El diario plural del Zulia

Asdrubal Oliveros | Suiza vs Venezuela

En Venezuela decimos: «No somos suizos» para justificar nuestra manera de improvisar y resolver. Pero quizás deberíamos preguntarnos por qué el país más aburrido del mundo es también el más innovador.

Hay una “paradoja” que me llamó particularmente la atención al revisar los resultados del Índice Mundial de Innovación 2026. Suiza, ese país que solemos asociar con el orden, la estabilidad, la tranquilidad y, por qué no decirlo, con cierto aburrimiento, vuelve a ocupar el primer lugar del mundo, una posición que mantiene por decimosexto año consecutivo. Venezuela, por su parte, aparece en el puesto 127 entre 139 economías evaluadas. La distancia es enorme, pero lo que más me interesa de esta comparación no es tanto la diferencia entre ambos países, que resulta bastante evidente cuando revisamos sus indicadores económicos y sociales, sino lo que nos dice sobre algunas ideas que tenemos profundamente arraigadas. Porque mientras Suiza tiene fama de ser un lugar donde nunca pasa nada, nosotros hemos construido parte de nuestra identidad alrededor de la creatividad, la improvisación y esa capacidad tan venezolana de resolver cualquier problema. Nos gusta decir que aquí siempre encontramos una salida, que somos ingeniosos y que podemos adaptarnos a cualquier circunstancia. Sin embargo, cuando se mide la capacidad de una sociedad para transformar ese talento en innovación, los resultados nos obligan a mirar el asunto desde otra perspectiva.

El Índice Mundial de Innovación, elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), resulta especialmente interesante porque no se limita a medir cuántas patentes registra un país o cuántas empresas tecnológicas tiene. Su metodología incorpora alrededor de 80 indicadores que evalúan tanto las condiciones que hacen posible la innovación como los resultados que efectivamente se obtienen. Allí entran elementos como la calidad institucional, la educación, la investigación, la infraestructura, el desarrollo de los mercados, la sofisticación empresarial y la capacidad para generar conocimiento, tecnología y productos creativos. Es decir, no pretende determinar qué población tiene más imaginación o quiénes son más ingeniosos, sino qué tan preparado está un país para convertir sus capacidades en productos, procesos, empresas y actividades económicas que generen valor. Suiza ocupa el segundo lugar mundial en recursos para la innovación y el primero en resultados, una combinación que refleja su capacidad para convertir conocimiento e inversión en resultados concretos. Y esa diferencia, que puede parecer conceptual, tiene enormes implicaciones para entender lo que ocurre en Venezuela.

La diferencia entre resolver e innovar

Durante años hemos celebrado, con bastante razón, la capacidad del venezolano para resolver. Quienes hemos trabajado con empresas en el país sabemos que mantener una operación funcionando en medio de las dificultades que hemos enfrentado exige una combinación extraordinaria de flexibilidad, ingenio y perseverancia. He conocido empresarios que han tenido que reinventar sus cadenas de suministro, desarrollar mecanismos alternativos para garantizar sus operaciones, buscar soluciones frente a las fallas de los servicios públicos y modificar varias veces sus modelos de negocio para adaptarse a un entorno que cambia constantemente. Son capacidades que tienen mucho valor y que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en ventajas competitivas. Pero también creo que hemos terminado romantizando demasiado esa habilidad, sin preguntarnos cuánto nos cuesta como sociedad tener que utilizarla permanentemente.

Porque una cosa es ser creativo para desarrollar un nuevo producto, mejorar un proceso o identificar una oportunidad de mercado, y otra muy distinta es tener que utilizar esa misma creatividad para conseguir electricidad, acceder a divisas, sortear dificultades logísticas o interpretar regulaciones que cambian con frecuencia. En ambos casos hay ingenio, pero sus consecuencias económicas son diferentes. En el primero, el esfuerzo puede traducirse en productividad, crecimiento y generación de riqueza. En el segundo, una parte importante de los recursos se destina simplemente a compensar deficiencias del entorno. El empresario puede sentirse satisfecho porque logró resolver el problema y mantener su negocio funcionando, pero eso no significa necesariamente que su empresa sea más productiva o competitiva. Muchas veces, simplemente consiguió evitar una pérdida mayor.

