Nacho Montes de Oca | A Netanyahu aún le queda una batalla
Israel todavía no tiene nuevo gobierno y Benjamin Netanyahu no ha dejado el poder. Lo ocurrido esta semana es más acotado e interesante: el presidente Isaac Herzog cerró dos jornadas de consultas con los partidos de la Knéset, el Parlamento israelí, y comprobó que las facciones que suman 67 de los 120 diputados recomiendan encargar la formación de gobierno al exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, frente a las 46 bancas que respaldan a Netanyahu. Herzog dijo que su intención es entregar el mandato el domingo 8 de noviembre, pero advirtió, según Israel National News y JNS, que tener más recomendaciones no garantiza poder gobernar. Recomendar es un voto de confianza para intentarlo; gobernar exige 61 votos, y esa cuenta es mucho más difícil.
Para entender por qué hay que volver a las elecciones del 27 de octubre. El bloque de Netanyahu obtuvo 53 escaños, los partidos que se le oponen 48 y los árabes 19; como ningún bloque llega solo a los 61 que dan mayoría, los árabes quedaron como decisores.
Seis formaciones pidieron el mandato para Eisenkot (su partido Yashar, Israel Beiteinu, Los Demócratas, Beyajad, Ra’am y la Lista Conjunta y cinco respaldaron a Netanyahu (Likud, Shas, Sionismo Religioso, Otzma Yehudit y Zehut). Lo que terminó de inclinar la balanza fue Judaísmo Unido de la Torá: el partido ultraortodoxo, en lugar de apoyar a Netanyahu, no recomendó a nadie, le quitó apoyos que daba por seguros y fracturó la cohesión de su bloque.
El respaldo árabe tiene lógica propia. La Lista Conjunta, la principal fuerza árabe, explicó que quería ampliar la distancia con Netanyahu para reducir la posibilidad de un gobierno de unidad que lo mantenga en el poder y su líder, Mansur Abás, dijo que harán todo lo posible por apartarlo. Hay un matiz: la fuerza árabe se mostró dispuesta a dar apoyo parlamentario desde fuera a un gobierno de Eisenkot, mientras que Ra’am, por ahora, solo lo recomendó ante el presidente. El propio Eisenkot había descartado, igual que Netanyahu, gobernar con partidos árabes, aunque el 31 de octubre, según EFE, dejó abierta la puerta a quien acepte sus cuatro principios fundamentales. Los dirigentes árabes lo saben: uno de ellos, citado por ABC Color, describió el apoyo como un gesto “no por amor”, sino para evitar un nuevo mandato de Netanyahu.
Ahí está el nudo. Avigdor Liberman, líder de Israel Beiteinu y aliado de Eisenkot, se opone a un gobierno que dependa de los partidos árabes. Si Eisenkot intenta compensar con los ultraortodoxos, a quienes según Ynet corteja, choca con su promesa de exigirles el servicio militar, que esos partidos rechazan. Por eso la salida más viable sobre el papel es un gobierno en minoría, sostenido desde afuera por los árabes sin que entren al gabinete.
Tras recibir el encargo, Eisenkot tendrá 28 días para cerrar su coalición, prorrogables hasta 14 más. Luego debe presentar su programa ante la Knéset y ganar el voto de confianza: los 120 diputados votan y, si al menos 61 lo apoyan, queda investido primer ministro y su gobierno entra en funciones. Si no lo logra, el presidente puede encargar la tarea a otro diputado, previsiblemente Netanyahu, con 28 días sin prórroga; si también fracasa, el Parlamento se disuelve y el país vuelve a las urnas. Eisenkot ya dijo que no se sentará en un gobierno encabezado por Netanyahu, ni aunque se lo pida Trump, y Herzog respondió que eso solo subraya la necesidad de un gobierno amplio.
Netanyahu juega varias cartas a la vez, y la primera es judicial. Enfrenta desde 2020 un juicio por corrupción en tres causas, los casos 1000, 2000 y 4000, por soborno, fraude y abuso de confianza. El proceso está lejos de terminar: los propios jueces han señalado que, si se mantiene el cargo de soborno, no concluiría antes de marzo de 2028, y han sugerido a la fiscalía retirarlo por falta de viabilidad probatoria. En paralelo, Netanyahu pidió un indulto a Herzog en noviembre de 2025, después de una carta de Trump, pero en abril Herzog postergó la solicitud hasta agotar una negociación entre la defensa y la fiscalía, y la fiscal general aceptó dialogar, según EFE y Bloomberg.
La oposición, con Yair Lapid, rechaza un indulto sin admisión de culpa, y Bloomberg recordó que en 2022 Netanyahu rechazó un acuerdo que implicaba un delito menor y siete años fuera de la política. Como el indulto, el acuerdo judicial y la conveniencia de un gobierno amplio pasan por las manos de Herzog, es razonable pensar que podrían terminar discutiéndose en la misma mesa, aunque nadie lo haya planteado públicamente.
