El diario plural del Zulia

Luis Manuel Marcano Salazar | La desconfianza aprendida

Si vemos a la Venezuela de hoy, no me pregunto por dónde empezar, cuando prácticamente todo está desmontado, deteriorado o destruido. Quizás la pregunta verdadera sea qué debemos reconstruir primero. Es en ese momento en dónde pensamos en algo que no siempre se ve, porque no tiene la materialidad de una carretera, de un hospital o de una escuela abandonada: la confianza. La confianza que tenemos unos en otros, la confianza en las instituciones, en la justicia, en la autoridad, incluso en la posibilidad de que las cosas puedan hacerse correctamente. La confianza en que nuestros méritos sean reconocidos en un concurso y que el resultado no dependa de aquello que popularmente se ha bautizado como “enchufes politiqueros”. Y conviene hacer una distinción: esa práctica es mucho más subalterna que la legítima necesidad de los partidos políticos de formar y desarrollar cuadros profesionales capaces de asumir responsabilidades públicas. Son cosas completamente distintas. Hemos vivido demasiado tiempo aprendiendo a desconfiar. Desconfiamos del funcionario, del policía, del juez, del político, del vecino y, a veces, hasta de quien se acerca a ofrecernos ayuda. Eso no ocurrió de un día para otro. Se fue formando lentamente, como se forman casi todos los grandes deterioros sociales, hasta instalarse en nuestra manera de relacionarnos.

Y esto me lleva a pensar que la reconstrucción de Venezuela no puede limitarse a recuperar la economía o reparar las instituciones. Hay algo más profundo que debemos mirar: el daño antropológico que ha dejado una crisis tan prolongada. No hablo, por supuesto, de que el venezolano haya dejado de ser solidario, trabajador o capaz de sobreponerse a las dificultades. Sería injusto y falso. Hablo de las deformaciones que produce vivir durante años en un ambiente donde la norma pierde fuerza, donde el esfuerzo muchas veces no encuentra recompensa, donde la supervivencia obliga a buscar atajos y donde demasiadas personas terminan acostumbrándose a situaciones que antes habrían considerado inadmisibles. Poco a poco se modifica nuestra relación con la autoridad, con el trabajo, con la ley y con los demás. Y esa dimensión humana de la crisis también habrá que repararla.

Hay un tema particularmente difícil que tendremos que abordar sin prejuicios y sin miedo: la delincuencia. No podemos reconstruir un país si una parte de la población vive bajo el temor permanente de la violencia. Pero tampoco resolveremos el problema únicamente aumentando policías o endureciendo penas. La delincuencia tiene muchas causas y ninguna explicación sencilla basta. Tendremos que mirar también lo que ha ocurrido en numerosas familias y comunidades: abandono infantil, paternidad irresponsable, deserción escolar, precariedad extrema, ausencia de oportunidades, niños creciendo sin referentes estables y jóvenes que encuentran en la calle aquello que no encontraron en la familia, en la escuela o en la comunidad. Decir esto no significa justificar al delincuente. Quien comete un delito debe responder ante la justicia. Significa comprender que, si solamente actuamos cuando el muchacho ya tiene un arma en la mano, llegamos demasiado tarde.

Por eso habrá que regresar a la familia y a la escuela. Y habrá que hacerlo sin discursos vacíos. Necesitamos preguntarnos qué ocurre con un niño que abandona tempranamente sus estudios, quién sabe que dejó de asistir, quién visita su casa, quién conversa con sus padres, quién detecta que está creciendo en medio de la violencia o sencillamente en abandono. Necesitamos hablar de responsabilidad parental, porque traer un hijo al mundo implica deberes que no pueden desaparecer. También necesitamos un Estado capaz de acompañar a aquellas familias que genuinamente no pueden solas. La escuela venezolana tendrá que convertirse nuevamente en un espacio de educación, protección, disciplina, ciudadanía, cultura y esperanza. Recuperar un edificio escolar será relativamente sencillo, sin embargo recuperar el significado de la escuela será bastante más difícil.

Y tendremos que recuperar también algo que parece elemental: el respeto por lo público. Durante demasiado tiempo hemos visto cómo la degradación institucional termina haciendo que aquello que pertenece a todos parezca no pertenecer a nadie. Habrá que volver a comprender que el hospital público, la plaza, la universidad, la patrulla policial, la escuela y hasta una simple bombilla del alumbrado pertenecen al ciudadano. Habrá que reconstruir una ética del funcionario público, pero también una ética ciudadana. No podemos exigir instituciones diferentes si reproducimos cotidianamente las mismas conductas que criticamos. Y el Estado tendrá que dar el primer ejemplo: no se recupera la confianza pidiéndola, se recupera mereciéndola.

Estas son apenas algunas ideas de algo sobre lo que quiero escribir en los próximos meses: la Venezuela que tendremos que reconstruir. No solamente aquella que necesitará instituciones, inversiones, servicios públicos y seguridad, sino la Venezuela humana que quedará después de tantos años de deterioro. Tendremos que reconstruir la justicia y la administración pública, ciertamente, pero también la familia, la escuela, la responsabilidad, el valor del trabajo y nuestra capacidad de confiar nuevamente unos en otros. Tal vez allí esté una de las tareas más difíciles de todas. Porque reconstruir Venezuela será reparar muchas cosas que podemos tocar, pero será, sobre todo, volver a creer que vivir juntos, respetarnos y cumplir unas reglas comunes tiene sentido.

Lea también
Comentarios
Cargando...