Luz Neira Parra | Venezuela: anatomía de un "régimen" depredador y las claves reales de una transición
Lo que ocurre hoy en Venezuela no puede seguir analizándose como el problema de un solo hombre ni como una desviación autoritaria coyuntural. El error persistente —analítico y político— ha sido personalizar el mal en Nicolás Maduro y, con ello, minimizar la naturaleza real del poder que gobierna al país. Venezuela no está bajo el dominio de un dictador aislado, sino de una estructura de poder organizada, cohesionada y funcional, que opera como un régimen depredador con vocación de permanencia.
Maduro es el rostro visible, pero el poder se sostiene en un núcleo duro: Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino López, Jorge Rodríguez, junto a una red militar, judicial, policial, económica y comunicacional que no actúa por obediencia, sino por corresponsabilidad. No son piezas intercambiables; son socios del sistema. Pensar una transición democrática sin comprender esta arquitectura es condenarla, una vez más, al fracaso.
La dictadura del espolio
Todas las dictaduras violan derechos humanos. Pero el caso venezolano añade un elemento particularmente grave: el saqueo sistemático del país. No se trata solo de represión política; se trata de la conversión del Estado en botín.
Venezuela pasó de producir más de 3,5 millones de barriles diarios de petróleo a menos de un millón. No por sanciones —que llegaron después—, sino por corrupción estructural, militarización de la economía y destrucción institucional. Pvsa no fue asfixiada desde afuera: fue desmantelada desde adentro.
Este régimen no es una dictadura ideológica clásica. Es una cleptocracia armada, donde la economía dejó de servir a la nación y pasó a servir a una élite. El resultado es un país empobrecido por diseño, no por fatalidad.
El sufrimiento como mecanismo de control
El éxodo de más de ocho millones de venezolanos en menos de una década no es un accidente histórico. Es una válvula de escape funcional al régimen: reduce presión interna, fragmenta a la oposición y exporta el conflicto. Quienes se quedaron enfrentan salarios simbólicos, colapso de servicios, pobreza extrema y dependencia asistencial.
El hambre y la precariedad no son errores de gestión; son instrumentos de dominación. A esto se suma la existencia de presos políticos, la criminalización de la disidencia, la tortura y el miedo como pedagogía social. El mensaje es inequívoco: disentir tiene costo.
El diálogo como simulación
Los múltiples procesos de diálogo no fracasaron por ingenuidad opositora, sino porque el régimen nunca negoció de buena fe. El diálogo fue una táctica de supervivencia: ganar tiempo, dividir adversarios, aliviar presión internacional y luego incumplir.
Las elecciones de 2024 lo confirman. Se permitió competir para simular legitimidad y, cuando el resultado amenazó el poder, se burló la voluntad popular sin pudor. El mensaje fue claro: no entregarán el poder por vías electorales si eso implica perder control e impunidad.
El factor cubano: tutela y método
Aquí aparece un elemento clave, a menudo subestimado: la intermediación cubana. Sin hablar de invasión en términos clásicos, es imposible entender la longevidad del régimen venezolano sin reconocer la influencia estructural de Cuba.
La Habana no es un aliado más. Es el arquitecto silencioso del modelo de control. Aportó inteligencia, contrainteligencia, métodos de vigilancia social, control institucional y doctrina de supervivencia autoritaria. No llegó como asesor externo, sino como socio estratégico del poder.
La relación es asimétrica: Cuba no depende de Maduro; Maduro sí depende del know-how cubano para sostenerse. De allí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hasta qué punto el poder en Caracas es plenamente autónomo o está condicionado por esa tutela?
Cuba no aporta recursos; aporta método. Y ese método ha sido decisivo para mantener una dictadura empobrecida, pero estable.
Otros actores: Irán, China, Rusia
Irán actúa como enclave funcional: cooperación tecnológica, drones, intercambio comercial simbólico. No dirige el control interno; cumple un rol instrumental.
China y Rusia, por su parte, ofrecen respaldo geopolítico, financiamiento y protección diplomática. Son protectores externos, no administradores del régimen. Su influencia es importante, pero no orgánica.
Estados Unidos y los límites del poder externo
La presencia militar estadounidense en el Caribe no es decorativa, pero tampoco preludia una invasión. Es disuasión estratégica. No habrá un Panamá venezolano, pero tampoco una indiferencia absoluta.
Estados Unidos no hará la transición por Venezuela. Puede, eso sí, condicionar sus márgenes, aumentar costos y evitar consolidaciones peligrosas. La salida no vendrá de afuera, pero el entorno internacional importa.
Liderazgo y verdad
En este contexto emerge el liderazgo de María Corina Machado, no como figura mesiánica, sino como expresión de una verdad largamente postergada: esto no es un gobierno reformable, sino un régimen criminal.
La transición —si llega— no será rápida ni limpia. Será producto de presión interna sostenida, fracturas dentro del poder y un liderazgo que se niegue a seguir llamando diálogo a la simulación.
La primera condición para el cambio es dejar de mentirnos. Venezuela no enfrenta solo a Maduro, sino a una estructura depredadora con apoyos internos y externos. Nombrarlo no es radicalismo: es realismo político.
Sin esa claridad, toda salida será ficticia. Con ella, al menos, comienza el camino hacia una democracia posible.
