Luz Neira Parra | El descaro como doctrina
Hubo un tiempo —lejano, casi arqueológico— en que los gobiernos intentaban al menos sostener sus mentiras durante cierto tiempo. Había una mínima cortesía con la lógica. Una especie de respeto básico por la memoria de la gente. El chavismo ya superó esa etapa evolutiva.
Ahora la mentira no necesita coherencia. Solo necesita micrófonos.
El caso de Alex Saab es probablemente una de las piezas más extraordinarias de cinismo político producidas por el régimen venezolano en los últimos años. Y eso ya es mucho decir en un país donde la realidad suele parecer escrita por un comité de propaganda soviética después de tres botellas de ron.
Durante años, Alex Saab fue presentado como un héroe nacional. No un empresario cualquiera. No un simple aliado económico. No. Era casi una mezcla entre diplomático, mártir revolucionario y patriota perseguido por el imperialismo.
Cuando fue detenido en Cabo Verde, el aparato propagandístico chavista habló de “secuestro”. Nicolás Maduro exigió su liberación como si estuvieran reteniendo a un prócer de la independencia. Diosdado Cabello lo defendió con fervor casi familiar. Delcy Rodríguez convirtió su caso en bandera política. La televisión del Estado repitió durante meses la misma letanía: Saab era víctima de una agresión contra Venezuela.
Y cuando el presidente Joe Biden finalmente permitió su regreso, aquello parecía la llegada de un astronauta soviético después de derrotar a Estados Unidos en la Guerra Fría.
Honores. Abrazos. Cadena nacional. Fotografías oficiales. Sonrisas solemnes. Recepción de jefe de Estado.
Faltó poco para imprimir estampitas.
Pero ahora ocurre el milagro político más fascinante del chavismo contemporáneo: el mismo régimen que convirtió a Saab en héroe nacional descubre súbitamente que Saab… no era venezolano.
Extraordinario.
Después de años de discursos incendiarios, resulta que el hombre por cuya libertad casi convocan una cruzada bolivariana tenía, según ellos mismos, documentos irregulares. Ahora dicen que realmente era colombiano. Ahora explican que por eso pudo ser enviado a Estados Unidos.
Una escucha aquello y no sabe si está frente a una rueda de prensa o frente a un episodio tropical de 1984.
Porque el problema no es solo la contradicción. El problema es la naturalidad obscena con la que la contradicción es pronunciada.
Nadie se ruboriza. Nadie explica nada. Nadie pide disculpas. Nadie siente el menor deber de coherencia.
Simplemente cambian el libreto y esperan que el país entero haga lo mismo.
Ayer era “diplomático venezolano secuestrado por el imperio”. Hoy es “colombiano con papeles dudosos”.
Y mañana, probablemente, dirán que nunca hablaron de él.
Ese es el verdadero núcleo del problema venezolano: el poder perdió toda vergüenza discursiva. Ya ni siquiera intenta parecer consistente. El objetivo no es convencer; el objetivo es imponer versiones sucesivas hasta que la ciudadanía quede exhausta, confundida o resignada.
El chavismo entendió algo profundamente peligroso: en sociedades golpeadas por la crisis permanente, la memoria también se desgasta. Y cuando la memoria colectiva se erosiona, el poder siente que puede decir cualquier cosa.
Lo más insultante no es la mentira. Lo más insultante es el desprecio implícito hacia la inteligencia de la gente.
Porque para sostener semejante giro narrativo hace falta asumir que el ciudadano es incapaz de recordar las imágenes de Maduro abrazando a Saab, las cadenas oficiales, los discursos de Diosdado, las campañas internacionales, las consignas revolucionarias y toda aquella épica fabricada alrededor de un hombre que hoy parece haberse convertido en material políticamente desechable.
El chavismo no solo abandonó a Alex Saab.
Abandonó su propia narrativa sobre Alex Saab.
Y lo hizo sin pudor. Sin vergüenza. Sin explicación. Como quien cambia de camisa.
Tal vez porque el verdadero modelo político del régimen ya no es ideológico. Es algo más simple y más crudo:
la impunidad del discurso.
En Venezuela, el problema ya no es que el poder mienta.
El problema es que miente con absoluta tranquilidad, a plena luz del día, y además parece ofenderse cuando alguien recuerda lo que dijo ayer.
