Valmore Muñoz Arteaga | Anne Carson. Mirar hasta desaparecer
Anne Carson. Mirar hasta desaparecer
Valmore Muñoz Arteaga
Anna Carson ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Comenzó su carrera como estudiosa de la poesía lírica griega. Eros the Bittersweet (1986), su primer libro de gran alcance, es a la vez un tratado sobre el deseo en la Antigüedad y una obra de prosa cuidadosamente escrita, hecha de capítulos breves que respira como la poesía. Desde entonces, su bibliografía se ha movido, sin pedir permiso, entre géneros: ensayos en Glass, Irony and God (1995), la novela en verso Autobiography of Red (1998), el libro-objeto Nox (2009), la obra en cajas de Float (2016) o la reescritura de Helena y Marilyn Monroe en Norma Jeane Baker of Troy (2019). Su trayectoria ha sido reconocida, entre otros galardones, con la beca MacArthur (2000) y el Premio Princesa de Asturias de las Letras (2020).
Entiende Carson que la belleza y el deseo nos descolocan, el género literario que los dice tiene que descolocarse también. Decreation: Poetry, Essays, Opera (2005) lleva el principio hasta el título: tres formas distintas para un mismo gesto, el de deshacer la forma estable del yo y de la obra. En esa línea, su traducción de Safo, If Not, Winter (2002), imprime corchetes allí donde el papiro está roto, transformando la laguna en una presencia visible. En tal sentido, la falta se vuelve forma. El punto de partida de Carson es una palabra de Safo. En uno de sus fragmentos, el eros aparece como un ser que afloja los miembros y que es, a la vez, dulce y amargo (glukupikron), un animal imposible de domar. De ahí el título de Eros the Bittersweet. Carson toma esa dualidad en serio convirtiéndola en teoría. El deseo no es plenitud sino carencia, y lo que ama el amante es justamente lo que no tiene. Quien tiene lo bello ya no lo desea; quien lo desea todavía no lo tiene. La belleza, por tanto, solo existe como distancia.
Para dar forma a esta idea, Anne Carson propone la figura del triángulo compuesto por el amante, el amado y el espacio que los separa. Ese «entre» es el verdadero protagonista. Su lectura del fragmento 31 de Safo, el famoso poema en que la hablante observa a su amada sentada junto a un hombre y siente cómo su cuerpo se desmorona (la lengua se quiebra, el fuego corre bajo la piel, los ojos dejan de ver), muestra cómo el tercer punto del triángulo, la mirada del hombre o del propio lector, es lo que hace posible el poema. Sin distancia no hay canto y sin atención no hay distancia que cante.
Anne Carson nos habla de una experiencia con la belleza como resultado maduro de una relación con la atención. La belleza, según la Nobel, es donde brota la distancia, abre la falta, entonces la atención es el camino para habitarla. Aquí el interlocutor principal es Simone Weil (1909-1943), la filósofa francesa que trabajó en una fábrica, enseñó en liceos de provincia y murió en Inglaterra a los treinta y cuatro años. En una carta de 1942 al poeta Joë Bousquet, Weil escribió que la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad. La frase condensa una ética, la ética que marcó su pensamiento. Mirar de verdad a otro, sin proyectar sobre él nuestras expectativas, es darle algo que casi nadie da. En un ensayo sobre el buen uso de los estudios escolares, Simone Weil precisa qué entiende por atención. No es tensión muscular ni esfuerzo voluntarioso, más bien, consiste en suspender el pensamiento, dejarlo disponible, vacío y penetrable, y esperar la verdad sin ir a buscarla. La atención es una espera. Weil la considera, además, la sustancia misma de la oración, y sostiene que un ejercicio de geometría o la traducción de un texto griego pueden ser formas de ese ejercicio espiritual.
Esta idea resuena con el oficio de Anne Carson. La traducción, para ella, es una práctica de atención extrema, pues obliga a detenerse ante cada palabra, a pesar sus sentidos y a aceptar lo que no se deja traducir. Los corchetes de If Not, Winter son una pedagogía de esa espera. Y la lectura de Weil sobre la Ilíada, donde la fuerza convierte en cosas a los seres humanos y solo la mirada atenta del poeta devuelve a los vencidos su condición de personas, aporta un precedente para la ética de la mirada que recorre la obra de Carson. Pero, al referirnos a Carson y la atención, debemos buscar otro referente, Paul Celan.
En su discurso El meridiano (1960), Paul Celan cita una frase atribuida a Malebranche, que recoge Walter Benjamin en su ensayo sobre Kafka. La frase señala que la atención sería la oración natural del alma. Celan hace de esa frase toda una poética. El poema, dice, está «en camino», busca a alguien que escuche. Carson dedicó a Celan una parte central de Economy of the Unlost (1999), un libro que lee a Simónides de Ceos junto al poeta de Czernowitz. La conexión entre ambos es el mercado. Simónides, que cobraba por sus versos, y Celan, que escribía contra la pérdida absoluta del Holocausto, representan dos economías opuestas del don y de la deuda. Lo que los une, en la lectura de Carson, es una atención que se juega en los límites de lo decible. No es necesario afirmar que Carson va a apropiarse de la frase de Celan para reconocer la familiaridad entre sus mundos. Weil, Benjamin y Celan comparten la intuición de que atender es una forma de oración laica, y Carson ocupa un lugar propio en esa constelación. Allí donde ellos hablan de espiritualidad, ella habla de lexicografía, de papiros y de corchetes.
Belleza y atención forman en Carson una cadena en la que cada eslabón corrige al anterior. La belleza revela una falta y, si se la persigue para poseerla, se destruye. La atención aprende a quedarse en esa falta sin llenarla. Esta secuencia debe mucho a Safo, que le dio el eros dulce y amargo, a Platón, que le dio el deseo como carencia, y sobre todo a Simone Weil, que le dio las palabras para pensar la mirada como ética y la renuncia al yo como forma de amor. Sin embargo, Anne Carson no es una simple discípula. Tiene el mérito de haber llevado estas ideas fuera de la teología hacia la forma literaria: el corchete, la laguna, la caja, el fragmento. Con ello propone algo que quizá sea su legado más duradero, y es que un texto puede ser, en sí mismo, una práctica de atención, y que escribir bien, traducir bien, leer bien, consiste en una cierta manera de desaparecer. Mirar hasta desaparecer, pero no como pérdida sino como la forma más exigente de dar algo al otro. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
