Pedro Adolfo Morales Vera | El Teatro Baralt, donde la cultura encontró su casa
Recuerdo aquella noche de 1998 como si fuera ayer. El Teatro Baralt acababa de reabrir sus puertas después de trece años de silencio, y mi padre me llevó a ver La cantante calva, de Eugène Ionesco. Ignoro si fue una elección deliberada suya o una simple coincidencia. Pero aquella función, en aquel escenario recién devuelto a la vida, se me quedó grabada como una de las imágenes más nítidas de mi juventud. Sentado en la platea, mirando hacia el escenario que tantas generaciones habían contemplado antes que yo, entendí por primera vez que un teatro no es solo un edificio, es un testigo.
La historia del Teatro Baralt es, en muchos sentidos, la historia de la propia Maracaibo. Un relato de desapariciones y renacimientos. Una ciudad que ha tenido que aprender, una y otra vez, a levantarse sin renunciar a su memoria.
Los orígenes del Teatro Baralt se remontan a 1835, cuando se habilitó un modesto teatro techado con enea en un solar de Miguel Antonio Baralt. En 1847 aquella iniciativa dio paso a un edificio más estable, iniciando una historia marcada por sucesivas reconstrucciones. El 24 de julio de 1883, con motivo del centenario del nacimiento de Simón Bolívar, se inauguró un nuevo Teatro Baralt. Fue entonces cuando comenzó a convertirse en el gran escenario cultural de una ciudad que aspiraba a ocupar un lugar destacado en la vida intelectual y artística de Venezuela.
En ese teatro tuvieron lugar algunas de las primeras proyecciones cinematográficas del país y, el 28 de enero de 1897, se exhibieron las primeras películas realizadas en Venezuela. También acogió óperas, zarzuelas, conciertos y representaciones teatrales que enriquecieron la vida cultural maracaibera. Sin embargo, el edificio fue demolido en 1928, víctima del deterioro y de una modernización que con frecuencia sacrifica el patrimonio en nombre del progreso.
El actual Teatro Baralt, el que yo conocí aquella noche con mi padre, fue inaugurado el 19 de diciembre de 1932. Su diseño correspondió al arquitecto belga León Jerónimo Hoet, mientras que la decoración interior, de estilo art déco, fue realizada por el artista zuliano Antonio Angulo, considerado uno de los introductores de este lenguaje artístico en Venezuela. Diversos autores han señalado que Hoet pudo inspirarse en la Estación Central de Amberes, aunque esa influencia no ha podido documentarse de forma concluyente. Al recorrer sus pasillos, contemplar sus murales y levantar la vista hacia sus techos, uno tiene la impresión de encontrarse en un edificio que resume la voluntad de una ciudad de proyectarse hacia la modernidad sin perder su identidad.
En 1981 fue declarado Monumento Histórico Nacional. Pero ese reconocimiento no bastó para evitar su deterioro. En 1986 el teatro cerró sus puertas y permaneció en silencio durante trece años. Maracaibo no solo perdió entonces un edificio emblemático; perdió uno de los lugares donde mejor había aprendido a encontrarse consigo misma.
La restauración, impulsada por la Universidad del Zulia y la Gobernación del Estado, constituyó una intervención de gran complejidad dirigida por el arquitecto Paolo D' Onghia. Durante las obras apareció uno de los hallazgos más significativos, bajo la platea permanecían los restos del teatro inaugurado en 1883. En lugar de eliminarlos, se decidió conservarlos bajo el nuevo suelo, permitiendo que la memoria material del edificio siguiera sosteniendo, literalmente, la vida cultural del presente.
El 18 de julio de 1998 el Teatro Baralt reabrió sus puertas. Asistieron autoridades nacionales, regionales y destacadas personalidades de la cultura zuliana. Para mí, sin embargo, aquella reapertura tuvo un significado mucho más íntimo. Mi padre había conocido el Baralt siendo niño, cuando el cine formaba parte de la vida cotidiana de Maracaibo. Décadas después regresó a ese mismo teatro, ya restaurado, para llevarme a ver La cantante calva. Aquella noche comprendí que los edificios también transmiten una herencia. Lo que para mi padre había sido un lugar de descubrimiento terminó convirtiéndose también en uno de los recuerdos más perdurables de mi juventud. Muchos años después, el 5 de octubre de 2022, regresé al Teatro Baralt en mi condición de miembro del Capítulo España para asistir al solemne acto en el que la Universidad del Zulia confirió el título de Doctor Honoris Causa al jurista Román José Duque Corredor. Fue una de las últimas veces que ocupé una de sus butacas. Comprendí entonces que aquel teatro seguía siendo el escenario elegido por Maracaibo para celebrar algunos de sus acontecimientos académicos y culturales más significativos.
El Teatro Baralt ha sido sala de cine, escenario de ópera, espacio para el teatro, la música y el debate ciudadano. También ha formado parte de la memoria de muchas familias maracaiberas, entre ellas la mía. Las ciudades necesitan edificios que les recuerden quiénes fueron para no olvidar quiénes quieren seguir siendo. Mientras las luces del Baralt continúen encendiéndose y alguien vuelva a ocupar una de sus butacas, Maracaibo conservará un escenario donde representar su memoria y también su futuro.
