Ricardo Escalante | Horas aciagas
La vida de los pueblos como la de los individuos, tiene éxitos y crisis que se sortean con inteligencia o torpeza para tratar de alcanzar el progreso. Todo depende de las circunstancias y de los niveles educativos existentes en cada país, para administrar los recursos con la mayor eficiencia posible.
El conocimiento y la honestidad de las sociedades con altos índices de desarrollo tienen una obvia influencia en los resultados, a lo cual se agrega el tamaño y la calidad de los recursos económicos disponibles. A partir de esta premisa debemos examinar qué nos ha pasado a los venezolanos y por qué nos empeñamos en vivir en el caos.
No es fácil abordar el tema en pocos párrafos, pero al menos podemos echar ahora unas pinceladas para continuar en posteriores entregas. Lo primero que debemos decir es que el chavismo y su barbarie no son producto de una maldición de Dios, sino de generaciones con un sistema educativo con profundas deficiencias, que han labrado una idiosincrasia viciada y hasta retorcida.
Las deficiencias comenzaron hace ya muchas décadas con el diseño de los planes y programas educativos. El diagnóstico de los especialistas es claro: hemos fallado al no poner énfasis en la enseñanza de la moral, de las matemáticas y la historia nacional, así como en la exigencia del rendimiento estudiantil, a lo cual es necesario sumar los errores cometidos por grandes y experimentados educadores bienintencionados como Luis Beltrán Prieto.
Sé que al mencionar el distinguido nombre de Prieto desataré la alarma de no pocos ingenuos, pero si queremos corregirnos es necesario entonces revisar ciertas conductas y hacerlo con sentido positivo, sin incurrir en descalificaciones innecesarias.
El gran maestro margariteño dedicó su vida a la educación y lo hizo con sinceridad y con sus mejores deseos. No obstante, incurrió en caras equivocaciones cuyas consecuencias aún no han terminado y sería imperdonable desconocerlas ahora, cuando salen a flote las debilidades morales de nuestra dirigencia y el país está en el foso de la descomposición moral.
En su anticlericalismo extremo, Prieto fue promotor del polémico decreto 321 durante el llamado trienio adeco (1945-1948), que establecía procesos de evaluación y orientación con fallas y discriminaciones a la educación privada católica. No faltó la inmediata ola de protestas de la Iglesia y otros sectores y Rómulo Betancourt se vio en la necesidad de modificar la decisión oficial, pero el daño ya estaba hecho y, si bien esa no fue la única causa, su incidencia fue negativa en la estabilidad de la junta de gobierno y de acontecimientos posteriores.
Los bemoles educativos que llevamos a cuestas no son superables de la noche a la mañana. Tomarán mucho tiempo y dedicación de las nuevas generaciones de ciudadanos para dar un toque distinto a la idiosincrasia del venezolano, pero es imprescindible comenzar cuanto antes a enderezar las cargas.
Ha habido, de la misma manera, problemas políticos y debilidades humanas que nos han traído a la debacle política, económica y social. Uno de los casos más protuberantes, que también es bueno examinar con detenimiento para evitar costosas repeticiones es el del doctor Rafael Caldera, tema que abordo en mi libro Envozalta. La raíz de nuestros problemas está en la educación.
