Beatriz Becerra | El azar de estar vivos
¿Por qué no me ha pasado a mí?
La pregunta que nos baila en la cabeza contiene algo más que miedo o desconcierto. Encierra la certeza de que fácilmente podríamos haber sido nosotros quienes no regresáramos a casa, quienes dejáramos una llamada sin contestar o una vida interrumpida en mitad de cualquier rutina.
Entre quienes sobreviven y quienes mueren puede no haber existido más diferencia que unos minutos, un trayecto o una circunstancia que nadie habría considerado decisiva. Aceptarlo resulta difícil porque obliga a reconocer que nuestra voluntad no basta para mantenernos a salvo, y que el mundo no distribuye sus desenlaces conforme a nuestros merecimientos.
Las catástrofes como los accidentes ferroviarios de Urda y Adamuz, como las riadas de la DANA, instalan a la sociedad en esa lucidez incómoda. Más allá de las circunstancias particulares de cada tragedia, su impacto alcanza a quienes nunca estuvieron allí, pero se reconocen en las víctimas.
No eran personas que vivieran al margen de nuestra realidad, expuestas a un destino ajeno. Eran personas que viajaban, trabajaban, volvían a casa o esperaban a alguien. Sus vidas transcurrían dentro de la misma normalidad en la que nosotros depositamos nuestra confianza. De hecho, muchos conocíamos a alguien que se quedó allí para siempre.
La conmoción empieza cuando esa normalidad deja de parecernos una garantía. Nos gusta pensar que nuestras decisiones determinan, al menos en parte, lo que nos sucede. Queremos creer que la prudencia permite anticipar los riesgos y que existe una relación razonable entre la manera de vivir y las consecuencias de nuestros actos.
Pero una tragedia rompe esa continuidad y nos enfrenta a la posibilidad de que dos vidas semejantes se separen de forma irreversible, sin que podamos encontrar en su mínima diferencia una explicación satisfactoria.
Para quien sobrevive, la pregunta adquiere una intimidad distinta. El alivio de seguir vivo se mezcla con la culpa de sentirlo, como si la propia continuidad exigiera una justificación ante quienes han muerto.
Aparecen entonces interrogantes que no responden a una lógica moral, pero que pueden resultar difíciles de apartar: por qué uno permanece, qué ha hecho para merecerlo, cómo puede regresar a su vida mientras otras personas ya no tendrán esa posibilidad.
La culpa del superviviente expresa, en ocasiones, la necesidad de encontrar un orden allí donde solo se percibe arbitrariedad.
Si la muerte ha separado dos destinos sin una razón comprensible, atribuirse alguna responsabilidad puede parecer menos insoportable que aceptar la impotencia. Al menos, la culpa conserva la ilusión de que algo podría haberse hecho de otro modo.
De ahí que algunas personas reconstruyan una y otra vez lo sucedido, revisen sus decisiones y se pregunten si habrían podido advertir el peligro, ayudar más o impedir un desenlace fatal.
Pero la sensación de responsabilidad no demuestra que esa responsabilidad exista. Es necesario distinguir entre la culpa que nace del sufrimiento y la que corresponde a hechos concretos, susceptibles de investigación y valoración.
Confundirlas puede añadir una carga injusta al dolor de quienes ya están tratando de asimilar lo ocurrido. Sobrevivir no constituye un privilegio que deba pagarse con infelicidad, ni continuar adelante significa olvidar a quienes faltan.
Esa conciencia no afecta únicamente a quienes han vivido la catástrofe en primera persona También sacude a una sociedad que descubre, durante unos días, la proximidad de una muerte que habitualmente mantiene en segundo plano. Las víctimas dejan de ser una cifra cuando imaginamos sus proyectos, sus vínculos y todo lo que quedará pendiente.
Sin embargo, aceptar la incertidumbre no significa aceptar la fatalidad. No todas las tragedias pueden evitarse, pero tampoco todo lo que ocurre debe atribuirse al azar.
La prevención, el mantenimiento de las infraestructuras, los sistemas de alerta, la diligencia institucional y la investigación de las causas pertenecen al ámbito de la responsabilidad humana. La conciencia de nuestros límites no puede convertirse en una excusa para renunciar a aquello que sí podemos prever, corregir o impedir.
Quizá nunca encontremos una respuesta a la pregunta que encabeza este texto. No existe una razón moral para que unos sobrevivan y otros mueran, ni la vida de quien permanece vale más que la de quien falta. El superviviente no tiene que justificar su suerte, del mismo modo que nadie debería buscar en la desgracia ajena una explicación que le permita seguir creyéndose a salvo.
La muerte nos recuerda que no somos invulnerables, pero la responsabilidad nos impide aceptar esa fragilidad como una condena. Entre quienes se han ido y quienes seguimos aquí no hay una frontera moral que explique el azar, pero sí un vínculo que nos compromete.
Estar vivos no nos hace mejores ni más merecedores. Nos obliga a decidir qué hacemos con la vida que continúa y qué estamos dispuestos a hacer para proteger la de los demás.
