El diario plural del Zulia

Carlos J. Sarmiento Sosa | Dos majestades en la era de la IA

España ha sido, durante varios días, anfitriona del papa León XIV. Ha sido recibido en su doble condición de jefe de Estado del Vaticano y de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, entre actos protocolares y concentraciones multitudinarias en las que, por un lado, se le ha dado el tratamiento que le corresponde en el campo institucional, como la recepción en el Palacio Real y, por otro, sin más barreras que la seguridad personal, Su Santidad ha aglutinado a su alrededor a millones de personas en basílicas e iglesias y hasta en las mismas calles y plazas de las varias ciudades por las que transitado.

Dentro de los actos que merece reseñar se haya el encuentro entre el rey Felipe VI y el papa León XIV, pues ofrece una escena poco frecuente en la vida pública contemporánea: dos formas distintas de autoridad moral y simbólica dialogando ante un mundo fatigado por la polarización, la desconfianza institucional y el estruendo tecnológico. No fue solo una solemne ceremonia protocolaria, sino una oportunidad para leer, en clave política y cultural, dos discursos que convergen en una misma preocupación: la dignidad humana.

La expresión “dos majestades” se atiene a un doble sentido. Por un lado, la majestad de la Corona, que en la monarquía parlamentaria española se presenta como instancia de arbitraje, continuidad y representación histórica. Por otro, la majestad pontificia, que no se apoya en poder coercitivo ni terrenal como en siglos pasados, sino en una autoridad ética capaz de interpelar conciencias en el concierto internacional de las naciones, más allá del catolicismo. Por tanto, el encuentro no puede considerarse como una alianza de poderes, sino como una confluencia de legitimidades al servicio de un mismo diagnóstico: el mundo actual necesita puentes, límites y responsabilidad.

Felipe VI destacó ante León XIV el “fuerte vínculo” papal con Iberoamérica y enfatizó su mensaje en la orientación a “superar la confrontación” y a abrir caminos de entendimiento; e igualmente subrayó la labor social de la Iglesia, la necesidad de escuchar a las víctimas y la urgencia de que la tecnología no desplace a la persona del centro de la vida social y afirmó tajantemente: “La dignidad de la persona, los derechos humanos, los valores democráticos y la legalidad internacional deben seguir siendo nuestros números primos...Porque en ellos —en sus múltiples combinaciones— está la aritmética de la libertad, la igualdad y la justicia; la que suma y multiplica, no la que resta y divide”.

El discurso real también combinó el reconocimiento y la advertencia. Reconocimiento, porque elogió la labor social de la Iglesia y la firmeza de León XIV ante los abusos, incluso por parte de clérigos, al tiempo que distinguió entre esas conductas criminales y la inmensa comunidad eclesial. Advertencia, porque recordó que la época de la inteligencia artificial exige preservar la dignidad humana y evitar que la persona sea “reemplazada, subyugada o coaccionada por ningún algoritmo”, sin caer en la nostalgia ni en el moralismo abstracto. Al contrario, habló desde el realismo institucional, reconociendo el daño, valorando la reparación y colocando la tecnología bajo una exigencia ética concreta: servir al ser humano, no reducirlo.

De León XIV se destaca una línea de continuidad con la tradición social de la Iglesia que Él ha expresado en Magnifica Humanitas: fomentar el diálogo y ser portadora de paz en un mundo de polarización, sin abandonar su postura sobre la inteligencia artificial y la dignidad humana, dejando en claro que la tecnología no es el enemigo, sino que no debe desplazar la conciencia, la empatía y la responsabilidad personal, dejando en claro que “Es necesario, sobre todo por parte de quienes tienen responsabilidades económicas, políticas e institucionales, dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación, a las comunidades locales y a la sociedad civil, como semillero de participación y mediación cultural.

Ambos discursos coinciden, ante todo, en puntos esenciales.

Primero, la primacía del ser humano sobre cualquier estructura, algoritmo o estrategia de poder. Segundo, la necesidad de la escucha como método político, social y moral en un tiempo dominado por la reacción inmediata y la confrontación. Al efecto, dijo: “El mensaje de paz, que en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad”.

Tercero, la convicción de que la paz no se improvisa: se construye con verdad, reparación, diálogo y límites.

Por otra parte, ni Felipe VI ni León XIV hablaron desde una retórica de bandos atrincherados. Al contrario, enfatizaron la responsabilidad de las instituciones, la reparación de los daños y la exigencia de no abandonar a las víctimas, a los débiles ni a los excluidos. Esa coincidencia, en sí misma, ya es un mensaje político de primer orden en este mundo en el que el oportunismo y la conveniencia se imponen sobre la racionalidad y el bienestar general.

El valor de las citadas oratorias no debe ocultar las contradicciones actuales. La primera es obvia: la apelación a la dignidad humana convive con sociedades cada vez más desiguales, hiperfragmentadas y dependientes de estructuras tecnológicas. La segunda es institucional: la defensa de la escucha y de la reparación solo será creíble si se traduce en procedimientos, responsabilidades y cambios verificables, especialmente en relación con los abusos.

De la lectura de ambos documentos se pueden obtener algunas recomendaciones. La primera es no separar la ética y la técnica. La inteligencia artificial, como cualquier salto tecnológico, debe estar sometida a parámetros de proporcionalidad, transparencia y control humano efectivo. La segunda es reforzar la cultura de la reparación: no basta con reconocer el daño, hay que establecer mecanismos transparentes para atender a las víctimas y prevenir nuevas vulneraciones.

La tercera es recuperar la atención como virtud pública. En tiempos de mensajes instantáneos y polarización permanente, escuchar no es pasividad: es una forma de gobernar con inteligencia. La cuarta es reivindicar instituciones que no busquen imponerse por ruido, sino por ejemplaridad. Por ello, para conservar su relevancia, la Corona y la Iglesia deben comportarse con sobriedad, verdad y servicio, como se deduce de las palabras de ambos dignatarios.

En definitiva, el valor del encuentro entre Felipe VI y León XIV no reside solo en la solemnidad del acto entre dos jefes de Estado, sino en la posibilidad de analizarlo como un diagnóstico compartido sobre nuestro tiempo: el poder debe humanizarse, la técnica debe ordenarse y la palabra pública debe volver a ser creíble.

Esa es la verdadera lección de estas dos majestades ante el mundo actual.

El periplo no ha terminado y seguramente alcanzará el mayor de los éxitos que se registre en estas casi tres décadas de la centuria. León XIV finalizará su gira en las islas Canarias, un suelo español que se prolonga en el corazón de Iberoamérica.

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