El doble espejo del poder en Venezuela | Alfonso Hernández Ortiz
Durante años, la política venezolana se explicó como una confrontación entre dos polos irreconciliables, un oficialismo que se asume defensor de la soberanía y una oposición que se presenta como alternativa democrática. Esa lectura funcionó, ordenó el conflicto y le dio sentido a una etapa. Pero hoy se queda corta, porque Venezuela cambió y la política no.
Hoy no se trata solo de polarización, sino de una polarización vacía, condicionada, que no decide. Un conflicto que existe en el discurso, pero que ha perdido capacidad de transformación. Venezuela vive una polarización tutelada, donde los actores se enfrentan públicamente, pero ninguno controla realmente el poder. Ese es el primer quiebre.
Han pasado tres meses desde la salida de Nicolás Maduro y, lejos de abrirse una etapa de claridad, lo que se ha instalado es una sensación de pausa incómoda, como si el país estuviera suspendido en el aire. Se han producido liberaciones de presos políticos, y eso debe reconocerse. Pero la estructura de control permanece intacta y el sistema no ha cambiado en lo esencial.
Mientras tanto, la vida sigue igual o peor. La inflación continúa galopando, los salarios son miserables, los hospitales permanecen colapsados y los servicios públicos están en ruinas. En ese contexto, resulta más que una desconexión —es una forma de desprecio— que voceros del poder como Delcy Rodríguez hablen de racionamiento eléctrico en un país donde hay regiones enteras que viven en apagón permanente. No es una medida coyuntural. Es la evidencia de un colapso estructural.
Y aun así, el poder se sostiene, porque se ha adaptado a una lógica internacional distinta, en la que la democracia dejó de ser prioridad. Hoy lo que importa es la energía. Mientras desde Washington se celebra la llegada de petróleo venezolano a Estados Unidos, el país sigue hundido en la miseria. La señal es clara: primero estabilidad energética, después, si acaso, democracia.
Eso lo cambia todo, porque la pregunta deja de ser interna y pasa a ser quién decide realmente. Y aquí hay que decirlo sin rodeos: en este escenario, los actores externos privilegian estabilidad antes que legitimidad, incluso si ello implica sostener arreglos de poder funcionales. Lo relevante no es que el poder sea democrático, sino que sea predecible y controlable.
Del lado opositor, el problema no es menor. En medio de una emergencia social evidente, buena parte de la dirigencia continúa atrapada en la lógica electoral, hablando de cargos y campañas como si existieran condiciones reales. No existen. Pero más allá de eso, el problema de fondo es otro: la política ha dejado de acompañar a la sociedad en sus luchas concretas.
Mientras la gente enfrenta salarios que no alcanzan, servicios que no funcionan y una vida cada vez más precaria, la dirigencia no logra convertirse en instrumento de canalización de esas demandas. La política no está donde está el país. Y cuando eso ocurre, pierde sentido.
Ese debería ser hoy el verdadero papel de los partidos y de la dirigencia: dejar de actuar como aspirantes a cargos y asumir su rol como articuladores de la presión social, acompañando, organizando y dando dirección a las reivindicaciones reales de la gente. No como discurso, sino como acción política concreta. Porque cuando la política no encarna esas demandas, deja un vacío que otros terminan ocupando.
En el inicio de mi formación en Ciencia Política comprendí que los partidos cumplen una función esencial: articular las demandas de los ciudadanos ante el Estado. Almond y Powell lo plantearon con claridad: los sistemas políticos sobreviven en la medida en que logran procesar esas demandas. Duverger y Sartori insistieron en que los partidos son el puente entre sociedad y poder.
Cuando ese puente se rompe, lo que queda no es estabilidad. Es vacío.
Y eso es precisamente lo que comienza a observarse en Venezuela: una dirigencia que no logra traducir el malestar en acción política efectiva y una sociedad que acumula frustración sin canales claros de expresión. La fatiga social no es una hipótesis. Es una realidad contenida.
Cuando esa presión no encuentra salida institucional, encuentra otra forma. Y cuando eso ocurre, no distingue entre gobierno y oposición. Arrastra a ambos y obliga incluso a actores externos a recalibrar sus decisiones, porque ningún esquema de control resiste indefinidamente a una sociedad llevada al límite. Ese es el verdadero punto de inflexión.
En este contexto, hay liderazgos que concentran expectativa, como el de María Corina Machado. Pero precisamente por eso, la exigencia es mayor. Ya no basta con representar una alternativa, es necesario ejercerla. El país no está esperando candidaturas. Está esperando conducción.
Y conducir implica algo más que discurso. Implica construir poder real, conectar con la urgencia social, interpretar el momento y actuar dentro de él. Porque si ese espacio no se ocupa, lo ocupará otra cosa. Y no necesariamente mejor.
La historia reciente lo demuestra. En 1998, Irene Sáez lideraba las encuestas mientras Hugo Chávez apenas emergía. Pero el país cambió, y alguien supo leer ese cambio antes que el resto. Lo demás es historia.
El problema de fondo sigue siendo el mismo: no se trata de quién gobierna, sino de quién decide. Y hoy, esa decisión no reside plenamente dentro de Venezuela.
Este es el doble espejo del poder: un sistema donde oficialismo y oposición se enfrentan, pero comparten una misma limitación, su dependencia, mirando hacia Washington en busca de señales mientras la sociedad queda sin representación efectiva.
El resultado es un sistema que simula poder, pero no decide. Y en medio de ese esquema, el ciudadano queda solo. Resiste, pero no decide. Participa, pero no incide. Espera, pero no define. Y una sociedad que deja de decidir comienza a desaparecer como sujeto político. Por eso el desafío no es cambiar nombres, sino cambiar la lógica: recuperar la capacidad de decidir desde dentro y reconstruir la relación entre política y sociedad sobre bases reales.
Porque si la política no canaliza el malestar, el malestar terminará haciendo política por su cuenta.
Y en Venezuela, ese momento ya no es una advertencia.
Es lo que viene.
Alfonso Hernández Ortiz
Politólogo, Abogado, Doctor en Derecho y Ciencias Sociales
