rusia el 8 de marzo de 2022.

Y es, además, usar esa confusión para pedirle a Ucrania que abandone la única forma de resistencia ante una invasión sangrienta que, en este tablero, todavía le duele a Putin.
Es como pedirle a David que, en lugar de apuntar a la frente de Goliat, intente lanzarle su piedra contra otra parte del cuerpo. Es algo que solo podría pedir un filisteo.

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