Pedro Adolfo Morales Vera | Zumaque I, el pozo que cambió el Zulia y Venezuela
El 31 de julio de 1914, en un cerro cerca de Mene Grande, un pozo comenzó a brotar petróleo. No era un reventón espectacular. Salía despacio, sin ruido, casi con timidez. Pero aquel crudo que manaba de las entrañas del Zulia iba a cambiar para siempre el destino de una región y de un país entero.
Se llamaba Zumaque I, por un arbusto que crecía en la zona. Había alcanzado 135 metros de profundidad y producía unos 264 barriles diarios. Para los estándares de hoy, aquella cifra parece insignificante. Pero en una Venezuela todavía marcada por el café y el cacao, aquellos barriles demostraban algo que pocos se atrevían a imaginar: bajo las tierras del Zulia había petróleo suficiente para construir una industria.
La historia del petróleo venezolano no empezó allí. Años antes, en el Táchira, Manuel Antonio Pulido había encontrado petróleo en su hacienda La Alquitrana y fundado una pequeña empresa para explotarlo. Fue una experiencia pionera, pero limitada. El petróleo que se extraía apenas alcanzaba para producir kerosene y abastecer algunos mercados locales. Nadie sospechaba entonces la magnitud de lo que yacía bajo el suelo venezolano.
El cambio comenzó a gestarse en los primeros años del siglo XX, cuando el gobierno de Juan Vicente Gómez repartió concesiones a empresas extranjeras. Una de ellas llegó a manos de Rafael Max Valladares, quien la traspasó a la Caribbean Petroleum. La empresa envió al geólogo Ralph Arnold a recorrer el país en busca de indicios. Arnold y su equipo estudiaron el terreno y observaron los manaderos de petróleo que afloraban en la superficie. Había que perforar. El lugar elegido fue un cerro cerca de Mene Grande, en la Costa Oriental del Lago.
La perforación no fue fácil. Se levantó una torre de madera y se trabajó con taladros de percusión, golpeando la tierra una y otra vez. Los obreros soportaron el calor, la sed y las condiciones precarias de una zona sin caminos ni servicios. El 15 de abril de 1914, el pozo descubrió el campo Mene Grande. Tres meses después, el 31 de julio, fue declarado comercialmente productivo.
Aquel descubrimiento desató una fiebre. Las compañías extranjeras comenzaron a llegar al Zulia atraídas por la promesa del oro negro. En 1917, la Caribbean Petroleum instaló una refinería en San Timoteo y realizó la primera exportación de petróleo venezolano. El país empezaba a mirar al lago con otros ojos.
Pero el verdadero estallido llegó en 1922. La noche del 14 de diciembre, Los Barrosos II, cerca de Cabimas, reventó con una fuerza nunca vista. El petróleo brotó desde las profundidades y se elevó como una torre negra que podía verse desde Maracaibo. Durante nueve días, el pozo arrojó alrededor de 100.000 barriles diarios. La noticia recorrió el mundo. Venezuela dejó de ser una promesa y se convirtió en uno de los grandes territorios petroleros del planeta.
Maracaibo cambió para siempre. La ciudad que había vivido del comercio del café y del cacao se llenó de técnicos, ingenieros, comerciantes y trabajadores llegados de todas partes. Los muelles se colmaron de equipos y materiales. Se construyeron almacenes, oficinas y viviendas. El dinero empezó a circular con una velocidad desconocida. El Zulia se convirtió en el corazón de la nueva economía venezolana.
El pozo siguió produciendo durante décadas, casi como un símbolo. Hoy, su valor no está en los barriles que pueda sacar, sino en lo que representa. Demostró que el subsuelo del Zulia podía sostener una industria y anunció que Venezuela dejaría de ser un país esencialmente agrícola para convertirse en un país petrolero.
