El diario plural del Zulia

Luz Neira Parra | María Corina Machado cambió el tablero

Hay acontecimientos que, por su dimensión simbólica, terminan revelando mucho más de lo que sus protagonistas habían previsto. El regreso de María Corina Machado a Venezuela, después de casi diez meses fuera del país, pertenece a esa categoría. No fue solo la vuelta de una dirigente política. Fue una demostración pública de que el poder puede controlar instituciones, administrar restricciones y condicionar la actividad política, pero no  dominar las expectativas de una sociedad que sigue buscando una salida democrática.

El domingo 25 de octubre, Machado reapareció en Barquisimeto, visitó el santuario de la Divina Pastora y emprendió un recorrido hacia Caracas que se prolongó durante once horas. A lo largo de la ruta, miles de venezolanos salieron a recibirla. La escena tuvo una dimensión política que trasciende la emoción del reencuentro: una dirigente que permaneció fuera del país durante meses, después de denunciar reiterados obstáculos para regresar, volvió a encontrarse con una parte de la ciudadanía que no parece dispuesta a aceptar que su futuro se decida en las oficinas del poder.

La reacción del gobierno chavista fue tan reveladora como el propio acontecimiento. Delcy Rodríguez calificó el regreso de «show» y cuestionó que Machado no hubiera entrado por un aeropuerto, mientras Diosdado Cabello negó que en el pais  se persiga a nadie. Resulta difícil conciliar semejantes mentiras frente a presos políticos encarcelados, a las denuncias de torturas y las restricciones a las libertades públicas. El último balance de la ONG Foro Penal

 contaba 322 presos políticos verificados  al 5 de octubre. ¿Pretenden reducir a un espectáculo el regreso de MCM después que tuvo 7 reiterados intentos frustrados de retorno? La descalificación no resuelve las contradicciones: las hace más visibles.

Desde Washington, Marco Rubio ofreció otra lectura. Atribuyó el regreso de Machado a las conversaciones de reconciliación respaldadas por Estados Unidos y defendió ese proceso como una oportunidad para alcanzar elecciones libres y una democracia duradera. El secretario de Estado confirmó, además, que Washington había solicitado a las autoridades venezolanas que permitieran el retorno de Machado. La declaración revela un dato esencial y contradictorio:el regreso se produjo en medio de una negociación internacional que puede contribuir a modificar las condiciones políticas de Venezuela .Pero también plantea una interrogante: ¿puede construirse una transición democrática sostenible sin incorporar plenamente a quien conserva una capacidad de convocatoria tan significativa?

Aquí está el verdadero cambio del tablero. Machado llegó y alteró los cálculos de los actores políticos. Su presencia obliga al gobierno transitorio a enfrentar una realidad que preferiría administrar a distancia: la existencia de un liderazgo opositor con gran respaldo ciudadano, y una agenda concreta para disputar la conducción de la transición. Ya no se trata únicamente de negociar entre representantes políticos bajo mediación internacional. Se trata de determinar quién establece las condiciones, los tiempos y los objetivos del cambio.

Machado ha sido explícita. Exige la liberación de todos los presos políticos, civiles y militares; el desmantelamiento de los centros de tortura y de los organismos represivos; garantías para que los medios de comunicación informen libremente, sin censura ni amenazas; y un cronograma electoral que permita devolver a los ciudadanos la decisión sobre su futuro. A ello suma la designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral y la renovación del Tribunal Supremo de Justicia.

La propuesta tiene una implicación política decisiva. Establecer un cronograma electoral significa pasar de las declaraciones generales sobre una eventual transición a compromisos concretos, susceptibles de evaluación pública. Nombrar un nuevo CNE  supone discutir quién garantiza la transparencia de los comicios. Liberar a los presos políticos y desmontar los mecanismos de represión implica un cambio efectivo de las reglas del poder.

Por eso, la pregunta ya no es solamente por qué regresó Machado, sino qué hará el poder frente a sus exigencias.

¿Aceptará una negociación que conduzca a elecciones auténticas o intentará ganar tiempo mientras conserva intactos los mecanismos de control? ¿Está Washington dispuesto a utilizar su influencia para garantizar resultados verificables o privilegiará la estabilidad inmediata sobre la democratización? Y la oposición, ¿conseguirá convertir la movilización ciudadana en una estrategia política capaz de sostener la presión y articular un acuerdo nacional?

El entusiasmo popular no debe confundirse con una victoria consumada. La recepción multitudinaria demuestra capacidad de convocatoria, pero la transición exige organización, garantías institucionales y decisiones que modifiquen las condiciones reales del ejercicio político. Machado tiene ahora la oportunidad y la responsabilidad de transformar el respaldo recibido en una hoja de ruta que no dependa exclusivamente de su liderazgo personal.
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