El diario plural del Zulia

Vladimir Gessen | Reconstruir Venezuela exige cambiar las mentes

¿Por qué Venezuela ha fracasado tantas veces con distintos planes de desarrollo? ¿Tiene que ver con alguna forma de ser de los venezolanos?… Nuestro país reclama una Revolución de las Mentes, la Transformación del Campo, y pasar a ser una Potencia Turística del Caribe…

Venezuela quiere cambiar…

 

Aspira a renovar la economía, la política, las instituciones, la educación, la salud, los servicios públicos, la forma de producir, la relación entre ciudadanos y Estado y, probablemente, hasta la manera cotidiana de vivir. Después de tantos años de crisis, emigración, confrontaciones, frustraciones y promesas incumplidas, pocas veces habíamos contemplado simultáneamente tantos aspectos de nuestra vida nacional preguntándonos si podrían ser diferentes. No se trata de cambiar un gobierno. Existe una necesidad psicológica de comenzar otra etapa… En algún momento las sociedades se cansan, se agotan. También acumulan frustraciones, desconfianza, disminuyen sus expectativas y, llegado determinado momento, comienzan a sentir que continuar haciendo lo mismo puede resultar más amenazante que intentar algo diferente. Venezuela parece estar viviendo ese momento. Una encuesta nacional realizada por Gold Glove Consulting en 2026 —la primera después de la intervención militar estadounidense del 3 de enero— encontró que el 72% de los consultados consideraba que Venezuela comenzaba a moverse en una dirección positiva, y el 83% se mostraba optimista sobre el futuro del país. Sin embargo, el Financial Times señaló que las mayores preocupaciones de los venezolanos seguían siendo económicas: costo de vida, salud y empleo: 58% afirmaba que la seguridad había empeorado y 68% reclamaba elecciones presidenciales durante 2026. Lo cual nos indica que la esperanza reapareció, aunque todavía convive con el miedo, la incertidumbre y las necesidades de todos los días… En medio de esta circunstancia ocurre algo extraordinario en nuestra historia política. De una u otra manera, la disputa por el rumbo de Venezuela se encuentra hoy concentrada alrededor de dos mujeres: Delcy Rodríguez y María Corina Machado. Provienen de historias políticas enfrentadas. Representan sectores distintos, poseen visiones diferentes sobre la legitimidad, las instituciones y la transición política, y mantienen claras diferencias sobre cómo debe gobernarse Venezuela. Pero existe una coincidencia: ninguna de las dos propone regresar simplemente al país que existía hasta ahora. Ambas hablan, desde lugares distintos y mediante proyectos diferentes, de transformaciones contundentes. Delcy Rodríguez, como presidenta encargada, está impulsando una apertura económica que habría resultado difícil imaginar pocos meses atrás, reformas petroleras que amplían la autonomía de operadores privados, apertura al capital nacional y extranjero en minería y electricidad, negociaciones para reestructurar la deuda y un acercamiento al Fondo Monetario Internacional igual ocurrió con el Banco Mundial y en el caso del Banco Interamericano de Desarrollo el proceso es incluso más reciente. En septiembre de 2026 su presidente, Ilan Goldfajn, confirmó que el BID estaba reenganchándose con Venezuela. Esta misma semana Delcy Rodríguez afirmó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que Venezuela celebrará elecciones como parte de una transición hacia lo que afirmó sería una “democracia plena”, aunque todavía no estableció una fecha… María Corina Machado plantea otra transformación. Ha insistido en que la reconstrucción económica necesita instituciones democráticas, Estado de derecho, respeto a los contratos, transparencia y seguridad jurídica. Propone en su programa de gobierno una participación mucho mayor del sector privado, incluso una reducción del tamaño operativo de PDVSA y el traslado progresivo de actividades al sector privado, al tiempo que considera a Citgo un activo estratégico que debería permanecer en manos venezolanas. No corresponde confundir ambos proyectos ni borrar las enormes diferencias que existen entre ellos. Pero sí reconocer el dato histórico y psicológico: Venezuela está discutiendo nuevamente su futuro. Y eso sí importa. Porque después de años durante los cuales millones de venezolanos sintieron que su destino estaba decidido por otros, vuelve a aparecer la pregunta clave y determinante…

¿Qué país queremos construir?