Perder el poder no significa que Netanyahu vaya automáticamente a prisión. Si deja de ser primer ministro, el juicio continuará su curso y una eventual condena firme que incluya el agravante de «deshonra moral» podría inhabilitarlo para ocupar cargos ministeriales durante varios años. Pero eso requiere una sentencia definitiva, no una derrota electoral. Lo que sí perdería es la capacidad de influir desde el Ejecutivo en el escenario político y judicial, además de la protección institucional que supone ocupar la jefatura de gobierno. Tampoco desaparecería la orden de captura emitida por la Corte Penal Internacional por las acciones en Gaza, que no depende de que conserve el cargo. Hablar del fin de la era Netanyahu puede ser razonable; anticipar su encarcelamiento es otra cosa. La política israelí da muchas vueltas y la justicia, todavía más.
La segunda carta es Irán, y allí el análisis cambia de escala. Según AP, Netanyahu presiona a Trump para lanzar una nueva ola de ataques contra Irán tras las elecciones, y un regreso a la guerra a gran escala podría ayudarlo a formar un gobierno de emergencia ahora que perdió la mayoría con sus aliados de extrema derecha.
La lógica es simple: en un país en guerra crece la presión por un gobierno de unidad y la coalición con apoyo árabe pierde prioridad, de modo que Netanyahu seguiría al mando durante la crisis y conservaría la plataforma para dilatar sus juicios. La guerra no lo salva de la justicia, pero le da un motivo poderoso para aferrarse al cargo. Axios informó que insistió en una llamada del fin de semana con Trump, que no se comprometió; Público la describió como una llamada franca.
El problema para Netanyahu es que necesita el sí de Trump y hasta ahora no lo tiene. Según el Financial Times, el ejército israelí había preparado una campaña de varios días para el fin de semana del 10 de octubre que Trump frenó, aunque Netanyahu desmintió ese informe. El lunes Trump respondió que no cuando le preguntaron si pensaba reanudar los bombardeos, y el día de los comicios dijo al mismo diario que no tenía un plan inmediato, que Estados Unidos parece obtener lo que quiere y que está cargado y preparado si hiciera falta, aunque quizá no haya motivo.
Las razones de esa cautela son concretas. Según el Financial Times, la gasolina alcanzó máximos históricos tras la decisión de entrar en guerra, un costo económico que puede trasladarse rápidamente al terreno electoral. A eso se suma que los demócratas recuperaron ambas cámaras del Congreso en las elecciones del 3 de noviembre. Con el control de los comités y de la agenda legislativa, podrán investigar los costos de una nueva operación, cuestionar sus fundamentos y utilizar el debate presupuestario para condicionarla. Trump no necesariamente abandonó la opción militar, pero ahora enfrenta un costo político mucho mayor para volver a utilizarla.
Israel tampoco puede actuar fácilmente solo. Netanyahu dijo que está dispuesto a golpear unilateralmente el programa nuclear iraní, pero la declaración tuvo un fuerte componente electoral, destinado a movilizar a la derecha dura.
Pero desde el punto de vista militar hay una realidad concreta; la fuerza aérea israelí puede realizar ataques de precisión y ensayó rutas por el espacio aéreo sirio e iraquí, pero instalaciones como Fordow y la llamada Montaña Pickaxe están tan profundas que solo las bombas GBU-57A/B MOP estadounidenses de unas 13,6 toneladas y los bombarderos estratégicos de Washington darían alguna posibilidad.
La mayoría de los expertos militares israelíes coinciden que una aventura sin apoyo internacional, sin fuerzas terrestres y sin estrategia de salida sería una “catástrofe estratégica”, y el propio Netanyahu admitió que no se puede cambiar el régimen solo desde el aire, sin explicar cómo sería el componente terrestre. Se suman las reservas del jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, y la advertencia de Eisenkot de que no respaldará una operación durante la transición salvo amenaza inminente.
Allí, Netanyahu depende de que Irán haga n movimiento que justifique un ataque, pero Teherán no parece dispuesto a darle esa carta ni a escalar una guerra con EEUU que dispare nuevamente sus proyectiles hacia Israel.
Trump, además, tiene su propio dilema. Si Israel actúa por su cuenta, no puede apoyarlo abiertamente, porque los demócratas lo investigarían y la opinión pública se opone, ni condenarlo sin enfrentar a los republicanos duros y al lobby proisraelí. Según analistas, lo más probable es que se distancie en público y se moleste en privado.
