Rodrigo Méndez | La policrisis como juez electoral
Geopolítica, inflación y el destino de las Midterms en Estados Unidos
Hay conflictos que comienzan lejos del hogar y, sin embargo, terminan sentados a la mesa familiar. En Estados Unidos, la guerra ya no es una noticia que se mira en el mapa para luego pasar a otra página: también puede aparecer en el precio de la gasolina, en el costo del transporte y en la cuenta semanal del supermercado. Esa distancia entre el frente internacional y la vida doméstica será una de las pruebas políticas de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre.
La guerra con Irán y la continuidad del conflicto en Ucrania han reducido las reservas de petróleo disponibles para amortiguar nuevas interrupciones. Reuters informó, con base en declaraciones de ejecutivos del sector, que quedan menos de seis mil millones de barriles en inventarios comerciales y que solo una porción pequeña está disponible de inmediato. Detrás de esa cifra hay una advertencia sencilla: cuando el colchón se adelgaza, el mercado dispone de menos margen para absorber sobresaltos. No todo aumento de precio obedece a una sola causa; también pesan la refinación, el transporte, los impuestos y las condiciones de cada región. Pero la energía sigue siendo una de las vías más rápidas por las que la geopolítica entra en la economía del hogar.
El surtidor funciona como un termómetro que el ciudadano no necesita aprender a leer: cada visita le muestra cuánto se ha encarecido moverse y, por extensión, cuánto puede costar llevar mercancías y alimentos de un lugar a otro. El combustible no es literalmente un impuesto decretado por el Gobierno, pero cuando sube puede sentirse como una carga extendida sobre muchas compras. Ningún discurso logra borrar esa experiencia. La gente compara lo que oye con lo que paga.
Ahí aparece la paradoja para Donald Trump. El mandatario llegó a la Casa Blanca respaldado, entre otros grupos, por electores cansados de guerras prolongadas y atraídos por la promesa de ocuparse primero de los problemas internos. Ahora, la guerra con Irán y su impacto sobre los precios ponen esa promesa bajo examen. En la encuesta Reuters/Ipsos del 8 de octubre, el costo de vida aparece como la principal preocupación electoral; detrás figuran los valores democráticos y la inmigración. La política exterior, que suele parecer lejana, vuelve a la campaña convertida en una pregunta doméstica: ¿quién está pagando el costo de esta crisis?
La misma encuesta encontró una brecha de entusiasmo: el 30 % de los votantes de Trump en 2024 dijo estar muy entusiasmado con votar en noviembre, frente al 48 % de quienes respaldaron a Kamala Harris. El promedio de Silver Bulletin, por su parte, colocaba a los demócratas 8,9 puntos por delante en la intención genérica de voto al Congreso el 8 de octubre. Son fotografías de un momento electoral, no profecías. La participación puede cambiar el cuadro; los candidatos y las disputas locales también. Pero sería un error desdeñarlas: indican que el oficialismo enfrenta una dificultad real para sostener la energía de su coalición.
La economía de guerra se discute además sobre un fondo fiscal ya exigente. La Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta que la deuda federal en manos del público podría alcanzar el 175 % del producto interno bruto en 2056 bajo las leyes vigentes. Esa cifra no anuncia por sí sola una crisis inmediata, ni puede atribuirse únicamente al gasto militar: recoge una trayectoria más amplia de ingresos, gastos e intereses. Sí plantea una pregunta que atraviesa a cualquier administración: cuánto espacio quedará para responder a las necesidades del país cuando el costo de financiar la deuda siga creciendo.
El mapa de esta policrisis se abre también hacia Venezuela, donde petróleo, poder y democracia vuelven a cruzarse. Delcy Rodríguez ha prometido elecciones como parte de una transición, pero sin anunciar una fecha. Una promesa electoral todavía no es una elección competitiva. Para que lo sea, hacen falta reglas claras, árbitros confiables, instituciones autónomas y condiciones que permitan a las distintas fuerzas organizarse y competir. Sin esas garantías, el calendario puede convertirse en una puesta en escena que prolongue el poder de quienes ya controlan el Estado.
La situación de María Corina Machado concentra esa incertidumbre. Los reportes disponibles señalan que se le ha impedido regresar a Venezuela y que sigue inhabilitada para postularse. Por eso, su participación en unos comicios futuros no puede darse por sentada. Debe juzgarse por decisiones comprobables: si puede volver, si se levanta su inhabilitación, si otros dirigentes pueden competir y si las instituciones dejan de ser instrumentos de una sola estructura política. La esperanza democrática merece ser defendida con precisión, porque las palabras «elecciones» y «libertad» no siempre describen la misma realidad.
La conexión con las Midterms estadounidenses no consiste en afirmar que ambos procesos sean iguales. Consiste en observar cómo las prioridades de Washington —petróleo, seguridad, migración y estabilidad regional— pueden influir en su política hacia Caracas, y cómo esa política puede entrar en el debate interno estadounidense. Si una negociación con el Gobierno venezolano prioriza el suministro de energía y la inversión sin exigir garantías democráticas verificables, podría contribuir a sostener la estructura gobernante. Si la diplomacia condiciona sus acuerdos a una competencia política auténtica, podría abrir otra ruta. Son escenarios, no desenlaces asegurados; su diferencia estará en las condiciones que se exijan y en la voluntad de hacerlas cumplir.
Las Midterms serán, al final, una prueba de confianza. El votante decidirá con la memoria de las promesas, la cuenta del hogar y la impresión de que el Gobierno escucha —o no— sus prioridades. La guerra no deposita la papeleta, pero puede pesar sobre la mano que la marca. Y para Venezuela, el principio es igualmente claro: no basta con anunciar elecciones; hay que permitir que el pueblo elija. En ese cruce entre el precio cotidiano y la libertad política se juzga la policrisis, y también a quienes dicen tener respuestas para ella.
