Marisela Betancourt | La tercera mutación: Cómo el chavismo se adapta al tablero de Trump
El escenario político en Venezuela ha dado un giro drástico que confirma lo que veníamos advirtiendo en este y otros espacios: la ausencia de una infraestructura política sólida y un frente nacional unido nos ha dejado vulnerables ante un quiebre de la élite dominante que hoy se resuelve entre potencias extranjeras y facciones internas del chavismo, dejando a los sectores democráticos y al pueblo venezolano en la periferia.
Crónica de una exclusión anunciada
Durante meses distintos sectores del país han señalado el peligro de no construir una base política interna capaz de gestionar una transición, no solo a nivel de liderazgos y sobre los restos que quedan de los partidos partidos, sino de la necesaria penetración -a partir de incentivos- que debía hacerse a la hegemonía gobernante y hoy, esa carencia es evidente. Lo que vivimos a partir del 3 de enero es un quiebre interno de la dictadura donde una fracción ha entregado a la otra ante una potencia extranjera para garantizar su propia supervivencia.
En este nuevo tablero, las fuerzas democráticas y liderazgos visibles como el de María Corina Machado han sido desplazados. Se cometió el gran error de creer que la legitimidad que otorgan los votos eran suficientes frente a la política real, que no era necesario acercarse a todos los sectores de la oposición, incluyendo aquellos que se enajenaron a la estabilidad autoritaria. Se cometió el error de pensar que los votos y un "salvador externo" eran suficientes; hoy, la realidad nos muestra que sin control político sobre la transición, sin fuerza nacional para enfrentar cualquier poder, Venezuela queda a merced de intereses ajenos. Un país abatido, golpeado en todos sus flancos posibles y una sociedad aterrorizada es la que hoy tiene que erigirse no sólo frente a la dictadura, sino frente a los nuevos aliados de la dictadura.
El regreso del Monroismo y la ocupación
Venezuela, cuna de la segunda ola progresista, es ahora el escenario del renacimiento del monroismo. Una historia que hubiésemos preferido no escribir. Han sido 26 años de un pretendido faro moral antiimperialista y millones de víctimas que, a partir del 3 de enero nos conduce exclusivamente a comienzos del siglo XX, al más primitivo gomecismo. He arado en el mar y he sembrado en el viento, concluiría de nuevo el Libertador si hubiese estado vivo y enlistado en las filas del PSUV.
La intervención de EE. UU. debe leerse exclusivamente bajo el crisol del realismo político. A la administración estadounidense no le importa el actor, sino por un lado la entrega de poder económico y estabilidad social en el país; por el otro, el relato necesario para concluir con éxito un ciclo narrativo de su política doméstica sobre la captura y el freno de invasores que están dañando EEUU y, por último, la demostración de fuerza frente al reparto territorial del mundo en esta era de la debacle del sistema internacional de garantías post IIGM.
Venezuela vive hoy una ocupación exitosa: sin bajas masivas ni botas en el terreno, una ocupación cuya majestuosidad milimétrica probablemente no hubiese sido posible sin la capitulación y la colaboración de las FANB. Este nuevo escenario conduce a solo dos salidas: una nueva metamorfosis del chavismo o una transición ordenada bajo tutela externa.
La fragilidad del Derecho Internacional
Resulta contradictorio el repentino "estupor" por la ruptura del derecho internacional en Venezuela como si de alguna manera este representase un hito. El orden jurídico internacional no se derrumbó en Caracas, lleva décadas erosionándose ante el realismo político y la reconfiguración del sistema de garantías de la posguerra. En efecto, el derecho internacional fue violentado con el bombardeo en Caracas, pero también fue resquebrajado en Caracas con las torturas documentadas por la ONU. Muchos defensores hoy del derecho internacional de las naciones omitieron la defensa del derecho internacional de los derechos humanos durante los últimos 15 años. En nuestro siglo, y desde hace setenta y ocho años, la soberanía de los Estados dejó de ser absoluta para priorizar la dignidad humana.