He ocupado responsabilidades de gobierno. Fui miembro del Consejo de ministros y del gabinete del presidente como ministro de Estado, parlamentario y como diplomático, embajador plenipotenciario. He participado en discusiones económicas y políticas del más alto nivel dentro y fuera de Venezuela. He visto funcionar gobiernos, congresos, embajadas, organismos internacionales y partidos políticos. He comprobado de cerca hasta dónde puede llegar el poder y, también, cuanto se puede hacer. Pero soy, antes que lo mencionado, psicólogo… Además de ejercer profesionalmente la psicología, he dedicado buena parte de mi vida a tratar de comprender la conducta humana, por qué confiamos, por qué desconfiamos, por qué obedecemos, por qué nos rebelamos, por qué algunas sociedades progresan mientras otras repiten una y otra vez comportamientos sociales y políticos que las perjudican, y por qué seres humanos extraordinariamente capaces pueden terminar atrapados en instituciones que recompensan exactamente lo que deberían corregir. Por esto, cuando pienso en Venezuela, llego siempre a la misma conclusión: el problema de los venezolanos no puede resolverse solamente cambiando un gobierno, produciendo más petróleo, consiguiendo inversiones o renegociando una deuda. Eso lo hemos hecho una y otra vez. Debemos reconstruir un país. Y, antes tenemos que reconstruirnos nosotros mismos. El punto es que existen grietas que no se observan hasta caer en ellas en una carretera. La desconfianza es una de ellas. La pérdida de esperanza es otra grieta. Considerar normal que para resolver cualquier problema necesitamos “un contacto” es un desastre. Creer que quien piensa políticamente distinto es nuestro enemigo es otra forma de destrucción. También lo es insinuarle a nuestros hijos que abandonar Venezuela constituye inevitablemente su mejor proyecto de vida. Esos huecos sociales no pueden repararse con cemento. Hace muchos años concebimos un proyecto nacional que partía precisamente de esa preocupación. No estaba pensado para cuatro o cinco años ni para coincidir con el mandato de un presidente. Lo imaginábamos como un proceso de 15 a 20 años, porque un país destruido durante décadas tampoco puede reconstruirse mediante decretos, consignas o milagros económicos. Lo llamamos la Revolución de las Mentes y la Transformación del Campo. No pretendíamos decirles a los venezolanos qué debían pensar. Exactamente lo contrario. Queríamos construir una sociedad capaz de pensar mejor, educar para la libertad y la responsabilidad, sustituir dependencia por iniciativa, improvisación por planificación, privilegio por igualdad ante la ley, viveza por conocimiento y resignación por esperanza racional. Y junto a aquella revolución psicológica y educativa colocábamos un extraordinario impulso de transformación como es la recuperación del campo venezolano, y posteriormente, le agregamos el desarrollo del turismo. Hoy, casi medio siglo después de aquellas primeras ideas, creo que ese proyecto no solamente conserva vigencia, luego de revisado, ampliado y adaptado a una Venezuela que ha cambiado dramáticamente y que ahora dispone de herramientas tecnológicas, financieras y científicas que entonces ni siquiera podíamos imaginar.