Esta distinción también está presente en la literatura económica. El Manual de Oslo, desarrollado por la OCDE y Eurostat, establece que la innovación empresarial implica introducir un producto o proceso nuevo o significativamente mejorado que efectivamente llegue al mercado o sea utilizado por la organización. No basta con tener una buena idea ni con encontrar una solución ingeniosa: debe existir una aplicación concreta que represente una mejora relevante. Esta definición es importante porque nos permite separar la creatividad individual de la capacidad de una economía para transformar conocimiento en resultados productivos. Y cuando utilizamos ese criterio para observar la realidad venezolana, encontramos que buena parte de nuestro esfuerzo empresarial está orientado a enfrentar obstáculos que limitan, precisamente, la posibilidad de innovar.

En economía existe un concepto que ayuda a entender esta situación: el costo de oportunidad. Cada hora que un gerente dedica a resolver una falla de electricidad, cada recurso financiero que una empresa destina a protegerse de la incertidumbre y cada inversión que se realiza para compensar deficiencias de infraestructura representan tiempo y capital que no pueden utilizarse en otras actividades. Pensemos en lo que significaría para una empresa venezolana poder dedicar una parte mayor de su esfuerzo gerencial a desarrollar nuevos productos, capacitar trabajadores, incorporar tecnología, investigar mercados o mejorar sus procesos. No estoy diciendo que estas actividades no se realicen actualmente, porque hay muchas empresas que están haciendo esfuerzos importantes en esa dirección, sino que el entorno obliga a distribuir recursos de una manera que termina castigando la productividad. Y cuando ese fenómeno se repite durante años y afecta a miles de empresas, sus consecuencias sobre el crecimiento económico son considerables.

Las instituciones también producen innovación

Uno de los aspectos que más me interesa de esta discusión es la relación entre la calidad institucional y la capacidad de innovar. En ocasiones hablamos de las instituciones como si fueran un asunto exclusivamente político o jurídico, cuando en realidad tienen consecuencias muy concretas sobre las decisiones económicas. La seguridad jurídica, el respeto a los contratos, la protección de los derechos de propiedad, la competencia y la previsibilidad regulatoria influyen directamente sobre cuánto están dispuestas a invertir las empresas, qué riesgos pueden asumir y cuál es el horizonte temporal de sus decisiones. Una empresa que no tiene certeza razonable sobre las reglas bajo las cuales operará dentro de cinco años difícilmente estará dispuesta a comprometer recursos importantes en proyectos de investigación o desarrollo cuyos resultados son inciertos y pueden tardar mucho tiempo en materializarse.

Esta relación ha sido ampliamente estudiada por la economía institucional. Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson, en su trabajo Institutions as a Fundamental Cause of Long-Run Growth (2005), plantean que las instituciones económicas desempeñan un papel fundamental en las diferencias de desarrollo entre países porque determinan los incentivos para invertir, acumular capital humano, adoptar tecnología y organizar la producción de manera eficiente. Su argumento central es que no basta con disponer de recursos o talento si las reglas del juego no favorecen su utilización productiva. Esta perspectiva resulta particularmente relevante para Venezuela, donde durante décadas hemos experimentado una combinación de inestabilidad macroeconómica, debilidad institucional, restricciones financieras y cambios regulatorios que han reducido los incentivos para invertir a largo plazo.

