El diario plural del Zulia

Juan Rosillo-Villena | El país que dejó de conversar 

Con qué hondo dolor estéril  

Te estoy viendo morir, Venezuela. 

Los rostros y las manos suaves, 

Las inteligencias finas y las inteligencias emprendedoras 

Perpetraron el crimen 

Juan Liscano, Poema a Venezuela. 1938 

 

Han transcurrido casi noventa años desde que Juan Liscano escribiera su “Poema a Venezuela”, en la actualidad podemos afirmar que el crimen al cual aludía el poeta se sigue perpetrando en pleno mundo globalizado. Para quien esto escribe, nacido en la época de la “Gran Venezuela”, buscar las claves que permitan entender la situación política del país se ha convertido casi una obsesión.  

La interrogante adquiere dimensiones desproporcionadas cuando estás lejos de la patria. Cada uno tiene legítimo derecho de hacer con su vida lo que le desee y radicarse en el país de su elección. Otra cosa muy distinta es verse forzado a emigrar como consecuencia de una guerra, la persecución política o una crisis económica. A diferencia de los cuentos infantiles, en lo que el camino de regreso puede desandarse siguiendo migas de pan, para muchos migrantes no existe la vuelta atrás. El tránsito por esta ruta exige enjugar lágrimas constantemente, mientras el referente de país que se dejó atrás se va desdibujando.  

En el mundo simbólico que construimos los migrantes las distancias se borran momentáneamente al escuchar cualquier acorde del instrumento patrio, reconocer una canción o detectar el “tumbao” de un connacional en medio del maremágnum citadino. E inmediatamente surge la pregunta: ¿cómo llegamos a esta situación? Creo que una de las causas ha sido haber dejado de escucharnos. 

Como sabemos, el drama de Venezuela es difícil de explicar. Opiniones sobre las causas hay por doquier; recetas milagrosas para solucionarlo, también. Ante la saciedad, que no la sociedad, del entretenimiento en que la moderación se ha convertido en un bien escaso, resulta un gran desafío ensayar al menos explicaciones coherentes sobre el caso de un país que ha desperdiciado la oportunidad de brindar a su población una mejor calidad de vida en nombre de proyectos políticos excluyentes y totalizantes. 

¿Por dónde empezar? Quizás lo primero sea reconocer que nos equivocamos. Quienes creyeron en las promesas de Chávez tenían el legítimo derecho a apostar por una figura desconocida que supo capitalizar electoralmente los errores del sistema democrático con la promesa de aplicar mano dura. Del mismo modo, quienes nos opusimos a su proyecto también teníamos derecho a desconfiar de la épica chavista de salvación nacional. El problema, a juicio de quien esto escribe, fue que dejamos de conversar entre nosotros.  

A riesgo de parecer ingenuo y a pesar de lo denostada que está la palabra, creo que algún grado de consenso es necesario para que un país avance. La experiencia venezolana, marcada por una polarización extrema, puede servir un ejemplo para soportar este argumento. Casi treinta años de monólogo gubernamental nos han dejado con pocas ganas de escuchar y muchas ganas de gritar. Nuestra autoestima se vino abajo y la terapia nacional, basada en beber escocés en las rocas, se complicó ante la falta de dinero con que comprarlo.   

Los mitos pueden hacer daño; confunden la realidad con la ficción. Nosotros pensamos que éramos la versión moderna del mito de Eldorado por la bonanza petrolera, un clima de ensueño y la estabilidad democrática. Sin embargo, detrás de aquella Venezuela pujante de los años setenta, la de una clase media fortalecida, una poderosa industria de producción de telenovelas y las reinas de belleza, existía una cara menos glamorosa que Chávez supo redituar en favor de su proyecto de poder. Puede que también nos faltara conversar sobre esas contradicciones, demasiado incómodas para caber en el relato de un país destinado a la prosperidad. 

Creo que la conversación puede funcionar como un instrumento de salud pública. Nuestra sociedad fue perdiendo la capacidad de hablar y, sobre todo, de escucharse. Las rencillas políticas nos enfermaron hasta contribuir al deterioro de nuestra democracia. Venezuela necesita escucharse de nuevo. Alguien tiene que dar el ejemplo, pero no veo una intención real de hacerlo, más allá de las puestas en escena con fines propagandísticos. 

Lo más preocupante es que, fuera de las pantallas, sí hay conversaciones entre distintos actores de la política venezolana. Sin embargo, hasta ahora, esas conversaciones no se han traducido en beneficios para el conjunto de la sociedad. Es preciso recodar para qué sirve conversar. Porque conversar no es simplemente sentarse a negociar, intercambiar concesiones o repartirse espacios de poder: es reconocer al otro como interlocutor legítimo y admitir que ningún proyecto de país puede construirse ignorando a una parte de sus ciudadanos. 

Después de tantos años de desencuentros, demasiados para mi gusto, Venezuela necesita recuperar esa capacidad de reconocerse en sus diferencias. No se trata de uniformar el pensamiento tampoco de olvidar lo ocurrido, sino de volver a construir un espacio común desde el cual imaginar el futuro. Si algo nos enseña nuestra historia reciente es que un país puede tener petróleo, talento, recursos y grandes promesas, pero difícilmente podrá avanzar si sus ciudadanos dejan de escucharse. Quizás el primer paso para recuperar Venezuela sea, sencillamente, volver a conversar. 

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