Una ventana que se abre, pero todavía no es la recuperación

La Venezuela de septiembre de 2026 presenta una contradicción. Por una parte, existen señales reales de reapertura económica e institucional hacia el mundo. Pero debemos evitar uno de nuestros viejos errores nacionales como ha sido confundir una oportunidad con un resultado. Reapertura no significa recuperación. El propio Fondo Monetario Internacional proyecta para Venezuela durante 2026 un crecimiento real de aproximadamente 4%, mientras calcula una inflación de 387,4%. Ambas cifras pueden coexistir y juntas explican mejor nuestra realidad que cualquiera de ellas por separado. Una economía puede crecer estadísticamente mientras millones de personas todavía no sienten que su vida haya mejorado. Puede aumentar la producción petrolera mientras una familia sigue sin disponer de electricidad durante determinadas horas. Regresar inversionistas mientras un maestro continúa preguntándose cómo llegar a fin de mes. Firmarse contratos multimillonarios mientras un joven continúa pensando que su única oportunidad se encuentra fuera del país. Crecer el Producto Interno Bruto sin que aumente al mismo ritmo la esperanza. A ese desafío se añade una deuda legal e ilegal gigantesca. Venezuela comenzó en mayo la reestructuración de sus obligaciones soberanas y las de PDVSA. Los bonos en default rondan los 60.000 millones de dólares y, cuando se incorporan intereses acumulados, reclamaciones y laudos arbitrales, distintos analistas sitúan las obligaciones totales por encima de los 150.000 millones de dólares. Estimaciones recientes manejadas durante las conversaciones internacionales llegan incluso a un rango de 150.000 a 240.000 millones. A pesar de ello, y en contexto, igualmente se tiene también una advertencia: Venezuela puede comenzar nuevamente a crecer sin haberse reconstruido todavía. Podemos recuperar pozos petroleros sin recuperar instituciones. Recibir inversiones sin obtener la confianza. Aumentar las exportaciones sin mejorar suficientemente la educación. Reconstruir carreteras mientras continúa deteriorándose el comportamiento cívico. Hasta cambiar las leyes sin modificar aquellas costumbres que durante décadas enseñaron a buscar privilegios en lugar de derechos. Así, el verdadero desafío venezolano no consiste solamente en decidir quién gobernará sino en decidir qué vamos a cambiar. Y todavía más… ¿qué estamos dispuestos a cambiar dentro de nosotros mismos? Allí comienza el verdadero plan. Allí comienza la Revolución de las Mentes…

La revolución de las mentes

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Siempre he pensado que esta debe ser la primera y quizás la más difícil de nuestras transformaciones. No importa lo que hagamos si conservamos intactas las conductas que contribuyeron a destruir las instituciones, porque tarde o temprano echaremos abajo también aquello que reconstruyamos... Veamos a la corrupción como caso, no comienza cuando alguien roba dinero público. Se inicia mucho antes, cuando una sociedad considera normal obtener mediante “relaciones” lo que debería lograr mediante derechos, cuando confundimos viveza con inteligencia, cuando pensamos que lo público no pertenece a nadie, o cuando aceptamos que la ley se aplique a nuestros adversarios pero no a nuestros amigos. Una Revolución de las Mentes no debería pertenecer a ninguna tendencia política. Sería exactamente lo contrario de una revolución ideológica. Se trata de una educación emocional. De convivencia democrática. Comprensión científica. Cultura del trabajo. Respeto a la diferencia. Alfabetización digital. Formación para distinguir un hecho de una opinión, una evidencia de una propaganda y una convicción de un fanatismo. Además salud mental. Ser un verdadero ciudadano pues, y todos, parte de la misma sociedad… Venezuela ha padecido durante años fenómenos psicológicos propios de sociedades sometidas a crisis prolongadas de desconfianza, polarización, ansiedad, desesperanza, ruptura familiar, migración y una progresiva pérdida de expectativas. Un país no se reconstruye solamente devolviendo electricidad a las casas. También necesita devolverles esperanza a las personas.

Primero: estabilizar

Nuestro proyecto plantea una primera etapa de aproximadamente uno o dos años. Su finalidad no sería prometer prosperidad inmediata, sino establecer el suelo sobre el cual pudiera construirse: Electricidad. Agua. Alimentación. Salud. Educación. Seguridad ciudadana. Transporte. Estabilidad monetaria. Estado de derecho. Funcionamiento básico de la justicia. Protección de la propiedad y reglas económicas comprensibles… La reciente decisión del BID de estudiar particularmente las necesidades eléctricas y de protección social de Venezuela confirma hasta qué punto estas condiciones básicas siguen siendo esenciales para cualquier recuperación económica… Un inversionista puede tolerar muchas dificultades. Lo que difícilmente puede calcular es una sociedad en la cual no sabe si mañana tendrá energía, si un contrato será respetado, si podrá trasladar mercancías o si las reglas económicas cambiarán arbitrariamente. Por ello la reconstrucción institucional y la reconstrucción económica son inseparables.

