Valmore Muñoz Arteaga | Crisis de pueblo
Una de las obras más importantes y fundamentales en la historia de las ideas y del pensamiento venezolano es Mensaje sin destino de Mario Briceño-Iragorry. Su propio autor lo describió con modestia deliberada como un «modesto ensayo de interpretación de nuestra crisis de pueblo», y esa expresión, crisis de pueblo, se convirtió en la fórmula con la que la posteridad lo recuerda. Consta de diecisiete capítulos que abordan desde ángulos distintos un mismo problema. Se trata de un ensayo en el sentido clásico del término, ya que es una reflexión personal, argumentada, que combina la historia, la sociología, la crítica de costumbres y una exhortación moral. Cada capítulo ilumina una faceta de lo que el autor llama la crisis de pueblo, de manera que la unidad del libro no procede de una progresión lógica rigurosa, sino de la persistencia de la tesis.
Claro está, esta manera tiene ventajas y costos. Su ventaja, sin duda, es la fuerza persuasiva de Briceño-Iragorry. El lector asiste a la meditación de un hombre que habla desde la angustia y la convicción, no desde la neutralidad del erudito. Su costo, por supuesto, es cierta imprecisión conceptual; Briceño-Iragorry usa términos como pueblo, nación, tradición o formación interna sin definirlos con el rigor que exigiría una ciencia social posterior. La crítica ha podido ver en el libro, por ello, un ensayo sociológico más que una sociología propiamente dicha.
El título supone varias lecturas, y conviene proponerlas como interpretaciones y no como declaraciones del autor. Haremos aquí al menos tres lecturas. La primera lectura es la más inmediata. Un mensaje sin destinatario cierto, lanzado como se lanza una botella al mar, porque quien lo escribe no sabe si habrá quien quiera escucharlo. Hay en ello una conciencia de aislamiento propia del intelectual que habla en medio de un clima político adverso y de una sociedad distraída por la abundancia. La segunda lectura toca el fondo de la tesis. Un mensaje sin destino es también el de un pueblo que, al carecer de memoria y de continuidad histórica, no tiene un destino que pueda proponerse a sí mismo. Un pueblo que no sabe de dónde viene difícilmente puede decidir a dónde va. Así entendido, el título no solo describe la situación del libro, sino el diagnóstico que contiene. Una tercera lectura, más esperanzada, vería en el mensaje una tarea pendiente. El destino no está dado, sino que debe ser construido, y para ello es preciso que alguien lo reciba y lo haga suyo. La llamada final del libro a convertir la angustia en voluntad de libertad y de justicia autoriza esta lectura, pues el texto no se resigna a ser una carta sin sobre.
La primera precisión que hay que hacer sobre la tesis es gramatical, y no es un asunto menor. Lo que Briceño-Iragorry diagnostica es una crisis de pueblo, no una crisis del pueblo. La crítica ha insistido en esta diferencia, recogiendo la formulación del autor según la cual el mal que padece el país responde a una crisis de pueblo y no del pueblo. La distinción sirve para evitar una lectura injusta. El autor no acusa a las clases populares de ser culpables de los males nacionales, ni las convierte en el chivo expiatorio de las élites. La crisis no es un defecto moral de las masas; es una carencia de la propia condición de pueblo, que afecta a todos los sectores, desde los dirigentes hasta los gobernados. Dicho de otro modo, hablar de crisis del pueblo supondría que el pueblo existe y se ha enfermado; hablar de crisis de pueblo supone que lo que está en cuestión es el proceso mismo por el cual una población llega a constituirse como pueblo. Es una crisis de constitución, de formación, y no una enfermedad sobrevenida. No es poca cosa lo que afirma Briceño-Iragorry.
El núcleo conceptual de la tesis puede resumirse en los siguientes términos: un conjunto de personas que ocupan un mismo territorio y están sometidas a un mismo Estado no forman por ello un pueblo. Para serlo necesitan un vínculo adicional, de naturaleza histórica y espiritual. En uno de los pasajes más citados del libro, Briceño Iragorry lo formula en términos casi jurídicos: «No somos pueblo en estricta categoría política, por cuanto carecemos del común denominador histórico que nos dé densidad y continuidad de contenido espiritual, del mismo modo que poseemos continuidad y unidad de contenido en el orden de la horizontalidad geográfica», señala el autor. Venezuela posee horizontalidad, es decir, un territorio continuo, delimitado, reconocible en un mapa. Lo que le falta es verticalidad, es decir, profundidad en el tiempo, estratos de experiencia compartida que liguen a los vivos con los muertos y con los que vendrán. Un pueblo, en esta concepción, es una comunidad que se extiende no solo en el espacio, sino a través de las generaciones. Al carecer de esa dimensión vertical, la sociedad venezolana de mediados de siglo sería para el autor una multitud con territorio, pero sin formación interna.
Alude con esto a un proceso de maduración colectiva análogo al de la formación de una persona. Una educación de los valores, una asimilación de la experiencia pasada, un carácter. La crítica ha resumido la tesis del libro precisamente con esa fórmula: un pueblo sin formación interna y sin tradición, un país que necesita defender sus valores. El problema de Venezuela no sería, según esta lectura, la pobreza de recursos, ni siquiera la falta de instituciones formales, sino la ausencia de un tejido de significados compartidos que brinde sentido a las instituciones y a los recursos. Venezuela carece de un universo simbólico. Mario Briceño-Iragorry va señalando de manera precisa los fundamentos que, según él entiende, dan rostro a nuestra crisis de pueblo. Señala una profunda laguna en la comprensión de nuestra continuidad histórica que surge de una ruptura con la herencia colonial. Sin desconocer los aportes positivos de la modernización petrolera, advierte que la idiosincrasia nacional fue alterada por la penetración de valores ajenos a las tradiciones y costumbres del país. El nuevo modelo rentista, según su análisis, desordenó el sentido del quehacer diario del ciudadano y de sus aspiraciones de vida. Un dato muy importante, ya que, en gran medida, sigue vigente, nuestra fragilidad de la vida cívica, en la costumbre de esperar la salvación de caudillos o de militares, y en la facilidad con que una sociedad sin conciencia histórica acepta el autoritarismo como solución. Un pueblo sin memoria es un pueblo sin criterio para distinguir la democracia de su caricatura.
Mensaje sin destino podría concebirlo como un diagnóstico con terapéutica, ya que, entre otras cosas, el libro culmina no en el pesimismo, sino en una exhortación. Pide no añadir a las crisis que azotan al pueblo la crisis de la desesperación y de la angustia, y desea que la agonía presente no sea para morir, sino para salvar el derecho irrenunciable del pueblo a la libertad y a la justicia. La palabra agonía debe entenderse aquí en su sentido etimológico, como lucha: un combate por la supervivencia espiritual de la nación. Por supuesto, el camino para la superación de nuestra crisis de pueblo descansa en la educación, entendida como transmisión de valores y no solo de destrezas. Una escuela que forme ciudadanos con conciencia de su herencia, y no solamente trabajadores adaptados al mercado, es condición para que la tradición se renueve. Una educación que promueva valores cívicos y civilistas, que den fisonomía clara y limpia de un verdadero ciudadano. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
