Valmore Muñoz Arteaga | Vuelve a tus dioses profundos
Tuve la oportunidad de conocer al poeta Eugenio Montejo en un homenaje que le rindió la Universidad Católica Cecilio Acosta. El rector de ese momento, Dr. Ángel Lombardi, impulsó a la universidad a respirar con el país. Con un esfuerzo titánico, comenzó a cristalizar la misión. Fruto de ese esfuerzo, Montejo nos visitó sembrando la curiosidad de conocer su obra poética, una de las más altas de nuestra historia literaria. Busqué encontrarme nuevamente con el poeta, pero en su obra. Entré con mucho interés en Terredad (1978), probablemente uno de sus poemarios más conocidos e importantes.
Este libro, no solo introdujo en la lengua española uno de los conceptos más citados de la poesía venezolana contemporánea como lo es la propia palabra terredad, acuñada por el poeta para nombrar una forma de pertenencia a la tierra que no depende de lo exótico ni de lo local, sino de una experiencia compartible por cualquier ser vivo del planeta. También lleva en su seno uno de los poemas que más me han conmovido de la poesía venezolana. El poema se llama Vuelve a tus dioses profundos. Poema al que vuelvo eventualmente cuando la sordidez de estos tiempos se vuelve profunda y espesa.
Terredad aparece después de Élegos (1967), Muerte y memoria (1972) y Algunas palabras (1976), y antes de Trópico absoluto (1982), en un momento en que Montejo ya ha decantado un estilo reconocible. Una palabra despojada de artificio retórico, que nombra las cosas del mundo con una suerte de fidelidad casi devota hacia la realidad misma. En ese marco, el poeta peregrina con un puñado de símbolos recurrentes. Símbolos como piedras, gallos, luz, mar, el propio cuerpo humano entendido como morada, con la finalidad de proponer una visión de mundo en la que habitar y vivir sean, en el fondo, la misma cosa.
Ese espíritu comienza a tejerse mientras nos va tejiendo desde la primera línea. Desde allí, nos asalta con una orden suave dirigida a un tú que podemos identificar tanto con el propio poeta como con cualquier persona que lo lea. La orden es regresar a unos dioses calificados de profundos, que permanecen intactos y a resguardo del desgaste del tiempo. Quizás estamos en presencia de los dioses que alberga la ciudadela interior que nos ayudara a descubrir Marco Aurelio o aquel místico castillo de Santa Teresa. Quizás no. La orden del poeta orden es de carácter no religioso en el sentido convencional, pues estos dioses no habitan un cielo lejano ni exigen culto o doctrina.
Al contrario, el poema los describe como silenciosos y prácticos, escondidos en lo que podríamos llamar la textura misma de las cosas cotidianas. Esta imagen resulta coherente con el proyecto de la terredad. Si la divinidad clásica suele situarse en un plano trascendente, separado del mundo material, los dioses de Montejo están inmersos en la materia, disueltos en la porosidad de los objetos comunes. Volver a ellos no implica entonces un ascenso místico, sino más bien una atención renovada hacia lo inmediato, hacia aquello que ya está ahí, a mano, esperando ser advertido de nuevo.
El poema dará un giro hacia la biografía de ese tú al que se dirige. Alguien que ha rodado por el mundo más que cualquier piedra, que en ese tránsito ha perdido su nombre y su ciudad, y que solo conserva visiones fragmentarias de lo vivido. Este pasaje puede leerse como una meditación sobre el desarraigo propio de la vida moderna, sobre el desgaste de la identidad que ese desarraigo produce. No resulta casual que la crítica haya vinculado este poema, y en general buena parte de la obra de Montejo, con la figura de Ulises, es decir, un sujeto que se define tanto por el impulso de partir como por el anhelo de regresar, y cuya identidad se pone en juego precisamente en ese ir y venir. El propio Montejo, que vivió largas temporadas fuera de Venezuela como diplomático y que dedicó varios poemas a la experiencia de la inmigración parece proyectar en este tú errante una experiencia que es a la vez personal y universal La experiencia de quien, al moverse tanto por el mundo, corre el riesgo de perder los puntos fijos que sostienen la identidad.
Frente a esa pérdida, el poema no va a ofrecer una respuesta triunfal, tampoco una promesa de restitución completa. Se limita a preguntar qué queda, después de tantas horas vividas, y a responder con una imagen musical. La existencia suena como una melodía disonante, imperfecta, y sin embargo la vida continúa, y ciertos acordes, ciertas armonías parciales, logran imponerse pese al desorden general. Líneas que no tratan de negar la fractura ni el desgaste, sino de constatar que, aun en medio de ellos, hay fragmentos de sentido y de belleza que resisten. Esta afirmación de la vida en este poema, como en el resto de Terredad, se me antoja estoicamente motivadora, sin ánimo de transformar esta joya de nuestra literatura en un impulso infantil de autoayuda.
“La tierra es redonda por deseo de tanto gravitar; la tierra redondeará todas las cosas cada una a su término”, escribe. Palabras que se extienden frente a ese tú como una clara invitación a insistir en el deseo de vivir, pues, de alguna manera, estando atentos, ese mismo vivir dará forma al propio sentido de estar aquí. Un sentido misterioso que invoca el regreso. Un regreso literal hacia el interior, mediado por la memoria y la imaginación. Me resulta imposible no evocar en este momento a San Agustín y su invitación a volver al corazón. Volver al corazón y renunciar a seguir divagando por estos caminos de soledad y vulgaridad que nos abre esta cultura que nos conduce a la muerte del sentido. Caminos que describen el destierro de nosotros mismos y que ha tejido una poderosa red de confusiones y espesuras donde nos hallamos tropezando, cada vez más alejados de nuestra identidad. Un camino por el cual muchos están interesados en que el hombre siga transitando.
Vuelve a tus dioses profundos puede leerse como una suerte de arte poética en miniatura dentro del proyecto mayor de Terredad. Su sentido reside en la convicción de que existe un fondo de pertenencia que es terrestre, material, inmediato, que ninguna errancia, por extensa que sea, alcanza a destruir del todo. Los dioses profundos del poema son, leídos así, una vitalidad silenciosa, alojada en las cosas más comunes y en la memoria misma, a la que siempre es posible volver mientras haya alguien dispuesto a escuchar, entre tantas voces dispersas, su eco. Por eso el poema no exige un viaje hacia otro lugar, sino un cambio de atención. Un mirar de nuevo lo que siempre estuvo ahí, a resguardo del tiempo, esperando. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
