Nacho Montes de Oca | La diplomacia de la ira: el peligroso juego entre Seúl, Kyiv y Moscú
Corea del Norte le manda soldados a Putin. Desde puertos surcoreanos sale combustible hacia el Lejano Oriente ruso. Y Seúl, en vez de armar a Kyiv, le exige una disculpa y estudia represalias. Parece un guion delirante. Es lo que ocurre estos días entre dos países que enfrentan al mismo Eje.
El delicado equilibrio geopolítico de Corea del Sur quedó expuesto a fines de septiembre de 2026. Durante la Asamblea General de la ONU del 23 de septiembre de 2026, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, reveló el traslado: dos soldados norcoreanos capturados en enero de 2025 en Kursk fueron enviados a Corea del Sur tras tomar la decisión de desertar.
La revelación provocó una reacción inmediata del gobierno de Lee Jae-myung. Seúl sostuvo que ambas partes habían acordado mantener la operación bajo reserva para proteger a los militares y a sus familias en Corea del Norte, y el vicecanciller Park Yoon-joo convocó al representante diplomático ucraniano para transmitirle su “grave preocupación”, según informó el Ministerio de Exteriores surcoreano.
Dmytro Lytvyn, asesor de comunicación de Zelenski, negó que hubiera un acuerdo. Andrii Sybiha, el canciller, dijo el 1 de octubre que no quería llamar al episodio un incidente: “digamos que es un malentendido diplomático”, según Reuters y medios ucranianos. No obstante, la tensión continúa: el canciller surcoreano Cho Hyun dijo el 6 de octubre que recibió de Sybiha un mensaje con una disculpa, pero que no alcanza el nivel que espera Seúl y que el gobierno estudia medidas firmes, incluida la retirada del embajador.
El choque se produce sobre una relación ya limitada. En julio, Corea del Sur anunció un paquete de ayuda no letal por 100 millones de dólares y mantuvo su política de no suministrar armas a países en guerra. En 2023 había comprometido otros 2.300 millones de dólares, principalmente en préstamos concesionales, asistencia humanitaria y reconstrucción. Para Kiev, esa cautela resulta cada vez más difícil de aceptar ante la participación norcoreana junto a Rusia.
La respuesta de Seúl refleja el pragmatismo de Lee Jae-myung, dirigente progresista que asumió en junio de 2025 con la promesa de reducir la tensión intercoreana. Su gobierno condena la invasión rusa, pero evita decisiones que puedan empujar a Moscú a profundizar su cooperación militar con Pionyang. Esa lógica no equivale a neutralidad: es una estrategia de contención condicionada por la vulnerabilidad de la península.
En realidad, es una neutralidad ladeada porque en un debate televisivo el 25 de febrero de 2022, cuando aun era candidato, el actual presidente surcoreano llegó a sugerir de forma sutil que la guerra en Ucrania no se explicaba únicamente por la ambición de Putin, sino que también era el resultado de "errores diplomáticos de Kiev al provocar innecesariamente a una potencia nuclear" y de la insistencia de Ucrania por ingresar a la OTAN sin medir las consecuencias geopolíticas en sus fronteras. Posteriormente, dijo ante su propio Parlamento y en foros de defensa que "acorralar por completo a Rusia y a Putin solo traerá consecuencias desastrosas para Seúl".
El temor central de Lee es que el Kremlin compense a Kim Jong-un con tecnología de misiles, satélites, submarinos o sistemas de armas avanzados. Lee presentó por eso la divulgación ucraniana como una maniobra capaz de elevar el riesgo en la península. Desde la perspectiva de Kiev, en cambio, hacer visible la presencia norcoreana busca trasladar a la opinión pública surcoreana el costo estratégico de la alianza entre Moscú y Pionyang.
La disputa coincidió con una contradicción energética más difícil de explicar. Desde marzo, ante la estrechez del mercado mundial, Corea del Sur había limitado temporalmente las exportaciones de gasolina, diésel y queroseno doméstico a los volúmenes del mismo mes de 2025. El gobierno también fijó un tope transitorio a los precios internos para garantizar el abastecimiento y proteger a los consumidores. Esa política presentaba el combustible como un recurso que debía administrarse con cautela; sin embargo, una parte sustancial terminó abasteciendo a Rusia.