La relación entre ambos líderes atraviesa otro momento delicado: el martes Trump anunció en Fox News que Estados Unidos dejará de entregar a fin de año unos 4.000 millones de dólares anuales en ayuda militar porque Israel, dijo, no la necesita.
Aclaró que podrá seguir comprando armas estadounidenses y que la decisión se acordó con Netanyahu meses atrás, según Bloomberg, lo que matiza la lectura de un castigo. El memorando vigente prevé 3.800 millones al año hasta 2028. Aun así, un ataque unilateral ahora le daría motivos para acelerar o ampliar el recorte, y se informó que Netanyahu advirtió internamente que Israel debe prepararse para un enfriamiento con Washington. Un ataque aéreo de demostración es posible; resolver el problema nuclear iraní o cambiar el régimen por esa vía, no.
Ess postura tuvo otro estimulo. El vicepresidente J.D. Vance apoyó el recorte de la ayuda a Israel, respaldó públicamente la necesidad de modificar la relación bilateral y terminar el conflicto tras los resultados electorales. Vance argumentó que la política exterior estadounidense no debe someterse a Israel y señaló que gran parte del armamento defensivo es financiado por los contribuyentes de Estados Unidos.
Al ser consultado sobre las declaraciones de su vicepresidente, el presidente Donald Trump validó el mensaje declarando textualmente: “Creo que estuvo bien”. Agregó que no le tomaba por sorpresa porque conoce desde hace mucho tiempo cómo se siente Vance al respecto, de acuerdo con el diario Washington Post.
Hay además un cálculo de tiempos que favorece a Netanyahu. Según el Jerusalem Post, si Eisenkot hubiera ganado con claridad, habría podido empezar a formar gobierno antes de las elecciones estadounidenses y Netanyahu probablemente no habría tenido margen para ordenar un ataque.
Como el resultado fue ambiguo y los plazos corren durante semanas, le queda una ventana. Pero la premisa no cambia: Trump debe estar dispuesto, sus principales asesores se oponen en general a reanudar la guerra y no está claro que Irán conceda más tras ser atacado. Si la vía militar sigue bloqueada, a Netanyahu solo le quedan las maniobras internas.
Conviene mirar los otros frentes, porque condicionan la urgencia de una guerra y lo que cambiaría un nuevo gobierno. En Gaza, el alto el fuego de octubre de 2025 existe más en el papel que en el terreno: las autoridades gazatíes, controladas por Hamás, cuentan más de 1.600 palestinos muertos por ataques israelíes desde entonces, y la ONU advirtió ante el Consejo de Seguridad que los puntos centrales del acuerdo (desarme de Hamás, retirada israelí y fuerza internacional) siguen sin cumplirse y que el riesgo de volver a la guerra “nunca ha sido tan alto”.
En el Líbano, Israel invadió el sur en marzo tras el ingreso de Hezbolá a la guerra con Irán y hay negociaciones directas mediadas por Washington, pero Israel acaba de exigir a Beirut que despliegue su ejército en zonas de Hezbolá y advirtió, según el canal público Kan, que lanzará una nueva ofensiva si el grupo se suma a un conflicto con Irán; Maariv informó incluso de un plan para ocupar Tiro, Sidón y Nabatieh.
En Cisjordania, la ONU registró un récord de 377 ataques de colonos desde que empezó la cosecha de aceituna; esta semana colonos ocuparon viviendas en Jericó y las autoridades israelíes demolieron una comunidad beduina en la zona de E1, el proyecto que podría dividir el territorio. Todo esto alimenta el argumento de una emergencia permanente, justo lo que Netanyahu necesita para sostener que no es momento de cambiar de gobierno.
Pero sería un error leer a Eisenkot como un cambio de rumbo total. Tanto él como Netanyahu rechazan un Estado palestino y quieren que Israel conserve el control de seguridad entre el río Jordán y el Mediterráneo, según RDN. Las diferencias están en otros puntos: Eisenkot propone investigar los errores que precedieron al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, cuestiona la reforma judicial del actual gobierno, quiere que los ultraortodoxos hagan el servicio militar, rechaza los asentamientos sin autorización y la violencia de los colonos, y cuestiona el plan en E1. Esa agenda explica por qué los partidos árabes lo respaldan sin entusiasmo y por qué su eventual gobierno dependería de una alianza incómoda.
Estos conflictos juegan a favor de Netanyahu porque le permiten sostener que Israel atraviesa una emergencia permanente. Una nueva escalada con Hezbolá, la reanudación de la guerra en Gaza o un ataque iraní podrían convertir la formación de gobierno en una cuestión de seguridad nacional y hacer más aceptable la idea de un gabinete de unidad que lo incluya. Incluso pondrían a prueba la posición de Eisenkot, que se niega a respaldar una operación militar durante la transición salvo que exista una amenaza inminente.
