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Carlos J. Sarmiento Sosa | Cuando el mediador "blanquea" al verdugo

Zapatero también aseguró haber realizado “[ ... ] un esfuerzo gigantesco  [ ... ] horas y de días de viajes” para intentar liberar presos, “[ ... ] sin percibir nada [ ... ] solo por intentar que aquel país no acabara en una guerra civil y por liberar cientos de presos”, lo que refuerza su relato de compromiso personal y desinteresado con la causa humanitaria en Venezuela. Según su propio testimonio, todo ello habría sido posible gracias, en parte, a la colaboración de estos interlocutores dentro del oficialismo, a los que describe como aliados en mantener abiertas las vías del diálogo y en moderar la política de represión.

En una entrevista en Onda Cero recogida por EFE, José Luis Rodríguez Zapatero ha reivindicado su amistad con los hermanos Rodríguez y ha explicado que ambos “[ ... ] le han apoyado en las tareas de liberar presos en Venezuela [ ... ] , agregando que “[ ... ] casi siempre estaban de mi lado intentando que esa política de represión no se consumara [ ... ] ” y que “[ ... ] han trabajado siempre para que hubiera diálogo y para que lo que es la política de presos no fuera la que es [ ... ]”, presentando así a los hermanos como colaboradores constantes de sus esfuerzos de mediación.

Zapatero también aseguró haber realizado “[ ... ] un esfuerzo gigantesco  [ ... ] horas y de días de viajes” para intentar liberar presos, “[ ... ] sin percibir nada [ ... ] solo por intentar que aquel país no acabara en una guerra civil y por liberar cientos de presos”, lo que refuerza su relato de compromiso personal y desinteresado con la causa humanitaria en Venezuela. Según su propio testimonio, todo ello habría sido posible gracias, en parte, a la colaboración de estos interlocutores dentro del oficialismo, a los que describe como aliados en mantener abiertas las vías del diálogo y en moderar la política de represión.

La palabrería inserta en los párrafos anteriores pudiera parecer sincera y producto de la “vocación” democrática del político español. Sin embargo, cuando se mira el cuadro completo, la lealtad de los Rodríguez no parece que haya sido hacia un ideal abstracto de paz o de democracia, sino hacia el núcleo mismo de un régimen señalado por su carácter autoritario y represivo, durante más de un cuarto de siglo.

Ella ha ocupado algunos de los cargos más estratégicos del Estado venezolano –ministerios sensibles y la Vicepresidencia Ejecutiva–, mientras que él ha presidido la Asamblea Nacional y ha sido descrito como el “hombre fuerte” del madurismo, aparte del interlocutor que ha participado por la dictadura en las fallidas mesas de negociaciones.

No estamos, por tanto, ante meros burócratas marginales que ocasionalmente interceden por un preso, sino ante arquitectos y gestores de un poder que convirtió la persecución y el encarcelamiento de opositores en herramienta sistémica de gobierno.

Esa invocación a la “lealtad” de los hermanos hay que confrontarla con la reflexión de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, elaborada tras su observación del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén. En efecto, Arendt subrayó que lo verdaderamente inquietante de Eichmann no era una maldad demoníaca, sino su absoluta normalidad: un funcionario que “cumplía órdenes de Estado”, se amparaba en la legalidad vigente y carecía de la capacidad –o de la voluntad– de pensar críticamente el sentido moral de sus actos: La banalidad del mal aparece allí donde individuos integrados, de vida corriente, se convierten en ejecutores diligentes de políticas inhumanas precisamente porque confunden la obediencia y la lealtad con la virtud, y renuncian a juzgar por sí mismos el contenido de aquello a lo que son fieles.

En este orden de ideas, el paralelismo con la situación venezolana se hace incómoda. La lealtad de los Rodríguez que Zapatero presenta como rasgo positivo es, en realidad, lealtad a un entramado de poder cuya estructura represiva no ha sido desmontada, sino refinada. Que en ese contexto se hayan producido liberaciones puntuales de presos políticos, unas negociadas, otras como producto de amnistías absolutas e inconstitucionales amnistías condicionadas, no borra la responsabilidad de quienes, desde posiciones cupulares, han diseñado, ejecutado o tolerado las políticas que generan esos mismos presos. Arendt invita a desconfiar de la coartada de los “favores” humanitarios dentro de un sistema injusto: el burócrata que consigue conmutar alguna pena o aliviar un dolor no deja por ello de ser pieza imprescindible del mecanismo que produce el sufrimiento.

La lealtad, en clave de buen gobierno y de ética pública, no es un valor absoluto, sino condicionado. La lealtad sana se ordena a fines legítimos: al cumplimiento de la ley, a la protección de los derechos y a la preservación de un marco democrático.

Cuando una organización se desvía de esos fines y se convierte en instrumento de persecución, la lealtad exigible ya no es la que se rinde al aparato, sino la que se presta a los principios vulnerados. Persistir en la obediencia al régimen y presentarse, al mismo tiempo, como mediador ocasional en la liberación de algunas de sus víctimas, no exonera de responsabilidad, sino que describe una forma sofisticada de participación en la banalidad del mal.

Zapatero desdibuja esa distinción al pretender reivindicar públicamente su “amistad personal” con los Rodríguez y al destacar su “lealtad” sin matices. En realidad, el relato que construye tiende a blanquear el rol de sus dos amigos, presentándolos como socios dialogantes y casi como garantes de moderación dentro del régimen, cuando la evidencia de su trayectoria institucional muestra que han sido, ante todo, pilares de ese mismo régimen. Basta revisar las informaciones y reportes que al respecto han circulado desde entronización de ellos en el poder.

Esta ambivalencia tiene consecuencias políticas y morales: legitima a los operadores del poder autoritario bajo el argumento de que, en los márgenes, han permitido alguna rectificación o han facilitado concesiones puntuales, y desplaza el foco desde la estructura de la represión hacia prefabricados gestos mediáticos de clemencia.

Una mediación internacional responsable no puede confundirse con la defensa de la respetabilidad de los interlocutores autoritarios. Quzás es legítimo –y a veces indispensable– hablar con quienes detentan el poder efectivo para obtener avances humanitarios, pero otra cosa es convertir esa interlocución en una coartada para revalorizar su lealtad al sistema que produce el daño.

Desde la perspectiva arendtiana, el deber del observador –y del mediador– es nombrar y denunciar la banalidad del mal allí donde se manifiesta, no revestirla de virtudes cívicas. Cuando un expresidente democrático dedica más energía a reivindicar la lealtad de los engranajes del régimen que a subrayar la ilegitimidad de la maquinaria represiva que integran, corre el riesgo de convertirse él mismo en parte del paisaje de normalización de lo intolerable.

 

Fuentes:

https://lapatilla.com/2026/03/23/zapatero-admitio-que-los-hermanos-rodriguez-son-amigos-personales-suyos/

https://www.europapress.es/nacional/noticia-zapatero-reivindica-amistad-delcy-jorge-rodriguez-trabajado-siempre-hubiera-dialogo-20260323112431.html

https://ellibero.cl/actualidad/delcy-y-jorge-rodriguez-los-hijos-del-guerrillero-del-mir-venezolano-que-concentran-el-poder-en-la-era-post-maduro/

https://www.newtral.es/hannah-arendt-sobre-la-humanidad-del-mal/20191014/

file:///C:/Users/sarmi/Downloads/Dialnet-ElJuicioYLaBanalidadDelMalEnHannahArendt-6509931%20(2).pdf

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