Un análisis de registros portuarios y datos de seguimiento marítimo publicado por The Guardian determinó que, en julio y agosto, más de 176.000 toneladas de combustible —principalmente diésel— fueron cargadas en puertos surcoreanos por siete petroleros que realizaron 14 viajes al Lejano Oriente ruso. Tres de esas embarcaciones estaban sancionadas por el Reino Unido y la Unión Europea. La magnitud importa: según Kpler, Corea del Sur aportó en agosto 112.000 toneladas, equivalentes al 31% de las importaciones marítimas rusas de derivados del petróleo; solo India suministró más.
La investigación no identificó a los propietarios ni a los vendedores del combustible y señaló que las operaciones no parecían violar la legislación surcoreana, centrada en controles sobre maquinaria, electrónica y vehículos. Pero la legalidad no elimina la contradicción política: mientras Seúl moderaba exportaciones y contenía precios para resguardar su mercado interno, cargamentos de origen surcoreano ayudaban a Rusia a compensar la escasez provocada por los ataques ucranianos contra sus refinerías. Isaac Levi, analista del Centre for Research on Energy and Clean Air, advirtió que esas cargas debilitaban tanto el régimen de sanciones como el respaldo público de Seúl a Ucrania.
La inteligencia surcoreana interpreta que la revelación pudo haber sido deliberada. Según legisladores informados por el Servicio Nacional de Inteligencia, Zelenski habría buscado generar apoyo interno en Corea del Sur para el envío de armas. La hipótesis describe una apuesta de alto riesgo: convertir a los prisioneros en prueba visible de que la guerra europea ya tiene consecuencias directas para la seguridad asiática.
También hay un cálculo de resignación estratégica. Seúl reconoce que no puede desarmar por sí sola la alianza entre Vladímir Putin y Kim Jong-un ni impedir que las tropas norcoreanas adquieran experiencia de combate. El riesgo no se limita al campo de batalla: incluye la posible transferencia de conocimientos sobre misiles, vigilancia y mando operativo.
A este margen de maniobra ya recortado se sumó un factor sistémico de extrema volatilidad: el desgaste de la alianza tradicional bajo la impronta de la administración de Donald Trump, caracterizada por retrasos crónicos en la entrega de armamento estadounidense, la exigencia de cuantiosos pagos por la protección militar y un notable retroceso en el compromiso y la escala de las maniobras conjuntas.
Con un socio principal que prioriza una lógica transaccional y reduce su presencia disuasoria en la península, Seúl se encontró repentinamente expuesta a una mayor vulnerabilidad estratégica. Esa percepción de desamparo obligó al gobierno de Lee Jae-myung a blindar su frontera mediante una cautela defensiva extrema, priorizando su propia supervivencia por encima de las demandas de Kiev.
Ese repliegue surcoreano golpeó a Occidente en el peor momento posible del conflicto europeo: justo cuando la potente capacidad industrial de Seúl, que son la clave para proveer de municiones y componentes críticos como el sistema de defensa antiaérea M-SAM II Cheongung II, conocido como el "Patriot coreano". Es un sistema interceptor de misiles balísticos y de crucero de mediano alcance extremadamente eficiente. Ucrania ha solicitado el tanque K2 Black Panther, uno de los más avanzados del mundo, y vehículos de combate de infantería para repeler las ofensivas mecanizadas rusas.
Esa ayuda que hubiera servido para emparchar el déficit crítico de defensas de Ucrania, está trabada por la disputa diplomática y la estricta negativa a vender armamento a países en guerra.
En el fondo, la crisis revela una paradoja geopolítica de ribetes absurdos. Al retacear su respaldo tecnológico y militar para evitar una escalada con Moscú y Pionyang, Corea del Sur privó a Ucrania de los medios para contener la ofensiva rusa, dejando abierta la macabra ironía final de que buena parte de los misiles y proyectiles que el complejo militar norcoreano perfecciona hoy en Ucrania al servicio del Kremlin terminarán, tarde o temprano, apuntando de regreso hacia Seúl.
