Valmore Muñoz Arteaga | Venceréis, pero no convenceréis
El 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, ocurrió una de las escenas más intensas de la historia intelectual española. España llevaba tres meses de guerra civil. En el acto solemne del Día de la Raza, presidido por el rector don Miguel de Unamuno, figura protagónica del pensamiento español, un catedrático pronunció un discurso cargado de desprecio hacia catalanes y vascos, y el general José Millán Astray, fundador de la Legión Española y ferviente defensor del bando nacionalista, respondió con el grito de guerra que había hecho célebre: “¡Viva la muerte!”, añadiendo, entre vítores de una parte del público, la sentencia “¡Muera la inteligencia!”. Unamuno, que hasta ese momento había guardado silencio, se levantó. Con voz firme, dijo a los presentes que aquel era el templo de la inteligencia, y que se estaba profanando su recinto sagrado. Advirtió que vencer no es lo mismo que convencer, porque convencer exige persuadir, y persuadir exige algo que la fuerza bruta no posee que es razón y justicia en la lucha. El ambiente se volvió hostil, hubo gritos, desorden, caos e incluso tentativas de violencia. La propia esposa del general Franco, Carmen Polo, intervino tomando del brazo a Unamuno escoltándolo fuera del salón para protegerlo. Unamuno, por supuesto, fue destituido de su cargo y recluido en su domicilio; murió pocas semanas después, el último día de aquel año terrible, prácticamente solo.
Hoy, casi 90 años después, deseo rescatar este episodio, no solo como un homenaje a un pensador que ha impactado mucho en mi formación, sino porque, justamente, vivimos tiempos en los cuales los gestos y acciones de muchos líderes político evidencian un espíritu muy similar al de aquellos que vitoreaban a la muerte con la finalidad de que ella, la misma muerte, despachara definitivamente a la incómoda inteligencia. Este episodio sigue hablándonos con una actualidad perturbadora. No como anécdota histórica, sino como parábola filosófica y, me atrevo a decir, cristiana, sobre la tentación permanente del poder de sustituir la razón por la fuerza, la persuasión por la imposición, y la persona por la consigna, sobre todo esto último que, claro, no es poca cosa.
Lo que Unamuno denunció aquella tarde no fue simplemente la brutalidad de una frase de guerra. Denunció una estructura del alma humana que se repite en cada época. Me refiero a la tentación de quien tiene fuerza de creer que por eso mismo tiene razón. “¡Muera la inteligencia!” más que una arenga bélica; es la confesión, brutal y honesta, de que allí donde la fuerza se basta a sí misma, el pensamiento estorba. Pensar exige duda, matiz, escucha del contrario; la fuerza pura no necesita nada de eso, y por eso la inteligencia le resulta, literalmente, mortal.
Esta tentación no pertenece a una parcialidad, una ideología o un siglo concreto. Aparece cada vez que un poder -político, mediático, social- decide que ya no necesita convencer a nadie, porque tiene votos suficientes, seguidores suficientes, o simplemente ruido suficiente para acallar la discrepancia. Y aparece también, de forma más silenciosa, cada vez que una persona corriente decide que ya no vale la pena razonar con quien piensa distinto, sino solo derrotarlo, avergonzarlo o borrarlo del espacio común. Una tentación que describe claramente el tiempo que vivimos, pero llevado a extremos dramáticos gracias al poder que, efectivamente, ejercen las redes sociales.
La fe cristiana ha sostenido, desde sus orígenes, algo que resulta radicalmente contrario a toda lógica de la fuerza. La verdad no se impone por la violencia, sino que se ofrece a la libertad. Cristo ante Pilato no se defiende con ejércitos, sino que responde que ha venido a dar testimonio de la verdad, dejando esa verdad a disposición de quien quiera escucharla. Recordemos la parábola de El gran inquisidor con la que Dostoievski corona la novela Los hermanos Karamazov. Toda la tradición de los profetas bíblicos -Elías ante Acab, Juan Bautista ante Herodes, tantos otros- es la tradición del hombre solo que se levanta ante el poder armado, sin más arma que la palabra, aceptando el riesgo de que esa palabra le cueste la vida.
Miguel de Unamuno, agnóstico atormentado toda su vida por la fe, vivió sin saberlo ese mismo gesto profético en su último acto público. Un profesor anciano, sin ejército ni escolta, se puso en pie ante generales victoriosos y un auditorio hostil para decir una verdad incómoda, sabiendo el riesgo que corría. No venció aquella tarde que fue destituido, humillado, y murió poco después con el corazón roto. Sin embargo, su testimonio -la palabra griega para “testigo” es precisamente martys- ha sobrevivido a quienes lo silenciaron. Ahí está la paradoja cristiana más honda. Quien pierde por la verdad, en el fondo, no ha perdido; quien gana por la fuerza, en el fondo, no ha ganado nada duradero. San Pablo lo diría con otro lenguaje. La fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad humana, no en el poderío mundano.
Vivimos tiempos en que la discrepancia razonada se sustituye cada vez con más frecuencia por la descalificación instantánea. En redes sociales y en tribunas públicas, no es raro que baste una etiqueta -de derechas, de izquierdas, elitista, populista, woke, facha- para proceder a cancelar cualquier necesidad de escuchar el argumento de quien la lleva. Hemos sustituido, en muchos ámbitos, la pregunta “¿tiene razón?” por la pregunta “¿de qué lado está?”. Esto es, exactamente, la sinrazón que Unamuno denunció. La sustitución del juicio por la pertenencia tribal, de la persuasión por la humillación pública, del argumento por el aplauso de los propios.
Desde una perspectiva cristiana, esto, más que una crisis de estilo comunicativo, es una crisis moral. Despreciar la inteligencia del otro, negarse a escucharlo, tratarlo como enemigo a vencer y no como persona a persuadir, es una forma sutil pero real de negarle su dignidad. El adversario político, el vecino que piensa distinto, el gobernante con el que discrepamos, siguen siendo, antes que nada, imágenes de Dios merecedoras de ser escuchadas y, en las medidas de lo posible, convencidas, no aplastadas. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
