El diario plural del Zulia

Ramón Guillermo Aveledo | La calidad de la política

Los momentos más difíciles de los pueblos ponen a prueba su liderazgo social, económico, intelectual y sobre todo, político. Ahí es cuando hace falta una política de calidad.  No sólo me refiero a una política pública realista, bien pensada y bien ejecutada, sino al adecuado manejo de los conflictos, ponderando riesgos y posibilidades, para producir soluciones equilibradas en función del bien común.

En días pasados en el IESA, oyendo a Penfold y a Palma sobre la transición económica venezolana a partir de 1958 y en la UCAB al rector Peraza y a Ayala, no pude evitar recordar el libro Economía Política de la Transición de Alejandro Foxley, exitoso ministro de Aylwin, que a la pregunta acerca de la clave de aquel notable logro chileno respondía “la calidad de la política”. Un liderazgo que venía de la amarga experiencia dictatorial, que había cometido errores “hasta hacer imposible nuestra convivencia” al punto de provocar el desplome de las instituciones, fue capaz de aprender la lección, de descubrir “otra vez la esencia de la tarea del servicio público” y de “mirar con generosidad y con una visión de Estado lo que había que hacer…”.

Esa calidad de la política que se demostró fructífera en Chile, la vimos también en España tras la muerte de Franco. Líderes con historias personales y pensamientos muy distintos, sin dejar de debatir sus diferencias, fueron capaces de encontrar espacios de coincidencia y abrir caminos para una vida por libre y próspera, mejor para todos.

También en África del Sur, donde tras veintisiete años preso Mandela salió a negociar con sus captores, que a su vez entendieron que el status quo era insostenible, y posibilitar una transformación del sistema político para ordenar la vida de la nación de modo que todos estuvieran incluidos.

Veamos el caso de Polonia, donde la dictadura del Partido Comunista se acercaba a los cuarenta años cuando decretó la Ley Marcial en 1981 y acorraló a Solidaridad. Ocho años después las negociaciones de la Mesa Redonda acordaron unas elecciones apenas parcialmente libres, un gobierno coaligado de comunistas y opositores con la drástica reforma económica del Plan Balcerowicz y sólo en 1990 pudo elegirse al sindicalista Walesa, indiscutible líder de la lucha por la democracia y la justicia.

A la caída de la dictadura venezolana, Larrazábal, un militar venido del régimen, pero no comprometido con la represión, de talante abierto y espíritu democrático, encabezó la transición. Los partidos prohibidos, perseguidos, con sus líderes regresando del exilio, junto a otros sectores contribuyeron a la estabilidad y firmaron el Pacto de Puntofijo y un “Programa Mínimo de Gobierno” que también suscribió el almirante candidato presidencial una vez renunció al poder. Produjeron así un gobierno de coalición, una nueva Constitución bastante consensuada, apoyaron unas reformas económicas tan necesarias como antipáticas y cuarenta años de gobierno civil, libre, con alternancia por cuarenta años imperfectos, sí, pero objetivamente los mejores de nuestra historia hasta el día de hoy.

En esos casos, los ajenos y el propio, la calidad de la política fue la clave.

Una política que ponga el interés de todos por encima del parcial o personal. Que aprecie con realismo el presente sin dejar de pensar en el futuro.  La que Francisco en Fratelli Tutti llama “la mejor política”, esa que sirve “al verdadero bien común”, la que se aleja del populismo que instrumentaliza al pueblo para “su proyecto personal y de su perpetuación en el poder”, del inmediatismo que busca aprobación sin “avanzar en una tarea ardua y constante” que genere oportunidades de desarrollo para las personas, o del individualismo que no comprende lo imperativo de la solidaridad.

Esa política de calidad es posible. Está históricamente comprobado. La duda razonable general es si esta vez, con este liderazgo que tenemos, se podrá. Escéptico como soy, me puede el pesimista esperanzado que llevo dentro y consciente de las enormes dificultades, mi convicción acerca de su necesidad es tan fuerte que apuesto a que sí, a que sí se puede, a que sí se podrá.

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