Antonio Pérez Esclarín | Educar es sembrar esperanza
Con motivo de celebrar hoy el Día del Maestro quiero recordar una vez más, que el genuino educador es un sembrador de esperanza y para ello debe tener el corazón ardido de ilusión y de pasión. Por ello, vive con intensidad todo lo que hace y le sucede. No se amilana ante las dificultades, no se acobarda ante los problemas, sino que los enfrenta con decisión y acude cada día con verdadero entusiasmo a asumir la tarea apasionante de ayudar a desarrollar las potencialidades de cada persona para que logre florecer en plenitud. Comunica a compañeros y alumnos energía, optimismo realista y trata de crearles un hábito de pensamiento positivo, capaz de sacar siempre lo mejor decada situación.
Si educar es apostar por una persona, un futuro, un mundo mejor, no es posible hacerlo sin esperanza. La educación, como tanto insistía Paulo Freire, exige la convicción de
que es posible el cambio, implica la esperanza militante de que los seres humanos podemos reinventar el mundo en una dirección ética y estética distinta a la marcha de hoy.
Esperanza crítica, no ingenua, que necesita del compromiso y sobre todo del testimonio coherente para hacerse historia concreta. El desencanto, como el miedo, expresan, en definitiva, falta de fe. Debemos pasar del desencanto a la ilusión, del pesimismo al entusiasmo: ¡Otro mundo es posible! ¡Otra Venezuela es posible! ¡Otra educación es posible! ¡Otra vida es posible! La educación no puede ser meramente una profesión más, un medio para ganarse la vida, sino que tiene que convertirse y ser un medio para ganar a la vida a los demás, para enseñar a vivir con autenticidad, para defender la vida donde quiera que esté amenazada, para convivir con el otro diferente, para dar vida, dar la vida.
El genuino educador denuncia y anuncia. Denuncia las estructuras de injusticia y de violencia, denuncia la hipocresía y la mentira, denuncia la mediocridad y el sinsentido, y anuncia con entusiasmo un futuro lleno de esperanza. Denuncia para convertir, para “salvar al hombre realizándolo” (Morin), para ganar a las personas al compromiso con la vida, a realizar su vocación de creadores.
Y esto hay que afirmarlo con fuerza en estos tiempos en que va propagándose con fuerza la desesperanza. A veces, como afirma Pagola, el rasgo más evidente es la actitud negativa ante la vida. El que pierde la esperanza no es capaz ya de captar lo bueno, lo hermoso que hay en la existencia. Se la pasa quejándose de todo, no acierta a ver el lado positivo de las cosas, las personas o los acontecimientos. Todo está mal, todo es inútil, no hay nada que hacer. En esa actitud negativa y desesperanzada va malgastando la persona sus mejores energías.
La falta de esperanza se manifiesta, otras veces, en una pérdida de confianza. La persona no espera ya gran cosa de la vida, de la sociedad, de los demás. Sobre todo, no espera ya mucho de sí misma. Por eso, va rebajando poco a poco sus aspiraciones. Se siente mal consigo misma, pero no es capaz de reaccionar. No sabe dónde encontrar fuerzas para vivir. Lo más fácil entonces es caer en la pasividad y el escepticismo. La desesperanza viene otras veces acompañada de tristeza. Desaparece la alegría de vivir. La persona se ríe y divierte por fuera, pero hay algo que ha muerto en su interior.
El mal humor, el pesimismo y la amargura están cada vez más presentes. Nada merece la pena. No hay un porqué para vivir. Lo único que queda es dejarse llevar por la vida. A veces, la falta de esperanza se manifiesta sencillamente en cansancio. El trabajo y la vida se convierten en una carga pesada, difícil de llevar. Falta empuje y entusiasmo. No
es la fatiga normal después del trabajo, ejercicio o actividad. Es un cansancio vital, un aburrimiento profundo que nace desde dentro y envuelve toda la existencia. El problema de muchas personas no es tener problemas, sino no tener fuerza interior para enfrentarse a ellos.
Si Anatole France decía que “nunca se da tanto como cuando se da esperanza”, educar tiene que ser una siembra permanente de esperanza y de amor.