La evidencia empírica también apunta en esa dirección. Un estudio de Silve y Plekhanov, publicado en Economics of Transition en 2018, encontró que los países con instituciones económicas más sólidas tienden a especializarse en industrias con mayor intensidad de innovación y que esas actividades muestran un crecimiento relativamente más rápido cuando operan en entornos institucionales de mejor calidad. Lo interesante de esta investigación es que permite identificar un mecanismo concreto mediante el cual las instituciones influyen sobre el crecimiento: no solamente facilitan la inversión, sino que también favorecen el desarrollo de sectores productivos que requieren mayores capacidades tecnológicas y conocimiento. Por eso, cuando insistimos en la necesidad de mejorar el marco institucional venezolano, no estamos hablando de una condición abstracta ni de un requisito que pueda postergarse hasta que la economía se recupere. Estamos hablando de uno de los elementos que determinan qué tipo de economía podremos construir.

Aquí es donde el caso suizo resulta particularmente interesante. Suiza no ocupa el primer lugar del índice porque sus habitantes tengan necesariamente más imaginación que los venezolanos, sino porque ha construido un ecosistema que facilita transformar conocimiento en valor económico. Cuenta con universidades y centros de investigación de primer nivel, empresas que invierten de manera sostenida en investigación y desarrollo, mecanismos de financiamiento, infraestructura confiable y un marco institucional que ofrece previsibilidad. Además, ha desarrollado una relación estrecha entre el conocimiento académico y las necesidades del sector productivo, algo que suele mencionarse en las discusiones sobre innovación, pero que no siempre conseguimos traducir en acciones concretas en América Latina. Lo interesante es que buena parte de esas fortalezas se han construido durante décadas, mediante procesos acumulativos que requieren continuidad, coordinación y una visión de largo plazo.

Quizás lo que desde afuera vemos como una sociedad donde ocurren pocas cosas extraordinarias sea precisamente una de las condiciones que permiten que sucedan cosas extraordinarias en materia de innovación. Cuando las reglas son relativamente estables, los contratos se respetan, el financiamiento funciona y las instituciones ofrecen confianza, las empresas pueden concentrarse en asumir los riesgos propios de su actividad, en lugar de dedicar una parte desproporcionada de sus esfuerzos a protegerse de los riesgos del entorno. La innovación siempre implica incertidumbre, porque nadie puede garantizar que una nueva tecnología, un producto o un modelo de negocio tendrá éxito. Pero existe una diferencia fundamental entre asumir riesgos para crear valor y asumir riesgos simplemente para continuar operando. Las economías más innovadoras no eliminan la incertidumbre empresarial; crean condiciones para que las empresas puedan concentrarse en aquella que está asociada con producir, competir y crecer.

Sin inversión no hay innovación sostenible

Hay una segunda dimensión que considero fundamental y que muchas veces queda fuera de las discusiones sobre creatividad: la innovación requiere inversión. Y no solamente inversión en maquinaria, equipos o infraestructura, sino también en investigación, desarrollo tecnológico, formación de trabajadores, organización empresarial y activos intangibles. Muchas de esas inversiones tienen una característica que las hace especialmente sensibles al entorno económico: sus resultados son inciertos, pueden tardar años en aparecer y, en algunos casos, no generan activos que puedan utilizarse fácilmente como garantía para obtener financiamiento. Esto significa que una economía con mercados financieros poco desarrollados, crédito escaso y elevada incertidumbre enfrenta dificultades adicionales para sostener procesos de innovación, incluso cuando dispone de talento y oportunidades de negocio.

La investigación académica ha documentado la importancia de estas condiciones. Una revisión de Jie He y Xuan Tian, publicada en Annual Review of Financial Economics en 2020, examina cómo las instituciones, el desarrollo de los mercados financieros, las leyes y las políticas públicas influyen sobre los incentivos y la capacidad de las empresas para invertir en innovación. Esta relación tiene implicaciones evidentes para Venezuela. Durante años hemos operado con un sistema financiero que enfrenta restricciones severas para cumplir adecuadamente su función de intermediación, lo que limita las posibilidades de financiar proyectos productivos de mediano y largo plazo. Si una empresa tiene dificultades para acceder a crédito destinado a capital de trabajo o adquisición de equipos, resulta todavía más complejo financiar actividades de investigación y desarrollo cuyos retornos son inciertos.

