Valmore Muñoz Arteaga | Las cartas de Abelardo y Eloísa
Hacia 1115, en el París de las escuelas catedralicias, el maestro Pedro Abelardo (1079 1142), célebre por su dialéctica y por su arrogancia, aceptó como alumna a Eloísa, joven sobrina del canónigo Fulberto, cuya edad exacta se desconoce, pero que era muy inferior a la de su maestro. De aquel encuentro nacieron una pasión, un hijo, un matrimonio secreto, la castración de Abelardo a manos de hombres de Fulberto y la separación definitiva de los amantes en el claustro. Él se hará monje en Saint-Denis, ella monja en Argenteuil y luego abadesa del Paráclito. Dieciséis años después, hacia 1132, una carta-autobiografía de Abelardo, Historia de mis calamidades, cayó en manos de Eloísa y reabrió un diálogo que había permanecido interrumpido.
De ese reencuentro epistolar procede el corpus que la tradición llama “las cartas de Abelardo y Eloísa”, compuestas por ocho textos de extensión muy desigual. La Historia de Abelardo abre la serie (Carta 1); siguen cuatro cartas “personales”, dos de Eloísa y dos de Abelardo (Cartas 2 a 5), y tres cartas de instrucción sobre la vida monástica femenina (Cartas 6 a 8). Cada una de ellas es, a su manera, una teoría del amor. Una discute qué fue lo que los unió, otra cómo debe ser amado Dios, otra qué deuda queda entre quienes se amaron. A esos textos se suma un corpus controvertido: las Cartas de dos amantes, un centenar largo de cartas latinas anónimas, copiadas en el siglo XV por el monje Johannes de Vepria, que Constant Mews propuso en 1999 identificar con el intercambio original de los amantes en los años de la pasión.
Eloísa escribe su primera carta (Carta 2) con una mezcla de reproche y ternura. En ella se queja de que Abelardo la ha dejado sin noticias mientras cuida de otras casas religiosas, pidiéndole que explique por qué un hombre que antes le escribía cartas y canciones sin tregua ahora guarda silencio. Su argumento es una reivindicación de lo que había en su amor. Reclama que él admita que en el pasado la unió a ella más el deseo que el afecto, y que, por tanto, ahora le niega el trato que el afecto exigiría. La acusación, formulada como una sospecha que “el mundo” también comparte, es la medida de su dolor. Frente a esa sospecha, Eloísa afirma la pureza de su propio amor. Declara que no buscó en Abelardo ninguna de sus cosas, sino a él mismo; no quería dote ni matrimonio, sino su persona. De esa convicción procede su frase más célebre, que desarrolla un tópico retórico para decirlo con una radicalidad inesperada. Invoca a Dios como testigo de que, si el emperador Augusto, señor del mundo, la hubiera juzgado digna de casarse con él y le hubiera asegurado la posesión perpetua de la tierra entera, «más digno me parecería ser llamada tu meretriz que su emperatriz».
En su segunda carta (Carta 4), escrita ya como abadesa, Eloísa afirma algo muy interesante y conmovedor, confiesa algo que una religiosa no debía decir. No consigue arrepentirse de lo ocurrido. Los recuerdos de los placeres compartidos la asaltan incluso durante la misa, y no los siente como pecado. Su argumento es teológico. El mal no está en el acto sino en el consentimiento. Cree que lo que importa no es lo que se hace sino con qué ánimo se hace. Como ella nunca quiso ofender a Dios, sino amar a Abelardo.
La voz de Abelardo, por otra parte, es más difícil de amar. En su Historia presenta su vida como una sucesión de triunfos intelectuales y desgracias, y su pasión por Eloísa como un episodio de orgullo y lujuria. Escribe que se tenía ya por «el único filósofo supremo del mundo» cuando decidió seducirla. Ofrece de su alumna un retrato admirativo (su cultura era extraordinaria), pero describe su relación en términos de dominio. Reconoce haberla castigado físicamente cuando se mostraba reacia, lo que él atribuye al amor más que a la ira. La crítica contemporánea lee en ese pasaje, con razón, una confesión inquietante. Su relato de la castración refuerza esa lectura moralizante. Abelardo la interpreta como unamisericordia divina. Dios le habría quitado el instrumento de su pecado y le habría librado, a la vez, de la distracción del placer. En sus cartas posteriores a Eloísa, sostiene que su sufrimiento es una forma de purificación y le ofrece a Cristo como único esposo verdadero. Lo hace con ternura, pero sin responder del todo a la pregunta de Eloísa: ¿qué amor sentía él por ella?
Eloísa pide un amor humano, concreto, personal; Abelardo propone un amor transfigurado, en el que el afecto por ella se subordina al amor de Dios. Sin embargo, sería injusto reducirlo a un frío director espiritual. Cuando le pide que rece por él, que lo entierre en el Paráclito y que mantenga viva su memoria, reconoce implícitamente un vínculo que no se disuelve en la religión.
La historia de Abelardo y Eloísa ha sido leída como paradigma del amor romántico, y su rastro llega hasta Jean de Meun, que recogió en el Roman de la Rose la frase sobre la meretriz y la emperatriz, y hasta la tumba compartida del cementerio del Père-Lachaise, adonde sus restos fueron trasladados en 1817. Esa mitificación esconde la verdadera singularidad del corpus. Aunque pueda verse como la crónica de un idilio, resulta algo mucho más complejo, se trata de una discusión sobre el sentido del amor, escrita por dos personas que ya no pueden vivirlo.
Aunque Eloísa es vista por algunos como una especie de precursora del feminismo, no hay que olvidar que ella misma se mueve dentro de una jerarquía religiosa dirigiéndose a Abelardo con las fórmulas de la sumisión. Me resulta de más provecho leerla como una pensadora que usa las armas de su tiempo (la retórica, la autoridad de los clásicos, lateología) para decir lo que su tiempo no preveía. En cuanto a Abelardo, la crítica reciente invita a no verlo ni como seductor cínico, ni como víctima pura, sino como un hombre cuya filosofía de la intención lo llevó a reinterpretar su propia historia, con generosidad pero también con puntos ciegos.
Las cartas de Abelardo y Eloísa no van a ofrecer una definición del amor, sino una disputa sobre él. Eloísa sostiene que el amor vale por sí mismo, sin recompensa, y que la culpa se mide por la intención; Abelardo, por su parte, que el amor humano debe ser transfigurado por la caridad. Como podemos ver cada uno aporta una verdad. Ella, que el amor no puede reducirse a una falta; él, que el amor que no se dirige más allá de sí mismo es frágil. Entre ambas posiciones se abre un espacio en el que se prefiguran muchas preguntas modernas: si el amor necesita instituciones, si la intención justifica el acto, si la libertad es compatible con la deuda. En este punto, la mirada de mi mente se lanza sobre aquello que Hans Urs von Balthasar afirmó: solo el amor es digno de fe. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
