El diario plural del Zulia

Daniel García Arellano | El secuestro de la representación: La hora de la insurgencia ciudadana en la transición venezolana

Las lógicas de sometimiento varían según el color del bloque, pero persiguen el mismo fin. El oficialismo, bajo su concepción de Estado-Partido, necesita anular cualquier destello de autonomía para garantizar el control social absoluto; la disidencia fuera de su diseño corporativo es percibida como una amenaza que debe ser perseguida o judicializada. Por su parte, la oposición tradicional se aferra al chantaje de la "unidad necesaria" y al control de las tarjetas electorales para marginar a los outsiders. Quien ose destacar con luz propia fuera del cogollo es rápidamente etiquetado como divisionista o funcional al adversario. El sistema está perfectamente diseñado para expulsar o cooptar el talento ciudadano a través de costos prohibitivos como el descredito, el linchamiento reputacional o la asfixia financiera.

El diagnóstico: La paradoja de la minoría insignificante-

Las encuestas y la realidad venezolana reflejan desde hace años una desconexión abismal entre la sociedad y quienes dicen representarla. Con niveles de rechazo o apatía popular que de forma sostenida rozan el 80% o 90%, las franquicias políticas del país —tanto en el ecosistema del gobierno como en el de la oposición tradicional— operan en un cascarón vacío de militancia real. Sin embargo, presenciamos una paradoja asfixiante: cuanto menos legitimidad social tienen los partidos, con mayor ferocidad intentan subordinar a la sociedad civil organizada a sus propios designios. Un minúsculo grupo de interés pretende tutelar a un monumental 85% de la población que clama por un cambio estructural.

Esta anomalía no es un error de cálculo o simple testarudez; se trata de una estrategia racional de auto preservación. Venezuela padece las secuelas de una "partidocracia" histórica que inoculó la idea de que fuera del partido no existe viabilidad pública. Para las élites políticas, la sociedad civil (ONG, sindicatos, gremios, universidades) no es un aliado autónomo con el cual deliberar, sino una cantera de reclutamiento o una simple correa de transmisión para legitimar sus agendas particulares y mantener el monopolio de la interlocución legítima frente al Estado y los actores internacionales.

Las lógicas de sometimiento varían según el color del bloque, pero persiguen el mismo fin. El oficialismo, bajo su concepción de Estado-Partido, necesita anular cualquier destello de autonomía para garantizar el control social absoluto; la disidencia fuera de su diseño corporativo es percibida como una amenaza que debe ser perseguida o judicializada. Por su parte, la oposición tradicional se aferra al chantaje de la "unidad necesaria" y al control de las tarjetas electorales para marginar a los outsiders. Quien ose destacar con luz propia fuera del cogollo es rápidamente etiquetado como divisionista o funcional al adversario. El sistema está perfectamente diseñado para expulsar o cooptar el talento ciudadano a través de costos prohibitivos como el descredito, el linchamiento reputacional o la asfixia financiera.

El nuevo foco: La lucha imprescindible por la representación directa.

Venezuela transita por las aguas complejas de una transición tardía, un escenario donde las viejas certezas se derrumban pero lo nuevo no termina de nacer. En esta etapa, el foco estratégico debe cambiar radicalmente. Ya no se trata de luchar para evitar candidaturas impuestas o desgastarse en las alcabalas burocráticas de los partidos. La verdadera batalla histórica de este momento es por la representación directa de los ciudadanos, sin el control, el filtro ni el tutelaje de las franquicias partidistas y sus alianzas de conveniencia.

La sociedad civil venezolana ha demostrado una madurez y una resiliencia infinitamente superiores a las de sus autoproclamados conductores políticos. Mientras los partidos se han convertido en carteles de supervivencia dedicados a administrar cuotas de influencia o reconocimiento internacional, el país real ha tenido que autogestionar su subsistencia. Es un insulto a la inteligencia colectiva que ese 85% de la sociedad deba pedirle permiso o someterse al diseño de una minoría partidista. Romper este nudo gordiano exige entender que las organizaciones políticas tradicionales hoy por hoy no son los vehículos para la transición; son sus principales tapones de contención.