Esto nos lleva a una discusión que considero central para la recuperación económica venezolana. No basta con atraer inversiones si estas se concentran exclusivamente en recuperar capacidad instalada o aprovechar oportunidades de corto plazo. Esas inversiones son necesarias y pueden generar resultados positivos en producción, empleo y actividad económica, pero el salto hacia una economía más competitiva requiere que una parte creciente del capital se destine a incorporar nuevas tecnologías, desarrollar capacidades empresariales y mejorar la productividad. También requiere fortalecer el sistema financiero, ampliar las fuentes de financiamiento y construir mecanismos que permitan compartir los riesgos asociados con proyectos innovadores. El capital de riesgo, por ejemplo, cumple un papel importante en determinados sectores porque permite financiar iniciativas que difícilmente accederían a un préstamo bancario tradicional, aunque no sustituye la necesidad de contar con crédito empresarial, mercados de capitales e instituciones financieras sólidas.

En este punto conviene recordar que la innovación no es un asunto exclusivo de empresas tecnológicas o grandes laboratorios. Una empresa agrícola que incorpora nuevas técnicas de producción, una industria que automatiza procesos, un comercio que mejora su gestión de inventarios mediante herramientas digitales o una compañía de servicios que utiliza información para atender mejor a sus clientes pueden estar desarrollando innovaciones con efectos relevantes sobre su productividad. La transformación tecnológica de una economía depende tanto de la creación de conocimiento como de su difusión y adopción por parte de las empresas. Para Venezuela, donde existen importantes brechas de productividad y una estructura empresarial muy heterogénea, mejorar la capacidad de incorporar tecnologías y prácticas de gestión puede ser tan importante como impulsar proyectos de investigación avanzada.

Productividad: el verdadero resultado que debemos perseguir

La relación entre innovación y crecimiento económico es especialmente importante para entender los desafíos de Venezuela. Una economía puede crecer durante algunos años porque recupera capacidad instalada que estaba paralizada, porque aumentan sus exportaciones o porque mejora el consumo después de una contracción profunda. Pero sostener ese crecimiento durante períodos prolongados requiere producir cada vez más valor con los recursos disponibles, y allí la innovación desempeña un papel central. La productividad no aumenta solamente porque los trabajadores se esfuercen más, sino porque cuentan con mejores herramientas, conocimientos, procesos, tecnologías y formas de organización. De allí que la inversión en innovación tenga consecuencias que van mucho más allá de las empresas que la realizan, porque puede elevar la competitividad, facilitar la diversificación productiva y ampliar las posibilidades de crecimiento de toda la economía.

La investigación sobre prácticas gerenciales también ofrece evidencia relevante. Nicholas Bloom y John Van Reenen, en un estudio publicado en The Quarterly Journal of Economics en 2007, analizaron prácticas de gestión en empresas manufactureras de Estados Unidos y varios países europeos, encontrando una asociación importante entre la calidad de la gestión y variables como productividad, rentabilidad y supervivencia empresarial. También identificaron diferencias significativas entre empresas y países, relacionadas, entre otros factores, con la intensidad de la competencia. Este hallazgo resulta interesante porque nos recuerda que mejorar la productividad no depende exclusivamente de grandes inversiones tecnológicas. La calidad de la gerencia, la organización del trabajo, la medición de resultados y la capacidad para incorporar mejores prácticas también desempeñan un papel relevante.

