El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | La melodía del último día

Hace algunos días, mientras daba clases de Literatura a uno de los 4to años del Colegio Mater Salvatoris, les mencionaba a las muchachas una anécdota enmarcada en los últimos momentos en la vida de Sócrates. Mientras preparaban la cicuta, Sócrates aprendía una melodía. «¿De qué te servirá?», le preguntaron. «De saberla antes de morir.» La escena ha circulado durante siglos como una de las imágenes más hermosas de la curiosidad humana. Un condenado que, a pocas horas de su fin, se interesa por una música que nadie volverá a pedirle. El escritor Emil Cioran la repitió, e Italo Calvino la usó para explicar qué es leer los clásicos. Luego, me pregunté qué tan cierta era esta historia.

En cierta forma, es verdadera. Sócrates sí se interesó por la música en su vejez, y Platón sí lo muestra haciendo música en la cárcel, días antes de morir. Pero la escena concreta de la melodía, y sobre todo la flauta, tienen una historia más compleja, pues proceden de fuentes tardías, posiblemente confundidas con otro sabio de Atenas, y se fijaron en la forma que hoy conocemos en tiempos modernos. Lejos de restarle valor, ese recorrido ilumina lo que la anécdota significa. Me gustaría, como obsequio para ese grupo de alumnas, ahondar un poco en esta historia.

El testimonio más antiguo es de Platón. En el Eutidemo (272c), Sócrates, ya anciano, cuenta que está tomando lecciones con el citarista Connos, hasta el punto de que los jóvenes se burlan de él por volver a la escuela. La tradición posterior repite el motivo. Sexto Empírico cuenta que Sócrates, muy entrado en años, no se avergonzaba de acudir al citarista Lampón y respondía a quien se lo reprochaba que es mejor ser criticado por aprender tarde que por no aprender. Cicerón (Sobre la vejez, 26) y Valerio Máximo (VIII, 7, ext. 8) recogen la misma idea, y Quintiliano (I, 10, 13) menciona que Sócrates no se sonrojó al recibir lecciones de lira en edad avanzada. Hay, pues, una tradición antigua, constante y coherente: el viejo Sócrates aprendió música, y lo hizo de buena gana.

El segundo testimonio es el más importante, es también de Platón. En el Fedón (60c-61b), ya en la prisión, Cebes le pregunta a Sócrates por qué ha empezado a componer poemas, cosa que nunca había hecho. Sócrates explica que a lo largo de su vida un mismo sueño se le había repetido con distintas formas, y siempre con la misma orden: «Sócrates, haz música y trabaja en ella». Durante años pensó que el sueño lo animaba a seguir lo que ya hacía, porque la filosofía es la música más grande. Pero ahora, con la ejecución retrasada por la fiesta de Apolo, se le ocurre que quizá el sueño pedía música en el sentido corriente de la palabra, y que más vale no desobedecer. Compone entonces un himno a Apolo y, como no es un “hacedor de mitos”, pone en verso las fábulas de Esopo que tenía en la memoria. Esta es, con diferencia, la versión más sólida de Sócrates haciendo música antes de morir. No habla de flauta ni de una melodía aprendida de un tercero; habla de una obediencia, de un sueño y de unos versos. Sin embargo, ya contiene la sustancia espiritual de la anécdota posterior: un hombre que, en vísperas de su muerte, se vuelve hacia la música.

El testimonio de la melodía aparece mucho más tarde, hacia fines del siglo IV d. C., en las Res gestae de Amiano Marcelino (XXVIII, 4, 15). Amiano reprocha a la aristocracia romana de su tiempo que desprecie los libros y le propone un ejemplo: Sócrates, condenado y arrojado a la cárcel, pidió a alguien que interpretaba con maestría un canto del poeta lírico Estesícoro que se lo enseñara “mientras fuera posible”. Cuando el músico le preguntó de qué le serviría si iba a morir al día siguiente, Sócrates respondió: para saber algo más antes de irme de la vida. A pesar de ello, lo que efectivamente no aparece es el instrumento de la flauta. A pesar de ello, creo que ese no es el punto central de la historia.

Para Cicerón, Valerio Máximo y Quintiliano, este Sócrates músico es un ejemplo. Sirve para enseñar que la vejez no excusa de aprender y que la vergüenza de ser principiante es un falso pudor. Quintiliano lo cita además con una finalidad pedagógica precisa que es defender la música como parte de la educación del orador. Sexto Empírico lo emplea para sostener que es mejor ser criticado por aprender tarde que por ignorar. Séneca matiza la cuestión en sus Cartas a Lucilio (36 y 76) afirmando que el estudio honra a cualquier edad, pero hay un tiempo para acumular y otro para usar lo aprendido. La diversidad de tonos muestra que el tema ya era debatido en la Antigüedad. Cioran, en Écartèlement (1979), cita la escena y la convierte en la justificación seria del deseo de conocer. Saber algo sin utilidad alguna, sin provecho, solo por saberlo, y hacerlo incluso al borde de la muerte. Italo Calvino retoma la anécdota en Por qué leer los clásicos (1981) para redondear su definición de lo clásico: leer a los clásicos no «sirve» para nada concreto, pero uno los lee, igual que Sócrates aprendía la melodía, porque la cultura vale por sí misma. En ambos casos la finalidad es defender la gratuidad del saber frente a una visión meramente utilitaria.

La lectura nietzscheana sugiere que Sócrates, al final, se pasó a la música como confesión de que la razón no basta, no es suficiente. Es una hipótesis brillante, pero Platón parece decir otra cosa. Dice que la música corriente complementa a la filosofía, no la sustituye, y que el gesto responde a la piedad y al deseo de no omitir nada. Tal vez la verdad esté en un punto intermedio. Lo que sí es claro es que en esas últimas horas se muestra un Sócrates más abierto, menos polémico, atento a lo que la razón sola no puede dar.

La anécdota puede ser dudosa como hecho y, sin embargo, verdadera como experiencia. Su valor no depende de que sucediera exactamente así, sino de lo que nos dice sobre la manera de vivir. Vivimos en una cultura que asocia el aprendizaje con la juventud y la utilidad profesional. El Sócrates que toma lecciones de lira siendo viejo nos recuerda que empezar de nuevo no es humillante. Séneca decía que un viejo aprendiendo el abecedario es una figura ridícula; Sócrates responde con su ejemplo que lo ridículo sería, más bien, dejar de aprender. Ahora, la pregunta «¿para qué te servirá?» es la de nuestro tiempo, que mide la educación por su rentabilidad. La respuesta de Sócrates, dentro de la leyenda, es que el saber vale por sí mismo, y que la melodía importa porque existe. Cioran y Calvino vieron en ello la mejor defensa de la cultura frente a la utilidad inmediata. Sea historia, leyenda o ambas cosas a la vez, esa imagen sigue interpelándonos. Nos pregunta no cuánto sabemos ni para qué, sino con qué disposición vivimos nuestra última hora, que puede ser mañana o dentro de cuarenta años. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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