Es tan delirante la situación que el presidente surcoreano termina adoptando, por motivos igual de cuestionables, la misma postura de su par norteamericano al negarle a Ucrania ese parche antiaéreo que necesita con urgencia; una negativa que, en la práctica, le facilita a Rusia atacar las ciudades ucranianas con la ayuda de Corea del Norte, la cual aprovecha el trámite para perfeccionar habilidades bélicas que luego podría dirigir hacia el sur de la península. Y, para colmo de males, en lugar de ofenderse con Corea del Sur, es Ucrania la que termina debiendo pedir disculpas por una afrenta menor.
En ese tablero, China aparece como contrapeso potencial. Pekín tiene incentivos para evitar que la cooperación ruso-norcoreana altere el equilibrio regional o reduzca su influencia sobre Pionyang. Al preservar canales con Moscú, Lee intenta conservar margen para una negociación indirecta.
La crisis acumula perdedores. Lee amenazó con adoptar medidas adicionales si Kiev no reconocía el supuesto acuerdo y se disculpaba. Reuters señaló que esas represalias podrían afectar la ayuda humanitaria, financiera y de reconstrucción que Seúl ya presta, aunque el gobierno surcoreano no especificó su alcance. Ucrania, por su parte, arriesga un vínculo valioso en inteligencia, logística o futuros aportes financieros para su economía.
El costo colateral alcanza a los aliados occidentales, en particular a Estados Unidos. Washington buscó durante años integrar la capacidad industrial surcoreana a las cadenas de suministro de defensa de sus socios. Corea del Sur es uno de los principales productores mundiales de munición de 155 milímetros, un insumo crítico para reponer arsenales sometidos a una demanda que supera el ritmo de fabricación occidental.
La negativa surcoreana a vender armas directamente a Kiev no impide todas las operaciones con terceros, pero aumenta los plazos y el escrutinio sobre el destino final del material. En términos estratégicos, la crisis reduce la flexibilidad de la OTAN para recurrir a inventarios y capacidades industriales surcoreanas, y obliga a separar con mayor claridad la cooperación bilateral de cualquier transferencia posterior a Ucrania.
Para Seúl, el costo económico es potencial, no consumado. Empresas surcoreanas habían explorado proyectos de infraestructura, energía y transporte en Ucrania. La última evaluación conjunta del Banco Mundial, la Unión Europea, la ONU y el gobierno ucraniano estimó en febrero de 2026 que la reconstrucción demandará 588.000 millones de dólares durante una década. Una relación bilateral deteriorada puede restar competitividad a los conglomerados surcoreanos frente a oferentes europeos y japoneses.
Las empresas de ingeniería surcoreanas habían firmado preacuerdos para la modernización de infraestructuras clave en regiones del sur como Mykolaiv. Estos planes incluían la reconstrucción de aeropuertos destruidos, puertos comerciales, plantas de energía verde y la renovación de redes ferroviarias con tecnología de alta velocidad coreana. Debido al agrio intercambio de acusaciones entre Lee Jae-myung y Kyiv, los canales de coordinación técnica se han enfriado significativamente.
La duración de la disputa dependerá también del reloj político. Lee fue elegido en junio de 2025 para un mandato único de cinco años, por lo que no puede buscar la reelección consecutiva. Pero sí pueden impactar en las legislativas de abril de 2028 y hacerle perder el control parlamentario que hoy le evita tener un destino similar al de su predecesor, Yoon Suk-yeol.
El incentivo inmediato de Lee es proteger la credibilidad de su gobierno y evitar que la controversia erosione su agenda de distensión. Pero la distorsión entre las restricciones internas al consumo de combustible y los envíos a Rusia junto a la relación confusa con el norte, representan una amenaza que el partido que respalda al presidente podría revisar de cara a las elecciones.
Para Kiev, la prioridad es impedir que un golpe táctico de comunicación se transforme en una pérdida duradera de apoyo. La salida más probable no será una victoria de una parte sobre la otra, sino un arreglo discreto: una fórmula de disculpa que permita restablecer la cooperación sin que Seúl abandone su cautela frente a Rusia ni Ucrania renuncie a denunciar la participación norcoreana.
En la diplomacia de la ira, las contradicciones no se resuelven: se exportan. Corea del Sur prefirió vender el combustible que lubrica la guerra lejana y regatear la defensa que hoy necesita Europa, olvidando que la historia, como los misiles norcoreanos, siempre termina por encontrar el camino de regreso a casa.
