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Luz Neira Parra | La tierra no está quieta: 50 años de terremotos en América Latina

El terremoto que sacudió Colombia el 10 de agosto, de magnitud 7,4, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que muchos se hacen cada vez que la tierra tiembla: ¿estamos viviendo una etapa de mayor actividad sísmica en América Latina?

La pregunta es legítima y muy pertinente. En 2026 Venezuela sufrió dos terremotos de gran magnitud, de 7,2 y 7,5, separados por apenas segundos. Ahora Colombia registra un 7,4. Y estos episodios se suman a una larga cadena de terremotos ocurridos durante las últimas décadas en México, Ecuador, Perú y Chile.

Pero una mirada de 50 años permite introducir una conclusión menos alarmista y, al mismo tiempo, más interesante: la tierra nunca ha estado quieta en esta parte del mundo.

Si revisamos desde 1976 los grandes terremotos de México, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile, encontramos una sucesión permanente de eventos de magnitud 6,5, 7 y hasta 8 o más.
México tuvo el devastador terremoto de 1985 y posteriormente grandes eventos en 1995, 2017 y 2020, entre otros. Ecuador registró terremotos importantes en 1987, 1998 y el poderoso 7,8 de 2016. Perú tuvo el terremoto de 8,4 de 2001 y otros grandes movimientos en años posteriores.

Pero ningún país resulta tan impresionante como Chile. Allí encontramos terremotos de 7 y 8 durante todo el período y, particularmente, una extraordinaria concentración entre 2010 y 2015: el terremoto de Maule, de 8,8, en 2010; Iquique, de 8,2, en 2014; y Illapel, de 8,3, en 2015.

Venezuela presenta una frecuencia mucho menor, pero tampoco está fuera del mapa sísmico. El terremoto de Cariaco de 1997 alcanzó aproximadamente 6,9; en 2018 ocurrió un terremoto de 7,3 y en junio de 2026 se produjo el excepcional episodio de dos grandes terremotos consecutivos, de 7,2 y 7,5. El USGS estimó que estos movimientos podían producir una cantidad significativa de deslizamientos en el norte del país.
Colombia, por su parte, tiene una historia sísmica igualmente extensa.

Grandes terremotos registrados en décadas anteriores precedieron al 7,4 del 10 de agosto de 2026 de Colombia. El nuevo terremoto provocó daños graves y puso en marcha operaciones de búsqueda y rescate en varias zonas del país.
¿Significa esto que América Latina está entrando ahora en una nueva etapa sísmica?

La evidencia científica disponible no permite afirmar que los terremotos fuertes estén aumentando de manera sostenida. Existe, además, un factor que puede engañar nuestra percepción: hoy conocemos inmediatamente cada terremoto. Tenemos redes sísmicas más sofisticadas, satélites, teléfonos inteligentes, televisión permanente y redes sociales. Un terremoto que hace cuarenta años podía tardar horas en convertirse en noticia hoy aparece en nuestras pantallas prácticamente en segundos.
Por eso, quizás la verdadera historia no sea que la tierra esté temblando más, sino que nosotros estamos escuchándola más.

América del Sur es una de las regiones sísmicamente más activas del planeta y los estudios del USGS han desarrollado modelos de amenaza y riesgo para ayudar a los gobiernos, ingenieros y organismos de emergencia a reducir las pérdidas.

Los terremotos no se trasladan ordenadamente de un país a otro como una ola.
Pero cuando observamos medio siglo completo aparece un patrón innegable: la actividad sísmica nunca desaparece.

Cambia el lugar, cambia la magnitud, cambia la frecuencia y cambia nuestra percepción.

La tierra continúa haciendo lo que ha hecho durante millones de años: moverse.

Y aquí aparece nuestra verdadera vulnerabilidad. América Latina sabe que tiembla. México lo sabe. Chile lo sabe. Colombia lo sabe. Venezuela también debería saberlo. La diferencia no está solamente en la magnitud del terremoto, sino en la capacidad de una sociedad para anticiparse, responder y reconstruir. Chile, después de décadas de terremotos devastadores, ha desarrollado normas de construcción y políticas de diseño sísmico que han permitido mejorar la resistencia de sus edificaciones; la experiencia chilena de 2010 es estudiada precisamente por las lecciones que dejó en materia de códigos y construcción.

Venezuela, en cambio, quedó brutalmente expuesta el 24 de junio 2026. Lo más grave no es que Venezuela sea un país sísmico: eso no es una sorpresa. Lo grave es que, sabiéndolo, haya llegado a un terremoto de esta magnitud con una capacidad de preparación y respuesta tan vulnerable. La emergencia reveló hospitales afectados, comunidades con enormes necesidades y una capacidad institucional limitada para responder a una catástrofe de grandes proporciones. Análisis humanitarios posteriores señalaron precisamente las fallas institucionales, la limitada preparación ante emergencias y la débil coordinación humanitaria como factores que agravaron las consecuencias del desastre.

Y esa es quizá la lección más dolorosa de estos 50 años de terremotos: un país no puede alegar sorpresa ante un fenómeno que su propia geografía le anuncia desde siempre. No basta con reaccionar cuando el edificio se derrumba. Hay que preparar hospitales, revisar estructuras, hacer cumplir normas de construcción, educar a la población, realizar simulacros, garantizar comunicaciones de emergencia y mantener equipos de rescate operativos. El terremoto es inevitable; buena parte de sus consecuencias no lo son.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuándo volverá a temblar.

Sabemos que volverá a temblar.

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Estaremos preparados cuando ocurra?

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