Luz Neira Parra | Del antiimperialismo al jalabolismo: la caída simbólica del falso bolivarianismo
Durante más de dos décadas, el discurso oficial del chavismo se construyó alrededor de una narrativa central: la resistencia frente al imperialismo. Desde los primeros años del proyecto político iniciado por Hugo Chávez, la confrontación con Estados Unidos fue presentada como una continuación histórica de la lucha por la soberanía que encabezó Simón Bolívar en el siglo XIX.
El bolivarianismo se transformó así en el eje simbólico del nuevo poder. No se trataba únicamente de una referencia histórica, sino de una narrativa política que pretendía situar al régimen dentro de una tradición emancipadora continental.
Venezuela aparecía en ese relato como el escenario de una nueva lucha contra el dominio imperial.
Sin embargo, el uso político de Bolívar no fue una invención del chavismo. Desde el siglo XIX, distintos gobiernos venezolanos recurrieron a su figura como símbolo de legitimidad nacional. Durante el mandato de Antonio Guzmán Blanco, por ejemplo, se consolidó el culto cívico al Libertador mediante monumentos, ceremonias públicas y una pedagogía patriótica destinada a convertirlo en el centro moral de la nación.
La diferencia radica en que el chavismo llevó esa apropiación simbólica a una escala inédita. Bolívar dejó de ser una referencia histórica compartida para convertirse en el fundamento ideológico de un proyecto político específico. Su nombre fue incorporado al propio nombre del régimen, a la retórica oficial, a la iconografía del Estado y al sistema educativo.
Pero esa omnipresencia simbólica produjo un fenómeno paradójico.
Cuanto más se invocaba al Libertador, menos presente parecía su pensamiento real. El Bolívar complejo de la historia —el estadista preocupado por la construcción institucional, el defensor de la república, el líder consciente de los riesgos del caudillismo— fue reemplazado por una figura simplificada, adaptada a las necesidades del discurso revolucionario.
En realidad, el chavismo nunca siguió el pensamiento político de Bolívar. Lo utilizó.
El Libertador funcionó como un recurso retórico capaz de otorgar legitimidad histórica a un proyecto contemporáneo. Su figura se convirtió en una especie de emblema permanente del poder, una autoridad moral invocada constantemente para justificar decisiones políticas presentes.
Ese uso instrumental produjo lo que podría describirse como un vaciamiento simbólico del bolivarianismo. El nombre permanecía, pero su contenido histórico se diluía progresivamente.
Durante años, esa narrativa se sostuvo gracias a un elemento central: el antiimperialismo. La confrontación con Estados Unidos se convirtió en la columna vertebral del discurso político. En ese relato, Venezuela aparecía como la heredera directa de la lucha de independencia latinoamericana.
Pero la historia política tiene una forma particular de poner a prueba las narrativas ideológicas.
Cuando fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas y lo trasladaron fuera del país, la escena resultó profundamente contradictoria con el discurso construido durante décadas. El país que durante años había proclamado su papel como bastión de resistencia frente al imperialismo no vivió una reacción comparable a la retórica que había alimentado esa identidad política.
No se produjo una movilización nacional de resistencia.
No apareció la confrontación épica que el discurso había prometido durante años.
Lo que emergió fue algo muy distinto: una rápida adaptación del aparato político a la nueva realidad.
Esa metamorfosis repentina revela el carácter profundamente retórico del antiimperialismo chavista. La narrativa revolucionaria, que durante décadas se presentó como un principio ideológico irrenunciable, demostró una sorprendente capacidad para transformarse cuando las circunstancias cambiaron.
La filósofa Hannah Arendt explicó un fenómeno similar al analizar los sistemas ideológicos del siglo XX. En Los orígenes del totalitarismo, Arendt señaló que la propaganda política no tiene como objetivo describir la realidad, sino construir una narrativa capaz de organizar la percepción colectiva de los acontecimientos.
En esos sistemas, el lenguaje adquiere una función distinta: no sirve para interpretar los hechos, sino para integrarlos dentro de un relato previamente establecido.
Por esa razón, cuando los acontecimientos contradicen la narrativa, el discurso no necesariamente desaparece. Lo que ocurre es una rápida adaptación del lenguaje político para preservar la estructura del poder. Esto explica la situación del país en términos del cambio de su narrativa en la actual situación?
Ese mecanismo ayuda a entender la transformación reciente del discurso chavista. El antiimperialismo que durante años se presentó como núcleo ideológico terminó revelándose como una retórica adaptable, capaz de metamorfosearse con rapidez frente a nuevas circunstancias.
En ese contexto aparece lo que podría llamarse el jalabolismo bolivariano.
No se trata simplemente de la adulación interna al poder —fenómeno frecuente en sistemas autoritarios— sino de una forma particular de acomodamiento político que se expresa en el lenguaje. Quienes durante años proclamaron una resistencia radical al imperialismo adoptan súbitamente una actitud francamente de sumisión frente a la potencia que antes adversaban. Ahora Venezuela es el mejor amigo del imperialismo.
La ironía histórica es evidente. El régimen que se proclamó heredero del antiimperialismo bolivariano termina mostrando una notable capacidad de adaptación y de pleitesia frente al poder que decía combatir.
Así se revela la paradoja final de ese falso bolivarianismo oficial. Durante décadas invocó a Bolívar como símbolo de soberanía y resistencia. Pero cuanto más se utilizó su nombre como instrumento de propaganda, más se vació de contenido su legado histórico.
El Libertador fue omnipresente en el discurso chavista usado y manoseado.Su pensamiento, su legado en cambio, siempre estuvo ausente.
En ese vacío simbólico se enmascaro, se anquiloso una cultura política corrompida, negadora de los derechos humanos fundamentales, en donde por un lado se exaltaba retóricamente la soberanía mientras convivía con prácticas aterradoras mediante el uso de la tortura como el arma preferida de la represión hacia la población de un gobierno fuerte y autoritario . Y ahora vemos ese contraste entre el discurso heroico revolucionario del gobierno fuerte y represivo con respecto a este gobierno tan dócil, tan blando, tan presto a recibir y acatar las órdenes del imperio.Y no deja de sorprender tan veloz adaptación política en modo de " sálvese quien pueda" y "el ultimo apaga la luz" . Aquí es donde aparece, con toda claridad, el verdadero significado del jalabolismo revolucionario chavista del gobierno de los Rodrígues, de los Cabellos tan aberrante como cobarde.