Pero esos mismos frentes representan un problema para Eisenkot. Su eventual mayoría depende del apoyo de partidos árabes que cuestionan la política israelí en los territorios palestinos, denuncian la discriminación y responsabilizan a Netanyahu y a Ben Gvir por alimentar la violencia de los colonos. Eisenkot comparte con Netanyahu el rechazo a un Estado palestino, lo que limita el margen de concesiones que puede ofrecer. Por eso, la creación de una comisión estatal que investigue los errores del 7 de octubre aparece como uno de los primeros terrenos posibles de acuerdo con las fuerzas árabes.
Esa distancia limita cuánto puede ofrecer a cambio de un apoyo desde afuera, y por eso la comisión que investigaría el 7 de octubre aparece, según AsiaNews, como el primer terreno posible de acuerdo con las listas árabes.
Hay otro factor que corre en paralelo al mandato: el control de la Knéset. La nueva legislatura jura el 10 de noviembre y el bloque de Eisenkot, con los partidos árabes, planea reemplazar en la primera sesión al presidente del Parlamento, Amir Ohana, del Likud, según Ynet y Times of Israel, para manejar la agenda legislativa antes de que exista gobierno; Ynet agrega que el Likud trabaja para impedir que reúnan la mayoría necesaria, y Enlace Judío menciona a Lapid como posible candidato.
Reemplazar a Ohana daría influencia sobre la agenda, pero no garantiza por sí solo los votos para aprobar leyes. El mismo bloque planea comisiones especiales para avanzar una comisión estatal de investigación sobre el 7 de octubre sin esperar un voto de gobierno, según Ynet, un punto que Eisenkot anunció como prioridad, según EFE.
Para Netanyahu esa comisión es una amenaza distinta del juicio, porque examinaría su responsabilidad política por el ataque, y eso le da otro motivo para resistir. A la vez, muestra que la oposición puede usar su mayoría parlamentaria, con apoyo árabe, aun sin gobierno formado, lo que reduce el valor de dilatar los plazos.
Mientras tanto, Netanyahu usa todos los recursos políticos a su alcance. Su campo acusa a los partidos árabes de “robar las elecciones” para deslegitimar de antemano a un gobierno apoyado por ellos, apuesta a las divisiones del bloque rival, como la de Liberman, y, según Ynet, busca desertores en la oposición. También intenta ganar tiempo para desgastar a Eisenkot durante los 28 días de negociación.
Pero su margen es estrecho. Netanyahu no puede reunir por sí mismo los 61 escaños necesarios y, aunque Eisenkot fracase, eso no significa que el poder vuelva automáticamente a sus manos. Herzog podría encargar la formación de gobierno a otro diputado y, si las negociaciones también fracasan, el Parlamento terminaría disuelto y habría nuevas elecciones. Su propio bloque está debilitado por la abstención de Judaísmo Unido de la Torá, mientras que un intento demasiado evidente de sabotear a su rival podría terminar perjudicando al Likud en las urnas. Por eso, su estrategia más realista no parece ser derribar la negociación a cualquier precio, sino ganar tiempo, explotar las divisiones de sus adversarios y mantener abierta la posibilidad de un gobierno de unidad que le permita seguir en el poder.
Un ataque directo de Teherán, o una escalada de Hezbolá en el Líbano o de otros actores en Gaza o Cisjordania, convertiría la formación de gobierno en un asunto de seguridad nacional y volvería defendible un gabinete de emergencia que lo incluya. Netanyahu puede extender la mano, por ejemplo, intensificando operaciones en el Líbano, donde Israel ya amenazó con una nueva ofensiva, pero que alguien la tome no depende de él.
Todas las señales indican que Teherán no tiene apuro por aceptar esa invitación. Según un analista citado por AP, Qatar trabaja, con respaldo regional, en una salida diplomática, mientras Iran International señala que en Irán hay sectores que siguen de cerca la supervivencia política de Netanyahu. Para Teherán, entrar en una nueva escalada podría terminar resolviendo un problema que hoy enfrenta su adversario.
Netanyahu es, así, alguien que quiere bailar un tango, y el tango se baila de a dos. En el plano interno no encuentra pareja: Eisenkot repite que no gobernará con él, los ultraortodoxos de Judaísmo Unido de la Torá se abstuvieron y ni siquiera las diferencias del campo opositor le han abierto un socio, porque Liberman, pese a sus reparos, recomendó a Eisenkot. En Washington, Trump responde con reticencia a un baile que le saldría caro después de perder el Congreso. Y en Teherán, el único compañero que podría darle la guerra que necesita todavía no acepta la invitación. Netanyahu conserva cartas para prolongar la partida, pero no encuentra quién juegue la que podría salvarlo. Su última batalla sigue pendiente y, esta vez, no depende solamente de él.