Transformar el campo venezolano

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Ahora existe otra de nuestras grandes oportunidades. Durante demasiado tiempo Venezuela utilizó la renta petrolera para comprar afuera una parte considerable de lo que podía producir dentro. El campo terminó pagando el precio de una economía que encontró más sencillo importar que producir. La situación todavía exige atención. La FAO estimó que la producción principal de maíz correspondiente a 2025 permaneció por debajo del promedio y señaló problemas asociados al costo del diésel, semillas e insumos, acceso al financiamiento y rentabilidad. Para el ciclo comercial 2025-2026 calculó necesidades de importación de cereales aproximadamente 35% superiores al promedio de los cinco años anteriores. Esto permite comprender por qué transformar el campo significa mucho más que repartir tierras o conceder créditos. Necesitamos construir un sistema agroindustrial con producción primaria, agroindustria, investigación científica, semillas, genética, riego, almacenamiento, refrigeración, transporte, carreteras rurales, electrificación, financiamiento, seguros agrícolas, tecnología, universidades y mercados de exportación tienen que funcionar como partes de una misma cadena. Los Llanos pueden convertirse en una extraordinaria región productora de alimentos. Zulia, Portuguesa, Barinas, Guárico, Lara, Mérida, Táchira, Trujillo y otras regiones poseen vocaciones diferentes que deberían desarrollarse según sus ventajas naturales y humanas. También deberíamos incorporar aquello que hace treinta años apenas podíamos imaginar como la agricultura de precisión, inteligencia artificial, sensores, drones, análisis satelital, administración digital del agua y sistemas predictivos de cosecha. No propongo regresar al campo del pasado. Propongo construir el campo venezolano con la agroindustria del siglo XXI.

El petróleo debe financiar el futuro, no sustituirlo

Sería igualmente absurdo negar nuestra condición petrolera. Venezuela posee recursos energéticos extraordinarios y necesitará petróleo y gas durante muchos años para reconstruirse. En marzo de 2026 Estados Unidos amplió sustancialmente la autorización para que compañías estadounidenses realizaran operaciones con PDVSA. Durante los meses siguientes aumentaron las negociaciones y acuerdos con compañías nacionales e internacionales interesadas en participar en la recuperación del sector energético venezolano, entre ellas Chevron, Repsol, Eni, ONGC, GeoPark y TotalEnergies. El dilema no consiste entonces en escoger entre petróleo o diversificación. Consiste en utilizar inteligentemente el petróleo para financiar la diversificación. Parte de los ingresos extraordinarios debería transformarse, bajo mecanismos rigurosos de transparencia y rendición de cuentas, en infraestructura, educación, ciencia, tecnología, agricultura y recuperación de los servicios públicos. De otro modo podríamos cometer nuevamente el error histórico venezolano, como es tener un período de abundancia sin convertirlo en desarrollo permanente. El petróleo debería ser el financista de la transformación, no su finalidad, como lo hicieron otros países petroleros: Noruega es el ejemplo más claro: canalizó los ingresos petroleros hacia el Government Pension Fund Global y estableció una regla fiscal destinada a utilizar gradualmente esos recursos, preservando el capital para futuras generaciones y financiando bienes públicos… Malasia siguió un modelo diferente. Utilizó parte importante de la renta de sus recursos naturales para invertir en infraestructura, educación y capacidad productiva, mientras diversificaba su economía desde materias primas hacia manufacturas y actividades no petroleras. El Banco Mundial destaca precisamente que esa reinversión y diversificación ayudaron a reducir la dependencia de los ciclos de las materias primas.

Venezuela podría convertirse en la potencia turística del Caribe

También desde una experiencia que me resulta particularmente cercana, dado que ejercí como ministro de Turismo, presidí la Corporación de Turismo de Venezuela, cuando se alcanzó el mayor número de turistas en el país, y anteriormente la Subcomisión de Turismo del Congreso, aprendí entonces algo que sigo creyendo, el turismo no es solamente una industria. Es una forma de organizar territorialmente un país. Para recibir viajeros necesitamos aeropuertos que funcionen, carreteras seguras, electricidad, agua, telecomunicaciones, sanidad, hoteles, gastronomía, restaurantes, capacitación profesional, seguridad jurídica y ciudades agradables. Es decir: cuando desarrollamos el turismo para quien viene de afuera también mejoramos la calidad de vida de quien vive dentro. Tenemos Mar Caribe, selva amazónica, tepuyes, Los Roques, Canaima, Margarita, los Andes, los Llanos, ciudades históricas, música, gastronomía y una diversidad natural extraordinaria. Y contamos con una señal económica interesante. El World Travel & Tourism Council proyecta que el PIB asociado a viajes y turismo en Venezuela podría crecer 33,2% durante 2026 y 2027, mientras el gasto de visitantes internacionales podría aumentar 34,8%. Son proyecciones, no resultados garantizados, pero indican que existe un espacio considerable para recuperar esta actividad. Venezuela debería pensar el turismo como España lo hizo en determinado momento de su historia, no solamente con hoteles, sino con infraestructura, cultura ciudadana y amigable, empleo, formación y proyección internacional. Un gran plan turístico venezolano podría desarrollarse rápidamente.

