El diario plural del Zulia

Luz Neira Parra | ¿Qué está pasando en Estados Unidos?

Hay momentos en que una sociedad comienza a acostumbrarse al miedo y, cuando eso ocurre, algo esencial empieza a quebrarse.

No hace falta que todos estén en peligro. Basta con que muchos sientan que podrían estarlo.

Eso es lo que comienza a percibirse en Estados Unidos entre comunidades inmigrantes, particularmente en aquellos estados donde las operaciones migratorias se han intensificado. Las imágenes de agentes de ICE todos vestidos de negro, con capuchas, enmascarados, para infundir miedo ( y lo logran). En  vehículos oficiales, las detenciones y redadas ya no pertenecen únicamente a los noticieros. Forman parte de las conversaciones cotidianas, de los grupos de WhatsApp, de las advertencias entre vecinos y hasta de las recomendaciones sobre qué hacer si un agente migratorio toca la puerta.

En Texas, la preocupación tiene una dimensión particular. Es un estado con una enorme población inmigrante y con una política migratoria que se ha convertido en uno de los asuntos centrales del debate nacional.

Pero hay una diferencia importante entre hacer cumplir la ley y crear un ambiente de zozobra e incertidumbre  en el que una comunidad entera comienza a sentirse bajo sospecha.

Y para los venezolanos existe, además, una paradoja difícil de ignorar.

Hace apenas unos meses, el presidente Trump llegó a El Arepazo, en el  Doral. Entró al restaurante, comió comida venezolana y se llevó arepas para el Air Force One. La escena tenía un enorme valor simbólico: el presidente de Estados Unidos en uno de los lugares emblemáticos de la comunidad venezolana en Florida, la gente lo aplaudió y estaban muy felices.

El Arepazo no es simplemente un restaurante. Es un símbolo de Doral, una ciudad que se convirtió en uno de los corazones de la comunidad venezolana en Estados Unidos.

Hoy esa misma comunidad vive con temor ante la intensificación de las operaciones migratorias que diariamente alcanzan a migrantes venezolanos.

Ese  mismo Doral que recibió al presidente hoy ya no está feliz,  esta aterrado! Hoy viven la pesadilla de las redadas y  persecuciones todos los días, bajo  un clima de temor que afecta a familias, trabajadores y comerciantes. Los  Negocios sienten el impacto de la ausencia de clientes. Están cerrando. Ahora las  familias se preguntan qué puede ocurrirles si son detenidas? Y si salen corriendo huyendo de " la migra" es posible que les golpeen y también le disparen?

Muchos venezolanos que viven en ese mismo Doral y en otras ciudades de este gran país se preguntan si pueden caminar, trabajar o simplemente salir de sus casas.

Ciertamente todos  sentimos  miedo. Pero para otros, el miedo se ha convertido en terror y la respuesta es encerrarse en casa.
Cuando el miedo comienza a gobernar la vida cotidiana, la sociedad entra en un terreno peligroso. Y lo ocurrido en Texas lleva esa sensación a un nivel mucho más grave.

El 20 de septiembre, Wilber Garcés, un venezolano de 28 años  fue baleado por un agente enmascarado  de ICE de quien se desconoce su identidad, en Austin  durante una operación migratoria. La bala permaneció alojada en su espalda durante once días( no lo llevaron al hospital) por fin  fue sometido a una cirugía para retirársela, después de llevarlo  primero dos  veces ante la  Corte. El pobre muchacho no podía ni caminar, ni hablar del dolor ! Que tratamiento tan inhumano!

EL ICE sostiene que Garcés Pérez intentó escapar de una detención y que, durante la persecución, el espejo lateral de su vehículo golpeó a un agente. Y entonces  otro agente  enmascarado le disparó. La defensa sostiene una versión diferente y afirma que fueron los agentes  quienes golpearon primero su vehículo. Lo que sí se sabe es que el agente que efectuó el disparo no llevaba cámara corporal ( QUE CONVENIENTE)

Y entonces aparece la gran pregunta que no podemos esquivar: si una persona está huyendo, ¿la respuesta tiene que ser necesariamente una bala?

Si no está armada, si no existe evidencia de que esté utilizando un arma, ¿no existen otros mecanismos para detenerla?
Perseguirla, si la ley lo permite. Detenerla. Procesarla.

Pero ¿dispararle? En qué  país estamos?    que tolera, apoya y defiende estos hechos ?

¿Qué tipo de sociedad tenemos cuando la respuesta ante una persona que huye de una detención puede terminar en un disparo? ¿Y dónde están las instituciones democráticas encargadas de garantizar que el uso de la fuerza sea proporcional y que los derechos humanos sean respetados? Todo esto es demasiado terrible en un gobierno que esta dispuesto a disparar y luego averiguar .
Las respuestas deberán surgir de una investigación y de los tribunales. Pero las preguntas son legítimas, especialmente cuando el propio episodio está rodeado de versiones contrapuestas y cuando el agente que disparó no llevaba cámara corporal.

Porque una cosa es perseguir a una persona que ha cometido un delito y otra muy distinta es que la condición migratoria termine convirtiéndose, de hecho, en una circunstancia que normalice el uso de la fuerza.

Aquí aparece otro asunto particularmente delicado para los venezolanos: el llamado Tren de Aragua.

Que existan venezolanos integrantes de organizaciones criminales es una realidad. Que las autoridades persigan a esas organizaciones también es legítimo.

Pero una nacionalidad no puede convertirse en una categoría criminal.

Un delincuente tiene nombre y apellido. Una organización criminal tiene integrantes, estructura y delitos concretos. Una nacionalidad no es una organización criminal.

Parece una distinción elemental. Pero en tiempos de miedo las distinciones elementales comienzan a desaparecer.
Y el lenguaje también importa.

Cuando la palabra “venezolano” empieza a asociarse automáticamente con delincuencia, la consecuencia no la sufren únicamente quienes tienen antecedentes o están siendo investigados. La sufren también quienes trabajan, estudian, tienen familias, pagan impuestos, poseen permisos migratorios, esperan una decisión de asilo o simplemente intentan reconstruir su vida después de haber huido de un país devastado por una cruel dictadura.

Estados Unidos tiene derecho a controlar sus fronteras y a hacer cumplir sus leyes migratorias. Eso no está en discusión.
Lo que sí merece discusión es cómo se ejercen esas facultades.

Porque seguridad e inmigración no deberían ser conceptos enemigos.

Y detrás de cada estadística migratoria, hay una persona, unos hijos,  una pareja, una madre, una  familia.
Y detrás de cada caso  hay una historia que debe ser escuchada y respetada porque se trata de la vida y de  los sueños de esas personas.

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