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Antonio Bermúdez | El Flautista, el Tigre y el Canto de las Sirenas

Como el flautista que llegó a la ciudad de Hamelín infestada de ratas y ofreció librarla del mal a cambio de una recompensa, De la Espriella se presenta a sí mismo como el salvador que, con "mano de hierro", promete acabar con la corrupción, el crimen y el legado del gobierno de izquierda. La analogía es perturbadora: porque el flautista, ante el impago de los aldeanos, regresó y con su música se llevó a todos los niños hacia un precipicio. La campaña del candidato no sólo se construye con un gasto de 7 millones de dólares en publicidad y marketing, sino que se basa en la promesa de una "Patria Milagro", un documento de gobierno de apenas tres páginas donde ofrece soluciones simplistas y de mano dura a problemas estructurales. Cautivada por esa música de autoayuda y redención patriótica, parte de la ciudadanía colombiana podría estar siguiendo al flautista sin conocer el destino final de su melodía.

En el agitado escenario político colombiano, el ascenso de Abelardo de la Espriella se lee como un relato de advertencia donde se cruzan dos poderosas metáforas mitológicas: la del Flautista de Hamelín y la de las sirenas de la Odisea. Al leerlo, no se puede evitar reconocer en su estrategia la doble faz de estos arquetipos: la del flautista que encanta a la población y la de la criatura marina que, con un canto irresistible, promete la salvación para llevar a sus oyentes al desastre.

El primer paralelismo es casi literal en la opinión pública. Ya el 25 de mayo pasado en El Espectador, la periodista María Teresa Ronderos lo comparó directamente con el flautista, describiendo cómo el candidato "derrocha dinero como ningún otro" mientras que "detrás de la estela de espectáculos, fe y publicidad van cautivados los colombianos derecho a la destrucción de su futuro". De la Espriella, abogado millonario de 47 años, irrumpió en el panorama político con un discurso antisistema y una personalidad desparpajada que lo llevó a ganar la primera vuelta electoral con cerca del 44% de los votos.

Como el flautista que llegó a la ciudad de Hamelín infestada de ratas y ofreció librarla del mal a cambio de una recompensa, De la Espriella se presenta a sí mismo como el salvador que, con "mano de hierro", promete acabar con la corrupción, el crimen y el legado del gobierno de izquierda. La analogía es perturbadora: porque el flautista, ante el impago de los aldeanos, regresó y con su música se llevó a todos los niños hacia un precipicio. La campaña del candidato no sólo se construye con un gasto de 7 millones de dólares en publicidad y marketing, sino que se basa en la promesa de una "Patria Milagro", un documento de gobierno de apenas tres páginas donde ofrece soluciones simplistas y de mano dura a problemas estructurales. Cautivada por esa música de autoayuda y redención patriótica, parte de la ciudadanía colombiana podría estar siguiendo al flautista sin conocer el destino final de su melodía.

De la Espriella no es, sin embargo, solo un flautista. Él y su campaña encarnan también a las Sirenas de la Odisea: seres mitológicos que, con un canto mágico de "inmensa dulzura", atraían a los marineros para estrellarlos contra los acantilados. El candidato, conocido como "El Tigre", ha desplegado una retórica de manual: se jacta del tamaño de sus genitales atribuyéndose el voto femenino, insulta a periodistas, y se presenta como un líder mesiánico por encima de la vieja casta política. Esa es la música de las Sirenas que promete placer y solución, pero que, si se le sigue sin ataduras, lleva al naufragio de la razón y la institucionalidad.

Frente a este canto, la sociedad y, sobre todo, la dirigencia colombiana, deben interpretar el papel de Ulises: escuchar la canción sin sucumbir a ella, atándose al mástil de la prudencia y la memoria histórica, tapando los oídos con la cera del pensamiento crítico y el análisis riguroso de las propuestas.

Abelardo de la Espriella toca una melodía en la que resuena la música de Hamelín y el canto de las Sirenas. La pregunta que se deben hacer los colombianos, como votantes y como sociedad, es si se dejarán llevar por esa música hacia un destino incierto, o si tendrán la lucidez y la fuerza de Ulises para atarse al mástil de la razón. No se trata de negar la necesidad de cambio, sino de no vender el futuro por el espejismo de un canto que, al igual que el de las Sirenas, promete la salvación mientras conduce al precipicio.

Por nuestra parte, compartimos con Colombia 2.219 kilómetros de frontera común. Venezuela se juega mucho más que un vecino en esas elecciones. Se juega un socio comercial para su reconstrucción física y comercial, de la mano de Delcy Rodriguez; se juega un aliado para nuestra seguridad interna, combatiendo las redes criminales que operan en la frontera; y se juega, hay que decirlo, el reconocimiento de nuestro nuevo estatus geopolítico a partir del 3 de enero. Un triunfo de Ivan Cepeda garantizaría la continuidad de un proceso de apertura lenta pero pactada; y una victoria de Abelardo de la Espriella podrá a prueba la capacidad de resistencia y adaptación de nuestra dirigencia política, ante un eventual gobierno que le ha declarado la guerra ideológica, pero que la realidad comercial siempre obligará a negociar, principalmente del lado colombiano.

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