El diario plural del Zulia

Hacer política de Catedral, no de Mercado: Gobernar con ciencia y técnica, no con chisme. Un reclamo urgente | Antonio Bermúdez

Hay una vieja metáfora que distingue entre la política como “ruido de mercado” y la política como “construcción de catedral”. En el mercado, todo es especulación, gritos, empujones y descalificaciones efímeras para ver quién vende más al precio más bajo. En la construcción de una catedral, en cambio, lo que importa es la solidez de los cimientos, la precisión del trazado y la visión de largo plazo, aunque nadie vea el resultado final sino tiempo después.

Lamentablemente, en gran parte de nuestra vida pública, nos hemos instalado en la lógica del mercado. En general, y particularmente en Venezuela, la política se ha reducido al chisme de pasillo, a la filtración malintencionada, a la “guerra sucia” disfrazada de estrategia. Hacer carrera dentro del gobierno o del partido parece depender más de a quién se destruye en el camino que de qué soluciones se es capaz de implementar. El “mal poner” -esa costumbre de exponer al adversario interno, desprestigiarlo ante la opinión pública o sabotear su gestión con tal de avanzar uno mismo- se ha convertido en una práctica casi sistémica.

El resultado de esto es una política débil y una ciudadanía harta. Cuando los equipos de gobierno pasan más tiempo vigilándose la espalda entre éllos que mirando a los problemas reales de la gente, el contrato social se rompe. Las facciones dentro del gobierno se convierten en pequeños feudos donde la lealtad al líder del grupo interno importa más que la competencia profesional y el gobierno mismo. Y así, paradójicamente, quienes mejor saben hacer -los técnicos, los gestores, los planificadores, los profesionales- terminan siendo expulsados porque no comulgan con la interna dominante, mientras sobreviven los artistas de la especulación y el rumor, del chisme. En resumen también, los politiqueros de oficio.

Urge un giro radical en este sentido. Necesitamos recuperar la idea de que una gestión de gobierno es, ante todo, una empresa tecno-política de resolución de problemas. Para poder gobernar bien, no es justo que el gobernante tenga que perder su tiempo en repartir prebendas para acallar facciones rivales internas, o negar la posibilidad de entrar a gobierno de quienes bien pueden hacer su trabajo profesional y políticamente, sólo porque esas facciones, por intereses subalternos, lo impidan. Gobernar bien, sólo debe centrarse en lograr los objetivos básicos de las políticas públicas, que el agua potable llegue a todos, que los hospitales tengan insumos, que los niños aprendan a leer, que la infraestructura exista.  Esa es la “buena ciencia y técnica de gobierno”: la capacidad de transformar recursos en bienestar tangible. Y esa ciencia y esa técnica no se negocian ni resuelven en función de intereses mezquinos, ni en chats grupales.

Para alejarnos de los chismes y las guerras intestinas, hace falta un pacto de madurez política. Eso implica, primero, separar los roles: quien gestiona debe ser evaluado por su compromiso político con la gestión de gobierno y por sus resultados, no por lealtades facciosas. Segundo, profesionalizar la función pública, blindando los cargos técnicos de los vaivenes de las luchas políticas internas. Tercero, entender que el adversario no está dentro de la propia administración, sino en los problemas estructurales que afectan a la ciudadanía: la desigualdad, la inseguridad, la falta de oportunidades.

No se trata de pedir una política sin conflictos. El conflicto es inherente a la democracia y a la diversidad de intereses. Pero una cosa es la disputa legítima de ideas en el marco institucional, y otra muy distinta es convertir la gestión de gobierno diaria en un ring de rumores donde lo único que importa es dañar al otro para trepar un escalón, o para evitar perder el que se tiene.

La política de catedral exige un tipo de dirigente distinto: aquel que prefiere los expedientes del trabajo a los expedientes de la intriga, que mide su éxito por las obras terminadas y no por los adversarios fulminados o neutralizados. Requiere, además, una ciudadanía que exija resultados y deje de celebrar la espectacularización del conflicto interno como si fuera sinónimo de firmeza.

De nada sirve ganar una guerra intestina interna que desgasta al gobernante, si perdemos la capacidad de gobernar. Al final, la historia no recuerda quién filtró el chisme más jugoso, sino quién construyó, quién asfaltó, quién recogió los desechos sólidos, quien garantizó la salud, quién supo estar a la altura de su responsabilidad. Gobernar con ciencia y técnica, lejos de las facciones y los rumores, no es ingenuidad: es la única forma seria de honrar la confianza de quienes pusimos a los gobernantes ahí para resolver, no para destruir. Gobernar con ciencia y con técnica, con las y los mejores, para que no tengamos que repetir lo que decía el profesor Carlos Matus de los gobernantes: “El problema es que los pobres no saben que no saben”.

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