El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | Silencio, armonía y belleza

“Divina poesía, tú, de la soledad habitadora, a consultar tus cantos enseñada con el silencio de la selva umbría…” Estos son los primeros versos del poema Alocución a la Poesía de don Andrés Bello publicado en 1823 y que, en gran medida, certifica con altura el surgir de la poesía moderna en Venezuela. Sin embargo, no es de esta magnífica pieza de nuestra literatura de lo que quiero escribir, sino de tres elementos que intuyo presentes entre sus versos y que, en esta hora que vivimos, me resultan tan fundamentales. Estos elementos son el silencio, la armonía y la belleza.

Vivimos, quizás como ninguna otra generación humana, rodeados de ruido. No solo el ruido literal de las ciudades, el tránsito y las máquinas, sino un ruido más sutil y más profundo. El ruido de las notificaciones que interrumpen cada pensamiento, el de las pantallas que reclaman la mirada a cada instante, el de las opiniones que se multiplican sin descanso y exigen una respuesta inmediata. Opiniones que ni siquiera buscan sustentarse en la verdad. Es cierto lo que dice tan repetidamente de que nunca estuvimos tan conectados y, sin embargo, pocas veces el ser humano se ha sentido tan disperso, tan fragmentado, tan ausente de sí mismo.

Me vienen a la mente las primeras líneas del Discurso del Contemplativo de José Antonio Ramos Sucre, otro gigante de la poesía venezolana: “Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír su chorro abundante”. Líneas que contrastan con el paisaje que el mundo moderno me propone. Líneas que, nuevamente, evocan estas tres palabras tan antiguas como desconocidas. Tres palabras que la filosofía y la mística, en sus tradiciones más diversas, no las han comprendido nunca como adornos prescindibles de la vida humana, sino como condiciones estructurales de ella. Aquello sin lo cual el ser humano deja de habitar su propia interioridad y se convierte en pura reacción, en superficie sin fondo.

La filosofía ha reconocido desde sus orígenes que el silencio no es, en modo alguno, ausencia, sino una forma positiva de plenitud. En la escuela pitagórica, los discípulos guardaban durante años un silencio ritual antes de que se les permitiera hablar en las asambleas. Tenían claro que solo quien ha aprendido a callar puede después decir algo que valga la pena ser dicho. Siglos más tarde, Ludwig Wittgenstein cerraría su Tractatus Logico-Philosophicus con una intuición semejante. El lenguaje tiene límites, zonas de la experiencia que las palabras no pueden abarcar, y ante ellas lo único honesto es el silencio. No como derrota del pensamiento, sino del reconocimiento de que hay algo que el lenguaje solo puede señalar sin capturar del todo. Quizás por estas cuestiones, Heidegger propone, frente al pensamiento calculador propio de la modernidad, un pensar meditativo que requiere lo que llamó Gelassenheit, un dejar-ser, una serenidad que no fuerza ni se apropia, sino que se retira lo suficiente como para permitir que las cosas se muestren desde sí mismas.

La mística, en esto, no hace sino llevar hasta sus últimas consecuencias lo que la filosofía intuye. La llamada teología negativa, desde el Pseudo-Dionisio Areopagita, sostiene que de lo divino no puede decirse propiamente nada: todo nombre y todo concepto quedan cortos, y el único acceso posible pasa por una suerte de nube de no-saber en la que el alma renuncia a comprender para, paradójicamente, unirse. Maestro Eckhart hablará de un fondo del alma, un desierto anterior a toda imagen y a todo nombre, donde el Verbo nace en silencio absoluto. Del corazón del silencio se forja la armonía. Él permite reconocer, bajo la aparente discordia de los contrarios, una armonía oculta, más profunda que la evidente, como el arco y la lira, cuya tensión entre fuerzas opuestas es precisamente lo que produce su unidad y su funcionamiento. En cierta forma, los estoicos recogen estas ideas para su propuesta de vivir en sintonía con el logos que ordena racionalmente el universo; de ahí que Epicteto y Marco Aurelio insistieran en que la verdadera libertad no consiste en controlar las circunstancias externas, sino en armonizar internamente el propio juicio con lo que no depende de nosotros.

Silencio y armonía convergen, en la tradición filosófica y mística, en una tercera experiencia: la belleza. En el Banquete, Platón describe una escala del amor y del conocimiento que comienza en la atracción por un cuerpo hermoso particular y asciende, paso a paso, hacia la belleza de todos los cuerpos, luego hacia la belleza de las almas, de las leyes, de las ciencias, hasta desembocar en la contemplación de la Belleza misma, ya no mezclada con nada particular. La belleza sensible, lejos de ser un simple placer de los sentidos, funciona así como pedagogía del alma; un primer peldaño que, bien recorrido, conduce más allá de sí mismo. Plotino profundizará esta intuición al sostener que la belleza es el resplandor de lo Uno que se deja entrever a través de la forma, y que el alma solo puede reconocer como bello aquello con lo que guarda un parentesco secreto. Reconocemos la belleza porque, de algún modo, ya somos afines a ella. Contemplar lo bello es, para Plotino, un modo de retorno hacia el propio origen.

En el siglo XX, la filósofa y mística Simone Weil ofreció una de las descripciones más agudas de esta experiencia al describir la belleza como una suerte de trampa tendida a nuestra atención. Algo que la captura sin exigir nada a cambio, sin utilidad ni interés, y que por eso mismo nos enseña a prestar una atención pura y desinteresada, la misma que ella consideraba la forma más alta de la oración. Para Weil, lo bello del mundo -un paisaje, una pieza musical, un rostro- es un testimonio sensible de un orden y de un amor que no vemos directamente, pero que se dejan presentir a través del silencio de la forma. Kant, desde un registro más estrictamente filosófico, coincidirá en algo esencial, esto es, el juicio estético es un placer desinteresado, sin concepto ni utilidad, que por eso mismo nos saca momentáneamente del cerco del propio interés.

Silencio, armonía y belleza no son, entonces, experiencias yuxtapuestas, sino tres momentos de un mismo movimiento. La belleza aparece allí donde reina la justa proporción, es decir, la armonía, y solo puede percibirse desde una atención despejada de ruido, es decir, desde el silencio. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

Lea también
Comentarios
Cargando...