La verdadera riqueza está en las personas

Insistimos, ni petróleo, ni agricultura ni turismo resolverán el problema si perdemos nuestra principal riqueza: el capital humano. Los datos educativos son particularmente preocupantes. UNICEF estimó al cierre de 2025 que más de 1,5 millones de niños estaban fuera de la escuela, mientras más del 80% de estudiantes evaluados de tercero y sexto grado no alcanzaban los niveles mínimos esperados en lenguaje y 98% no los alcanzaba en matemáticas. Ese puede ser el dato más grave de todo lo expresado. Porque un pozo petrolero puede recuperarse en algunos años. Una central eléctrica puede reconstruirse. Una carretera puede asfaltarse nuevamente. Una generación que pierde su educación no se puede recuperar con la misma facilidad. Por eso la Revolución de las Mentes comienza en el maestro. Necesitamos recuperar la dignidad económica y profesional de los docentes, reconstruir las universidades, renovar la educación técnica, enseñar idiomas, matemáticas, ciencia, programación, historia, artes y pensamiento crítico. Y añadir algo indispensable en nuestro tiempo como es la inteligencia artificial. No deberíamos enseñar a nuestros jóvenes solamente a consumir tecnología creada en otras sociedades. Debemos enseñarles a crearla.

La diáspora no es solamente una tragedia

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También puede convertirse en una fuerza de reconstrucción. Más de 8 millones de venezolanos han salido del país, según las cifras recopiladas por ACNUR, de los cuales más de 6,9 millones permanecen en América Latina y el Caribe. Nunca habíamos tenido semejante dispersión humana. Pero esa diáspora posee médicos, científicos, ingenieros, psicólogos, empresarios, técnicos, académicos, trabajadores especializados y jóvenes que han adquirido conocimientos y experiencias en numerosas sociedades. No todos regresarán. Ni deberían ser presionados para hacerlo. La pregunta correcta consiste en cómo lograr que puedan participar nuevamente en Venezuela aunque permanezcan viviendo en Madrid, Miami, Bogotá, Santiago, Buenos Aires, Lima, Toronto o cualquier otra ciudad. Y algo está cambiando: una encuesta de ACNUR realizada durante 2026 encontró que aproximadamente un tercio de los venezolanos entrevistados en varios países de la región consideraba posible regresar alguna vez, aunque solamente 9% contemplaba hacerlo durante el siguiente año. Eso significa que el retorno dependerá menos de discursos patrióticos que de condiciones concretas. La gente regresará cuando pueda vivir, trabajar, invertir, criar a sus hijos y sentirse segura.

Instituciones antes que caudillos

Venezuela necesita aprender de su historia. Hemos buscado demasiadas veces al hombre providencial. Aquel que salvaría la patria, que resolvería todo, sin el cual aparentemente nada puede funcionar. Pero una democracia madura comienza precisamente cuando dejamos de necesitar salvadores. Necesitamos es instituciones... Un Poder Judicial independiente. Un Parlamento que controle al Ejecutivo. Contraloría y fiscalización efectivas. Fuerzas Armadas profesionales sujetas al poder civil. Gobernaciones y alcaldías con competencias reales. Funcionarios públicos seleccionados por su capacidad. Presupuestos transparentes. Contrataciones auditables. Información pública accesible. Y necesitamos algo psicológicamente todavía más difícil, como es aprender a convivir con quienes piensan diferente… Reconciliación no significa impunidad. Y Justicia tampoco se define como venganza. Una sociedad que sale de una confrontación prolongada necesita investigar responsabilidades, establecer la verdad posible, aplicar la ley y, simultáneamente, reconstruir una comunidad política en la que quienes ayer fueron adversarios puedan mañana vivir bajo las mismas instituciones.

