Beatriz Becerra | Colombia como esperanza democrática para Iberoamérica
Ha ganado un candidato, pero ninguna de las dos Colombias que han comparecido ante las urnas puede proclamarse vencedora sobre la otra.
Una mitad del país ha apostado por un giro profundo tras la experiencia del primer gobierno de izquierdas de su historia reciente; la otra mitad sigue creyendo que los cambios iniciados en estos años merecen continuidad. Entre ambas apenas caben 249.901 votos. En términos estadísticos, una mínima fracción del electorado. En términos políticos, la distancia que convierte a Abelardo de la Espriella en el próximo presidente de Colombia, con 12.957.471 votos, el 49,66% de los sufragios según el conteo preliminar.
He tenido la fortuna de conocer Iberoamérica no desde la distancia académica, sino desde el contacto directo con sus instituciones, sus dirigentes y sus ciudadanos. Desde el Parlamento Europeo, vi cómo Venezuela descendía hacia el autoritarismo y cómo Nicaragua desmantelaba sus contrapesos institucionales, mientras demasiados gobiernos confundían legitimidad electoral con derecho ilimitado a controlar el Estado.
Colombia, en cambio, representaba algo distinto. No por estar exenta de problemas (décadas de conflicto armado, narcotráfico, desplazamientos masivos y desigualdad habrían quebrado a muchas sociedades), sino porque conservó la convicción de que el poder debía disputarse en las urnas y no mediante las armas.
La campaña ha estado marcada por una tensión pocas veces vista desde la firma de los acuerdos de paz. El asesinato de Miguel Uribe Turbay irrumpió como una advertencia brutal, un recordatorio de que la violencia nunca desaparece del todo, sino que permanece agazapada esperando las fracturas que la permitan regresar.
Sin embargo, la respuesta ciudadana fue precisamente la contraria a la que persiguen quienes pretenden intimidar a las democracias: los colombianos acudieron masivamente a votar.
En una época de instituciones desprestigiadas, Colombia ha vuelto a demostrar madurez cívica. Iván Cepeda ha reconocido el resultado preliminar, aunque ha anunciado la impugnación de 33.000 mesas dentro de los cauces previstos por la ley. De la Espriella, por su parte, se ha proclamado vencedor pidiendo evitar movilizaciones y actos de violencia. Puede parecer un mínimo exigible, pero el fundamento de cualquier democracia saludable es que el derrotado discuta el resultado con argumentos y no con las calles, y que el vencedor no convierta su victoria en revancha.
Porque el verdadero desafío comienza ahora, pues los resultados expresan un cansancio profundo. Millones de colombianos perciben que la inseguridad aumenta, que los grupos armados recuperan espacios, que la corrupción sigue drenando recursos públicos y que la crisis sanitaria golpea la vida cotidiana de las familias. Ese malestar explica buena parte del apoyo a De la Espriella.
Pero el mensaje de las urnas es más complejo que una simple rectificación ideológica. Colombia no ha votado entre izquierda y derecha, sino entre dos diagnósticos distintos sobre cómo responder a esa frustración, y ninguno se ha impuesto de manera concluyente sobre el otro. Esa realidad obliga a la prudencia.
La tentación contemporánea consiste en interpretar cada elección como una batalla definitiva, como si la victoria autorizara a reconstruir el país desde cero y la derrota obligara a resistir como si el sistema entero peligrara. América Latina conoce demasiado bien las consecuencias de esa lógica, pues los liderazgos providenciales, de un signo u otro, han dejado demasiadas promesas incumplidas y demasiadas instituciones debilitadas.
He aprendido, observando procesos políticos a ambos lados del Atlántico, que los países más fuertes no son los que eliminan sus divisiones, sino los que consiguen gobernarlas.
