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EE. UU. en Venezuela tras el terremoto: ayuda masiva, logísticas gigantes y dilemas políticos

En medio de la catástrofe natural de junio, Washington se presenta como líder de la respuesta internacional, con una intervención que incorpora recursos, personal y presencia diplomática. Los encuentros del equipo de la Embajada y del Comando Sur con autoridades venezolanas, incluido el ministro del Interior Diosdado Cabello, se describen como parte de la labor humanitaria y de coordinación logístico‑operativa, en un marco de relaciones que el propio texto identifica como “excelentes” en algunas esferas gubernamentales.

La emergencia que dejó más de 3.500 víctimas tras el doble sismo del 24 de junio ha puesto a Estados Unidos en el centro de la gestión venezolana de la crisis. Poco después de una controvertida operación militar contra Nicolás Maduro el 3 de enero,Washington estuvo dispuesto a dirigir una transición en Venezuela. Siete meses más tarde, la prioridad humana parece acompañarse de una batería de decisiones y encuentros que afectan la escena política interna y la percepción internacional sobre el papel de EE. UU. en el país, así lo reporta la BBC.

E presidente Donald Trump anunció, tras la extracción de Maduro, que “vamos a dirigir el país [Venezuela] hasta que podamos llevar a cabo una transición segura, adecuada y sensata”. En medio de la catástrofe natural de junio, Washington se presenta como líder de la respuesta internacional, con una intervención que incorpora recursos, personal y presencia diplomática. Los encuentros del equipo de la Embajada y del Comando Sur con autoridades venezolanas, incluido el ministro del Interior Diosdado Cabello, se describen como parte de la labor humanitaria y de coordinación logístico‑operativa, en un marco de relaciones que el propio texto identifica como “excelentes” en algunas esferas gubernamentales.

El contexto internacional se enmarca además en la disputa por el manejo de la crisis, ya que la respuesta se acompaña de debates sobre la verdadera intención política de EE. UU. y su influencia en la situación interna, sumado al fenómeno de la imagen pública del chavismo frente a la cooperación estadounidense.

Lo central es la magnitud de la ayuda y la forma de implementarla. A las pocas horas del sismo, Estados Unidos anunció US$150 millones para atender la emergencia y desplegó más de 250 personas, entre bomberos, médicos, paramédicos e ingenieros. A través del Comando Sur se movilizaron aviones de transporte, helicópteros, buques de la Armada y maquinaria pesada para enfrentar la tragedia venezolana. Además, se creó un puente humanitario aéreo, con la participación del Departamento de Estado, Amazon y la ONG Airlink, para vuelos semanales desde Miami a Maiquetía, gestionados por el Programa Mundial de Alimentos y distribuidos por ONG en el terreno. El objetivo era coordinar con el gobierno venezolano y entregar ayuda de forma rápida y eficiente.

"Bravo. Vamos. Llegaron los gringos, papá, la ayuda humanitaria"

pese a la cooperación, EE. UU. estuvo involucrado en la gestión de riesgos y en el control de la logística en Maiquetía, con Donovan y Barrett enfatizando que no se trataba de un control directo del aeropuerto, sino de apoyar su operación. El despliegue fue considerable: se mencionan aviones C-17, helicópteros CH-47, MV-22 Osprey y buques de la Armada, y el USS Fort Lauderdale, que se convirtió en un símbolo de la presencia navales en un puerto venezolano en décadas. En julio, se reportaron casi 2.000 tropas involucradas en las operaciones de ayuda, con Donovan asegurando que el interés era seguir mientras fuera necesario.

Paralelamente, Estados Unidos anunció un “puente” con agencias y grandes empresas para ampliar la entrega de ayuda y coordinar con ONG y autoridades locales. En términos de magnitud, para esa fecha el país ya había destinado más de US$386 millones, ubicándose a la cabeza de la ayuda internacional, canalizada a través de la Cruz Roja, UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos, entre otros.

La actuación de EE. UU. combina una respuesta de emergencia de gran envergadura con complejos dilemas políticos. Por un lado, las críticas apuntan a la forma en que se manejó la relación con Cabello, cuya figura es fuertemente repudiada por gran parte de la población venezolana y que, según el texto, ha sido objeto de una recompensa por narcoterrorismo. Las imágenes de Cabello interactuando con funcionarios estadounidenses provocaron reacciones en redes y dentro del chavismo, generando dudas sobre si ese acercamiento podría debilitar o diluir una eventual transición democrática.

Por otro lado, existen cuestionamientos sobre la legitimidad de la ayuda como herramienta de influencia. Informes citados en el texto señalan tensiones entre la dimensión humanitaria y la gestión de ingresos petroleros venezolanos durante 2026, con estimaciones de ventas cercanas a US$8.000 millones y una opacidad en el uso de esos recursos. A la vez, una encuesta citada por BBC Mundo muestra un notable respaldo de la población venezolana a EE. UU. como actor para gestionar la crisis, en contraste con menor confianza en China y otras entidades.

La dicotomía entre una respuesta logística de primera magnitud y la percepción de maniobras políticas subraya un escenario complejo: EE. UU. exhibe una capacidad logística sin parangón, que podría marcar la diferencia operativa en la emergencia, pero a la vez enfrenta preguntas sobre el equilibrio entre ayuda humanitaria y objetivos estratégicos a largo plazo.

 

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