En Venezuela esta discusión adquiere especial importancia por la etapa que estamos atravesando. Después de una contracción económica extraordinaria, años de inestabilidad y un deterioro considerable de nuestra capacidad productiva, existen oportunidades para recuperar actividades, atraer inversiones y aprovechar espacios de crecimiento. Sin embargo, debemos tener cuidado con confundir recuperación con transformación. Una economía puede experimentar tasas de crecimiento importantes simplemente porque parte de niveles muy deprimidos, pero eso no significa que haya resuelto sus problemas estructurales. Podemos recuperar producción petrolera, reactivar industrias y ampliar determinados mercados, pero si no conseguimos mejorar las condiciones para invertir, financiar proyectos, formar talento y desarrollar nuevas capacidades productivas, estaremos reconstruyendo una economía que seguirá teniendo dificultades para sostener su crecimiento en el tiempo.

Tampoco deberíamos interpretar estos resultados como un problema exclusivamente venezolano. América Latina presenta rezagos importantes en innovación y productividad, incluso entre sus economías más desarrolladas. En el índice de 2026, Chile, el país mejor ubicado de la región, aparece en el puesto 51, seguido por Brasil en el 53, México en el 65, Uruguay en el 66 y Costa Rica en el 70. La propia OMPI señala que la región cuenta con activos importantes, pero que estos no se han traducido en un sistema regional de innovación suficientemente sólido. Son economías con trayectorias y estructuras productivas diferentes, pero que comparten dificultades para conectar de manera más efectiva sus universidades, empresas, sistemas financieros y centros de investigación. Nuestra región ha tenido períodos de crecimiento importantes, ha recibido inversiones y cuenta con abundantes recursos naturales, pero no siempre ha conseguido traducir esas ventajas en aumentos sostenidos de productividad. En ese contexto, Venezuela enfrenta un desafío todavía mayor, porque además de fortalecer su capacidad de innovación necesita recuperar condiciones institucionales y económicas que otros países de la región, con todas sus limitaciones, han logrado preservar.

El talento existe, pero necesita condiciones para desarrollarse

Hay otro factor clave y tiene que ver con el talento humano. Venezuela ha experimentado una emigración muy importante durante los últimos años, incluyendo profesionales, investigadores, técnicos y emprendedores. Ese proceso representa una pérdida de capacidades para el país, aunque también ha dado lugar a redes de venezolanos que hoy participan en empresas, universidades y proyectos en distintas partes del mundo. Muchas de esas personas han podido desarrollar su potencial en entornos que ofrecen mejores oportunidades de financiamiento, infraestructura, formación y crecimiento profesional. Eso debería llevarnos a una conclusión importante: el talento venezolano puede competir y destacarse cuando encuentra las condiciones adecuadas. El problema es que nuestro entorno económico e institucional no siempre permite aprovecharlo. Y si queremos avanzar hacia una economía más innovadora, necesitamos no solamente formar nuevas generaciones, sino crear oportunidades para que ese talento pueda desarrollarse, permanecer en el país o vincularse productivamente con él desde el exterior.

También creo que ha llegado el momento de revisar la manera en que hablamos de la resiliencia empresarial. Durante años hemos destacado la capacidad de las empresas venezolanas para resistir condiciones adversas, y ese reconocimiento es merecido. Sin embargo, la resiliencia no puede convertirse en nuestro principal objetivo económico. Una empresa que sobrevive demuestra fortaleza, pero el desarrollo exige algo más que sobrevivir. Necesitamos empresas capaces de invertir, competir, aumentar su escala, incorporar tecnología y construir ventajas que no dependan exclusivamente de su habilidad para adaptarse a un entorno difícil. El desafío consiste en pasar de una cultura empresarial centrada en administrar contingencias a otra donde la planificación, la innovación y la productividad ocupen un espacio cada vez mayor. Y eso requiere cambios tanto dentro de las organizaciones como en las condiciones generales de la economía.

