Rodrigo Méndez | El efecto Trump pierde altura
Octubre le ha puesto turbulencia al avión político de Donald Trump. El llamado informalmente Trump Force One y el Air Force One —cuando el presidente viaja a bordo— parecen reflejar un mes difícil para una marca política que muchos daban por imparable. Si Trump hubiera montado un circo, hasta los imprevistos se le habrían multiplicado.
La señal más clara llegó desde Brasil. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro aventajó a Luiz Inácio Lula da Silva por unos 2,2 millones de votos. La diferencia alentó a quienes veían en el bolsonarismo una nueva expresión del efecto Trump en América Latina. Pero la segunda vuelta cambió el cuadro: Lula fue reelegido con el 51,79 % de los votos válidos y una ventaja final de 4.430.191 sufragios. La distancia entre ambos candidatos se duplicó aproximadamente respecto de la primera ronda.
La campaña dejó escenas que también pesaron en la conversación pública. En el último debate, Flávio Bolsonaro se burló de la discapacidad de Lula al llamarlo “nueve dedos”. Lula le exigió una disculpa y el candidato opositor se retractó. El episodio no explica por sí solo el resultado, pero puso en primer plano una pregunta incómoda para cualquier aspirante: ¿cuánto puede costar una provocación personal cuando los votantes esperan propuestas para resolver sus problemas?
El resultado brasileño no demuestra que la influencia de Trump haya desaparecido. Sí muestra que no basta con invocar su estilo o su alianza política para reproducir sus éxitos en otros países. Las elecciones se deciden en contextos propios: pesan la economía, la participación, las alianzas y la capacidad de cada candidato para conectar con las preocupaciones cotidianas. En Brasil, el respaldo inicial a Bolsonaro no se convirtió en una mayoría suficiente para ganar la segunda vuelta.
Israel ofrece otra señal de incertidumbre. La elección dejó al bloque de Benjamin Netanyahu con 53 escaños, por debajo de los 61 necesarios para formar una mayoría en la Knéset. La oposición tampoco tiene, por sí sola, una ruta sencilla para gobernar; las negociaciones dependen en parte de partidos árabes cuya participación varios dirigentes han rechazado. Netanyahu conserva opciones, pero su continuidad dependerá de pactos difíciles o de que sus adversarios superen sus propias divisiones. Esa fragilidad complica la tarea de cualquier aliado extranjero —incluida la administración Trump— que busque acuerdos estables en la región.
La presión también se acerca a Washington. Las elecciones de medio término serán el 3 de noviembre, y las señales disponibles apuntan a una contienda competitiva por el Senado. Las encuestas ofrecen fotografías distintas según el estado y el momento en que se realizaron. A su vez, los mercados de predicción y algunos modelos asignan a los demócratas alrededor de dos tercios de probabilidad de controlar el Senado, mientras otras proyecciones son más cautelosas. Esa diferencia recuerda que los modelos estiman escenarios, no anuncian ganadores.
Con la elección a pocos días, cualquier resultado sigue abierto. Pero la tendencia tiene una lectura política: el descontento con la Casa Blanca puede convertirse en un viento de cola para los demócratas, aunque todavía falta que los votos lo confirmen. Si recuperan el Senado, Trump tendría que gobernar frente a una oposición con más poder para frenar nombramientos, investigaciones y partes de su agenda. Sería un revés significativo, no necesariamente una derrota definitiva.
Brasil, Israel y Estados Unidos no forman una sola historia ni obedecen a una misma causa. Sin embargo, sus urnas y negociaciones plantean una advertencia común: el efecto Trump no es una fórmula que garantice victorias. Puede movilizar a unos y alarmar a otros; puede inspirar aliados, pero también convertir cada elección en un examen sobre los resultados concretos del poder.
Por ahora, octubre no ha derribado el avión político de Trump. Le ha recordado que hasta los vuelos más seguros encuentran turbulencias y que, en democracia, ningún piloto controla el viento.