Al final…

… El mayor error sería pensar que Venezuela comienza nuevamente cuando cambie un presidente, cuando se firme un acuerdo petrolero, o cuando llegue un gran préstamo internacional. Los países son mucho más que sus gobiernos. Son las relaciones de confianza entre sus ciudadanos. Son las maestras que abren una escuela. El agricultor que vuelve a sembrar porque sabe que podrá vender su cosecha. El empresario que invierte porque confía en las nuevas reglas. El científico que decide regresar. El muchacho que descubre que estudiar vale nuevamente la pena. La familia que deja de planificar su próximo exilio y comienza a imaginar su futuro en Venezuela. He aprendido como psicólogo que las personas pueden sobrevivir durante mucho tiempo después de perder bienes materiales. Lo verdaderamente peligroso ocurre cuando pierden la esperanza y comienzan a creer que nada de cuanto hagan modificará su destino. También he asimilado, después de muchos años observando la política, que ningún gobernante puede decretar la esperanza. Solo puede crear las condiciones para que vuelva a renacer. Por eso sigo creyendo que la transformación más importante no estará solamente en los pozos petroleros, los campos cultivados, los hoteles, las carreteras o las nuevas industrias. Estará dentro de nosotros. La reconstrucción de Venezuela comenzará verdaderamente cuando cada venezolano pueda volver a pensar que su esfuerzo tiene sentido, que la ley vale, que el conocimiento importa, que trabajar merece la pena y que sus hijos pueden vivir mejor que él. A eso llamamos hace tiempo la Revolución de las Mentes. Y quizás continúe siendo la revolución más importante que Venezuela tiene pendiente…

Este plan no nació hoy…

Algunas de sus ideas fundamentales tienen para mí una historia personal. Hace casi medio siglo elaboré una propuesta que partía de una convicción que sigo sosteniendo, como es que ninguna transformación económica será verdaderamente duradera si no está acompañada por una transformación de la manera de ser, de pensar, de aprender, de trabajar y de relacionarnos los venezolanos con el país. La llamamos entonces la Revolución de las Mentes. Junto con ella planteábamos la “Transformación de los Campos”, para convertir nuestra enorme riqueza territorial en producción, agroindustrial, de forma integral, empleo, seguridad alimentaria y desarrollo dentro de un marco de capitalismo en función social. Tuve el privilegio de entregar aquellas ideas a Renny Ottolina, quien me honró sumándolas a su programa de gobierno, y con su amistad y confianza al incorporarme a su proyecto político como director de estrategia y psicólogo. Renny comprendió inmediatamente la propuesta. La discutimos, las enriqueció con su extraordinaria capacidad de comunicar y se convirtieron en parte de su propuesta electoral con la cual aspiraba a conducir a Venezuela. Siempre he tenido un recuerdo que hace imposible para mí separar aquellas ideas de la figura de Renny. En marzo de 1978 participé como invitado en el que sería su último programa de radio. Horas después debía acompañarlo como era usual en sus giras en el viaje, esta vez hacia la Isla de Margarita comenzando su campaña electoral. Yo iba originalmente en el avión de Carlos Olavarría quien lo piloteaba y estaban con él, el abogado Cesar Oropeza, recién nombrado como secretario de Ottolina, el periodista Ciro Medina, y Luis Duque, productor de televisión. Pero, a última hora, Renny nos dijo a Alfredo Anzola y a mí, algo que jamás he olvidado: “Mejor quédense para que organicen mi postulación presidencial a final del mes”. Me quedé, y Alfredo también… La avioneta se estrelló en un extraño accidente pocos minutos de haber despegado. Murieron Renny y personas muy queridas por nosotros. Yo perdí amigos entrañables y, durante toda mi vida, he conservado la inevitable conciencia de que pude haber estado allí. Muchas veces he pensado que Renny salvó mi vida aquella mañana. Es una de esas circunstancias que ningún análisis psicológico consigue reducir completamente a una explicación racional. Uno puede comprender el azar, las probabilidades y la contingencia, pero hay experiencias que permanecen alojadas en otro territorio de la memoria, en ese lugar donde conviven el agradecimiento por seguir viviendo y el dolor por quienes no regresaron. Su muerte interrumpió mucho más que una candidatura presidencial. Impidió también un proyecto de país que apenas comenzaba a presentarse a los venezolanos. Han transcurrido cinco décadas, y resulta inevitable preguntarse cuánto habría cambiado nuestra historia si algunas de aquellas transformaciones hubieran comenzado entonces. No podemos saberlo. La historia no permite regresar para comprobar los caminos que no recorrimos. Pero sí podemos aprender de ellos…Hoy Venezuela vuelve a encontrarse frente a una oportunidad extraordinaria. Tenemos petróleo, gas, tierras fértiles, agua, costas, montañas, selvas, posibilidades turísticas, recursos minerales y una diáspora llena de conocimientos y experiencias. Pero sigo creyendo exactamente lo mismo que cuando conversaba con Renny, que la principal riqueza venezolana está dentro de la mente de los venezolanos. Por eso, recuperar el campo no consiste solamente en sembrar hectáreas. Rehacer el turismo no significa únicamente construir hoteles. Recuperar la economía no equivale simplemente a producir más petróleo. Y recuperar la democracia tampoco consiste exclusivamente en celebrar elecciones. Todo eso será indispensable, pero insuficiente…  Mi esposa María Mercedes Gessen suele recordarme que los países, como las personas, no pueden vivir eternamente prisioneros de sus heridas: “Honrar a Renny —me dice— no significa solamente recordar al hombre que fue ni imaginar lo que habría podido hacer. Simboliza preguntarnos qué podemos hacer nosotros, aquí y ahora, con aquellas ideas que quedaron inconclusas. Venezuela necesita reconciliarse consigo misma, recuperar la confianza, educar para la libertad y entender que ningún cambio será duradero mientras continuemos esperando que otro venga a salvarnos. La reconstrucción comienza cuando cada venezolano comprende que también es responsable del país que desea dejarles a sus hijos”… Y quizás esa sea, después de tantos años, la mejor manera de mantener viva aquella conversación…