No quiero que esta reflexión se interprete como una crítica a la creatividad venezolana, porque pienso exactamente lo contrario. Tenemos una enorme reserva de talento, capacidad emprendedora y conocimiento acumulado, incluso después de tantos años de dificultades. Lo que cuestiono es la idea de que esas capacidades, por sí solas, son suficientes para impulsar el desarrollo. La evidencia internacional muestra que la innovación no aparece de manera automática porque existan personas ingeniosas. Requiere incentivos adecuados, competencia, financiamiento, educación de calidad, investigación, infraestructura e instituciones que permitan asumir riesgos con un horizonte razonable. Por eso, cuando hablamos de transformar la economía venezolana, la discusión no debería limitarse a cuánto podemos crecer en los próximos años, sino también a qué condiciones necesitamos construir para que ese crecimiento sea más productivo, diversificado y sostenible.

El país que deberíamos aspirar a construir

Muchas de las transformaciones que necesitamos no producirán resultados inmediatos, porque mejorar la calidad educativa, fortalecer la investigación, desarrollar mercados financieros o recuperar la confianza institucional son procesos que requieren tiempo. Pero precisamente por eso es importante comenzar cuanto antes. Una de las dificultades que hemos tenido como país es nuestra tendencia a concentrarnos en la urgencia, algo comprensible después de tantos años de crisis, pero que termina desplazando permanentemente las decisiones de largo plazo. La innovación necesita una mirada que vaya más allá del próximo trimestre, del siguiente ajuste cambiario o de la coyuntura política. Necesita que empresas, universidades, instituciones y responsables de políticas públicas comprendan que buena parte de la prosperidad futura depende de decisiones que deben tomarse hoy, aunque sus resultados más importantes se materialicen dentro de varios años.

Al final, la comparación entre Suiza y Venezuela me deja una reflexión que va más allá de las posiciones de un ranking. Hemos terminado asociando la capacidad de resolver con una forma de dinamismo, como si vivir permanentemente enfrentando dificultades fuera una demostración de nuestras posibilidades económicas. Pero una sociedad puede estar llena de actividad, improvisación y esfuerzo sin que eso se traduzca necesariamente en progreso. De la misma manera, una economía donde las cosas funcionan con relativa normalidad puede estar acumulando conocimiento, desarrollando tecnología y creando las condiciones para sostener niveles elevados de productividad y bienestar. Quizás por eso Suiza nos parece aburrida: porque buena parte de los problemas que ocupan nuestra atención cotidiana allí han dejado de ser una preocupación central para las personas y las empresas.

Me gustaría que Venezuela llegara a ser un país un poco más aburrido en ese sentido. No porque perdamos nuestra creatividad, nuestra energía o nuestra capacidad emprendedora, sino porque podamos utilizar todas esas cualidades para objetivos más ambiciosos. Que nuestros empresarios dediquen menos tiempo a resolver fallas de servicios públicos y más a desarrollar productos; que nuestros jóvenes encuentren oportunidades para investigar, emprender y construir carreras profesionales; que las universidades puedan conectarse mejor con el aparato productivo y que invertir a largo plazo deje de ser una apuesta extraordinaria. No creo que el talento sea nuestro principal problema, pero sí estoy convencido de que llevamos demasiado tiempo desperdiciando una parte importante de ese talento en actividades que no generan todo el valor que podrían generar.

Quizás esa sea la lección más importante que podemos extraer del Índice Mundial de Innovación 2026. El desafío venezolano no consiste en demostrar que somos capaces de resolver problemas, porque de eso tenemos evidencia de sobra. Consiste en construir una economía donde no sea necesario dedicar tanta energía a resolver lo elemental y donde esa capacidad creativa pueda convertirse en conocimiento, productividad, empresas competitivas y mejores oportunidades para la población. La distancia que hoy nos separa de países como Suiza no se cerrará solamente con entusiasmo, talento o buenas intenciones, sino con instituciones, inversión, educación, estabilidad y una visión de largo plazo. Y aunque ese camino será complejo, creo que es una discusión que debemos comenzar a dar con mucha más seriedad, porque el verdadero potencial de Venezuela no está en lo bien que hemos aprendido a sobrevivir a nuestras dificultades, sino en todo lo que podríamos construir si dejáramos de estar obligados a hacerlo.

Tomado de Substack.

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