Karina Sainz Borgo | Somos el caballo de la IA
Con este, ya van tres casos seguidos. Una obra reconocida por un circuito literario legitimado es arrojada a la hoguera después de que un programa informático detectara la supuesta intervención de inteligencia artificial (IA) en su redacción. Ocurrió con el Commonwealth Short Story Prize, cuyo ganador, Jamir Nazir, fue acusado de utilizar IA en 'The Serpent in the Grove'. La revista 'Granta' rompió su colaboración con el premio, aunque una investigación de la fundación organizadora descartó el uso de estas herramientas.
En Francia, Thélyson Orélien, ganador del premio Fnac, fue excluido de la carrera del Goncourt después de que una cuenta anónima denunciara que 'C'était ça ou mourir' había sido escrita casi íntegramente por una máquina. El escritor lo negó. Ahora le toca al peruano David Silva Rojas, ganador del premio Almadía Ventosa-Arrufat con 'Donde el agua trabaja', elegido entre 2.204 manuscritos por un jurado integrado por Selva Almada, Mónica Ojeda y Cristina Rivera Garza. La editorial ha suspendido las presentaciones mientras investiga una acusación que el autor rechaza.
El inquisidor se llama Pangram, un detector creado por Max Spero y Bradley Emi, dos antiguos alumnos de Stanford. La empresa ha captado nueve millones de dólares de financiación, aunque no publica su facturación y todavía no es rentable, pero que se ha convertido en el azote de editores y autores. Si necesitamos inteligencia artificial para determinar si algo ha sido escrito por un ser humano, ¿en qué quedamos? La angustia de la IA se multiplica en el mundo académico y editorial. Aquella vieja y romántica creencia del esfuerzo humano por nombrar las cosas experimenta días oscuros. Escribir es una forma de conocimiento y una manera de relacionarse con el mundo. ¿Renunciaremos a ella?
Creímos que la inteligencia artificial había llegado para hacernos la vida más sencilla, cuando en realidad ha arruinado la confianza entre el lector y el escritor. Hay quienes sospechan que esta fiebre no durará mucho, que se trata de una operación comercial para convertir a Pangram en árbitro de la autenticidad. De momento, se ha desatado una hipervigilancia y una paranoia expandida. El escritor debe demostrar su inocencia y la máquina se ha convertido en testigo de cargo.
Escribir contra la IA para demostrar que somos humanos puede convertirse en una nueva forma de creación literaria. Algo así como el experimento más sofisticado que ninguna novela de Orwell o Bradbury habría podido anticipar. Cuando el automóvil desplazó al caballo como medio de transporte, el animal perdió su función, aunque conservó su belleza. Puede que, de ahora en adelante, seamos nosotros el caballo de la IA. O lo que es peor. en la mula, a juzgar por el inmenso estropicio después de cada auto de fe.