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Es verdad, todos necesitamos recuperar la confianza en nosotros mismos, el respeto por la ley, el valor del conocimiento, la cultura del trabajo, la capacidad de convivir con quien piensa distinto y, sobre todo, la convicción de que el esfuerzo personal puede conducir nuevamente a una vida mejor. Aquella iniciativa pretendía enseñarnos a pensar libremente, a asumir responsabilidades y a comprender que ningún país puede ser mejor que las conductas que diariamente practican sus ciudadanos y sus gobernantes. Después de tantos años, no siento que esté rescatando una vieja propuesta. Siento que estamos continuando una conversación interrumpida. Una que comenzó cuando todavía imaginábamos la Venezuela que podíamos construir, una posibilidad que aquella tragedia detuvo abruptamente, y que hoy, ante una nueva encrucijada nacional, tenemos la obligación de retomar. Y para mí esa conversación tiene además un significado íntimo. Porque aquel día Renny no solamente nos dejó a los venezolanos una tarea política pendiente. En cuanto a mí de alguna manera, también me dejó tiempo… Tiempo para vivir, para aprender, para equivocarme, para servir, para escribir, para pensar nuevamente en Venezuela y, casi medio siglo después, volver sobre aquellas ideas que compartimos porque es también como afirma María Mercedes, una forma de honrar su memoria. Porque los hombres desaparecen, los gobiernos terminan y las generaciones cambian. Pero algunas ideas sobreviven cuando el problema que intentaban resolver continúa esperando una respuesta. Hoy, sigo creyendo que Venezuela necesita aquella misma revolución de las mentes, de la transformación del campo y de convertir a Venezuela en el mejor destino turístico del Caribe por visitar… Esta transformación no será una revolución contra alguien, ni violenta. Será una revolución dentro de nosotros mismos. Con Justicia sí, pero sin venganzas… Una nación donde todos podamos convivir… incluidas Delcy Rodríguez y María Corina Machado… Por cierto, estoy seguro de que Renny —donde quiera esté su conciencia— estaría muy gratamente sorprendido porque en María Corina descanse una buena parte de la responsabilidad de lo que ocurra en Venezuela, ya que su mamá, Corina Parisca de Machado —quien apoyó a Ottolina en su candidatura y compartía estos ideales— Renny siempre la tuvo en alta estima, y en varias oportunidades conversamos sobre lo que Corina podría hacer por el país… Hasta la próxima entrega... Todavía puedo escuchar aquella manera de Renny de despedirse de los venezolanos: “Los quiero mucho…” Por eso, después de tantas décadas, recordar a Renny no es solamente rememorar a un dirigente o a un comunicador. Es traer a la memoria a un buen ciudadano que hizo del amor por Venezuela una forma de pensar el futuro… Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en [email protected]...

Vladimir Gessen. Psicólogo.

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