El factor María Corina Machado y el cerco de la partidocracia

El proceso de transición cuenta hoy con un elemento central: el mandato puesto de manifiesto en hitos electorales masivos (el proceso de Primarias y el 28 de Julio) que determinaron la conducción de María Corina Machado. Esta legitimidad de origen, aceptada formalmente por la Plataforma Unitaria, no proviene de un acuerdo burocrático de oficinas políticas, sino del respaldo directo de los ciudadanos.

Sin embargo, el peligro latente es que esta vocería quede atrapada en las mismas inercias operativas del pasado: reuniones a puerta cerrada, pactos de cúpulas en el extranjero y una alarmante ausencia de mecanismos de convocatoria pública y vinculante a los sectores vivos de la sociedad civil. Si no se rompe ese cerco, se corre el riesgo de cambiar de conductor pero manteniendo el mismo autobús ineficaz de la partidocracia tradicional. La conductora tiene el mandato social, pero las estructuras formales las retienen los partidos; su gran oportunidad histórica es apoyarse en la base para forzar a las organizaciones políticas a convertirse en meras herramientas técnicas al servicio del ciudadano, y nunca al revés.

Recomendaciones estratégicas para romper el tradicionalismo hegemónico

Para que la transición tardía avance y no se estanque en los arreglos de las cúpulas menores, se sugiere implementar las siguientes líneas de acción para lograr la ruptura definitiva con el modelo partidista ineficaz:

  1. Institucionalizar un "Consejo Consultivo de la Transición": Convocar de manera inmediata a una estructura formal de consulta directa integrada por rectores universitarios, líderes de gremios productivos, sindicatos, academias nacionales y defensores de derechos humanos de trayectoria comprobada. El objetivo es desplazar el centro de gravedad de las decisiones para que los partidos tengan que acudir a este espacio a escuchar el mandato de la sociedad civil, y no al revés.
  2. Democratizar la vocería mediante Asambleas Regionales: Diseñar mecanismos de deliberación y consulta directa en las regiones (aprovechando herramientas tecnológicas o presenciales). La fuerza del 85% está en el territorio interior del país. Al validar las fases de la transición cara a la gente, se anula la capacidad de chantaje de las cúpulas caraqueñas que exigen cuotas burocráticas.
  3. Elevar un Pacto Social Ciudadano sobre la Agenda de Negociación: Someter las propuestas de gobernabilidad, transición y reconstrucción nacional a foros abiertos con la sociedad organizada. Cuando es el ciudadano quien define qué es negociable y qué no, las minorías partidistas pierden la exclusividad de la intermediación y la capacidad de pactar prebendas a espaldas del país.
  4. Construcción de infraestructura ciudadana propia: Las fuerzas vivas del país deben tejer redes autónomas de movilización, comunicación y financiamiento transparente. El gran talón de Aquiles del ciudadano destacado ha sido la falta de maquinaria; al construirla de manera independiente, se elimina la necesidad de arrodillarse ante las tarjetas de los partidos tradicionales.

Las incógnitas del inmovilismo

Frente a este escenario, las interrogantes que asaltan el futuro inmediato del país son tan inevitables como alarmantes: De imponerse el continuismo operativo y el reparto de cuotas de las minorías partidistas, ¿cuánto tiempo más podrá sostenerse la esperanza de ese 85% de la sociedad antes de que la apatía y una nueva ola de migración forzada sepulten el deseo de cambio? ¿Terminará el liderazgo legitimado de María Corina Machado atrapado y desfigurado por el mismo secuestro institucional que sepultó iniciativas del pasado, convirtiéndose en otra oportunidad histórica desperdiciada? Y finalmente, si las fuerzas vivas de la sociedad civil no reaccionan a tiempo para forzar una ruptura innovadora, ¿estaremos condenados a ver cómo una partidocracia ineficaz y sin bases reales termina cohabitando indefinidamente con el régimen y las circunstancias que puedan surgir, negociando la supervivencia de sus propias parcelas a expensas del sufrimiento y la soberanía confiscada de los venezolanos?

Lea también
Comentarios
Cargando...