El diario plural del Zulia

Pedro Adolfo Morales Vera | El regreso que nunca llega

Ulises tardó diez años en volver a Ítaca. No fue un viaje heroico en el sentido cómodo de la palabra. Perdió a todos sus hombres, durmió en cuevas, mendigó en playas ajenas. Lloró de noche recordando a los suyos. Lo peor no era el mar. Lo peor era no saber si alguna vez volvería a ver su casa.

Muchos venezolanos viven en esa misma incertidumbre. Han salido de un país que se desmorona, han cruzado fronteras a veces hostiles y han tenido que empezar de cero en lugares que no siempre los esperan. Han aprendido a sobrevivir sin certezas, a improvisar, a aceptar trabajos que nunca imaginaron. No hay épica en eso. Hay desgaste. El exilio no premia al que se queja mejor, sino al que se adapta antes.

Ulises no era el más fuerte. Era el más astuto. Cuando quedó atrapado en la cueva de Polifemo no recurrió a la fuerza, sino a la inteligencia. Engañó. Sobrevivió porque entendió dónde estaba y qué necesitaba hacer. Esa lección es la única que sirve cuando todo falla.

Pero Ulises también se equivocó. Cuando estaba a salvo no pudo evitar decir quién era. Necesitaba que lo reconocieran. Ese gesto le costó años de castigo. Hay algo de eso en ciertas actitudes del exilio. Convertir la salida en superioridad, la distancia en identidad moral, el sufrimiento en credencial. No funciona. El exilio no es un título. Es una fractura.

Mientras tanto, otros no se fueron. Se quedaron. Resistieron. No hay viajes ni relatos que los expliquen. Solo una rutina dura, repetida, silenciosa, como la de quien cada mañana se levanta a hacer una cola que no sabe adónde lleva. Mantener una vida en condiciones adversas exige una forma de resistencia menos visible, pero más constante.

La historia de Ulises termina con un regreso. Recupera su casa, restablece el orden, cierra el ciclo. La realidad no ofrece ese tipo de finales. Hay quienes no volverán. Hay quienes lo harán y no encontrarán lo que recuerdan. Hay quienes regresarán a un lugar que ya no es suyo. El problema no es solo la distancia. Es el tiempo. Diez años en la Odisea son literatura. En la vida real son otra cosa. Transforman a quien se va y a quien se queda. Cambian el significado mismo de la idea de regreso.

El exilio no es un título ni una medalla. Es una fractura que no termina de soldar, una forma de vivir en tensión entre lo que se fue y lo que no acaba de ser. Y mientras no exista un regreso posible, seguiremos como Ulises, a la deriva, mirando el horizonte con una única pregunta si ese punto en el mar será alguna vez la costa de casa.

*El autor es economista, abogado, criminólogo, politólogo, historiador y documentalista.

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