El derrocamiento de todo
El derrocamiento de Nicolas Maduro trajo consigo el derrocamiento de muchas estructuras mentales que fueron guiando nuestro equivoco horizonte durante los últimos años. El primer colapso fue para los puristas de la paz, quienes aseguraban que una intervención de cualquier naturaleza de EEUU en Venezuela sería seguida por el desbordamiento de la violencia, citando como ejemplos a Irak y Afganistán. Sin embargo, la realidad fue distinta: una acción de fuerza militar logró fracturar una estructura de poder que permanecía petrificada desde hacía quince años, todo ello sin secuelas violentas ni desestabilización del país. El segundo derrumbe fue para la tesis maximalista de la anti negociación, a fin de cuentas, el derrocamiento de Maduro fue producto de una negociación con facciones de poder de la dictadura, acompañado de una acción militar. Esta negociación ha sido ampliamente reportada por distintos medios sobre cómo Jorge y Delcy Rodríguez habían presentado al menos dos propuestas formales a la administración de Donald Trump, con la mediación de Qatar, para convencer a Washington de que un «madurismo sin Maduro» permitiría una salida negociada y ordenada. Finalmente, cayó el mito de la preeminencia de María Corina Machado en la política exterior estadounidense. Los eventos dejaron en evidencia la disonancia entre las decisiones estratégicas de Washington y la capacidad de influencia real de su entorno en la Casa Blanca.
Escenarios
- Tras haber sacrificado la figura de Maduro en favor de su propia supervivencia, el chavismo enfrenta una encrucijada crítica: ejecutar con éxito una segunda metamorfosis bajo un contexto de tutelaje y ya no solo amenaza externa. El chavismo ha demostrado una capacidad excepcional de adaptabilidad y desdoblamiento político.
En este escenario, se ve obligado a ejecutar reformas de mercado para estabilizar el sistema, entendiendo que la recuperación mínima es percibida como un cambio abismal por una población precarizada. Esta apertura busca capitalizar la prioridad inmediata de la población para ganar tiempo político; bajo esta lógica, la estabilidad económica tendería a consolidar la dinámica autoritaria. Para ello, el sistema requiere un nuevo encuadre ideológico, o no necesariamente nuevo, sino una profundización del modelo de liberalización previamente trazado por Tareck El Aissami. En este contexto se refuerza así la hipótesis del economista Omar Zambrano, quien plantea que las sanciones externas actuaron como el catalizador de esta transformación sistémica hace ya más de cinco años.
Otro elemento de la nueva metamorfosis será una flexibilización táctica de la represión, en el sentido de una sustitución de la represión abierta por mecanismos de control más sofisticados que reduzcan el costo político internacional. Y por último, la depuración de la estructura político-militar. La purga interna bajo la lógica de sobrevivencia, a partir del quiebre del 3E no ha terminado aún. Tras hitos como la salida de figuras clave como Alex Saab, se espera una reconfiguración de las lealtades militares para eliminar focos de disidencia que amenacen la estabilidad del nuevo esquema de poder
- Luego de la operación militar del 3E, la política de EEUU hacia Venezuela entra en una fase de gestión del trofeo y adaptación narrativa. Por una parte Trump proyecta la idea de que Venezuela ha "cambiado" gracias a su intervención y por otra, el gobierno interino se percibe como una estructura tutelada que opera bajo sus instrucciones directas. La administración Trump se ha caracterizado por la construcción de discursos divorciados de la realidad, como en el caso de la interdicción de drogas en el Caribe o las proyecciones turísticas e inmobiliarias sobre la franja de Gaza, en este sentido, es perfectamente verosímil que Washington comience a vender una normalización de Venezuela para cerrar el expediente y enfocarse en su agenda interna.
Tras el trofeo venezolano, la prioridad de la Casa Blanca se desplazará hacia la política doméstica: las elecciones de medio término (midterms) y la consolidación de las candidaturas republicanas, reduciendo la crisis venezolana a una herramienta comunicacional de consumo interno.
- La oposición venezolana se halla en una encrucijada estratégica determinada por la colisión de intereses entre su agenda de democratización y el pragmatismo de Washington. Sus desafíos se estructuran en dos ejes, por una parte la dirigencia opositora debe operar bajo un tutelaje estadounidense que prioriza las necesidades volátiles de la administración Trump. Para la Casa Blanca, la prioridad es una estabilidad funcional, social y política. La oposición enfrenta así el riesgo de quedar atrapada entre la aceptación de una estabilidad que reproduce la dinámica autoritaria o la apuesta por quebrar esa paz a través de la movilización y la presión social. Solo una ruptura de la estabilidad autoritaria y una presión interna movilizada obligarían a EE. UU. a replantearse la urgencia táctica de invocar un proceso real de transición de mando, en lugar de conformarse con el statu quo.
El mayor desafío operativo será transitar la mutación del chavismo sin profundizar su propio desdibujamiento político. Esto requiere la construcción de una fuerza en clave nacionalista que evite la percepción de ser un mero apéndice de Washington. Es urgente consolidar un bloque con legitimidad propia y demostración de fuerza, para establecer demandas frente a los dos poderes que hoy controlan el devenir del país, capitalizando simultáneamente las fisuras derivadas de la depuración interna del aparato gubernamental.
