Ángel Montiel | La luz de Di Martino
El alcalde de Maracaibo, Gian Carlo Di Martino, anuncia que la Feria de La Chinita será “por todo lo alto”. Las festividades comenzarán desde el mes de octubre con el encendido de las luces navideñas. “Serán más de un mes de fiestas”.
El libreto oficial se repite con el cinismo característico del alcalde de Maracaibo, que ya no sorprende a nadie. El burgomaestre se llena la boca prometiendo la mejor feria de La Chinita y las navidades más espectaculares de la historia. Montan tarimas, contratan artistas y extienden el calendario de parrandas como si los recursos salieran de las piedras. Pero la realidad de la calle no se tapa con un concierto. Mientras el discurso político vende un Zulia de fantasía, los hogares marabinos se cocinan en la oscuridad de un sistema eléctrico colapsado que destruye la calidad de vida.
La contradicción insulta nuestra inteligencia. El gobierno pretende gastar millones de kilovatios en encender los adornos de la avenida Bella Vista y de la 5 de Julio para crear un oasis de luz artificial. Apenas a dos cuadras de esa vitrina de fantasía, las familias pasan horas continuas sin servicio eléctrico.
No hay ventilador que aplaque el calor de nuestra tierra, ni planta eléctrica que soporte el bolsillo del trabajador. El contraste es macabro: derroche en la plaza pública, miseria y oscuridad en las barriadas.
Este simulacro de bienestar desnuda una estrategia vieja y desgastada. Nos gobiernan desde una burbuja ajenos del suplicio de desvelarse espantando mosquitos a brazo limpio. La infraestructura eléctrica colapsó bajo el peso de la desidia y ningún despliegue de fuegos artificiales borrará las horas de angustia que vive la madre y el abuelo que padecen las consecuencias de este colapso sistemático.
A esto se suma el desplome de los servicios complementarios. El agua potable llega cada quince días, si eres afortunado, o mediante camiones cisterna insalubres que cuestan una fortuna. Las calles llenas de huecos, la basura acumulada y el transporte destartalado y deficiente completan un cuadro de abandono que convierte cualquier rutina diaria en una dura prueba de sobrevivencia. Nos quieren conformistas, atrapados entre la resignación y la dependencia de dádivas que no resuelven el fondo del problema. Es precisamente ahí donde la gaita zuliana cobra su verdadero valor. Funciona como una crónica viva de un pueblo que se niega a arrodillarse. Su tradición no es solo la fiesta, es la voz irreverente que desnuda los abusos del poder.
Desde que el gran Ricardo Aguirre le inyectó el alma contestataria, este compendio de furia se convirtió en la crónica diaria del zuliano de a pie. Cuando nuestras calles naufragan en la oscuridad y los servicios públicos brillan por su ausencia, la gaita vuelve a ponerse de pie para recordarle al poder que la desidia no se tapa con tarimas ni con conciertos patrocinados por la propaganda.
Cantar contra la injusticia desde el furro y la tambora es un acto de soberanía popular. Mientras los voceros de siempre intentan imponer un relato de falsa bonanza, la gaita de protesta señala al culpable sin rodeos y pone en evidencia el cínico contraste entre el derroche oficial y el sufrimiento de las familias.
Se pretende adormecer la frustración colectiva con el viejo truco del pan y del circo, pero los marabinos ya no compramos espejitos de colores. Exigir luz y agua no es un capricho, es un derecho inalienable en una región que le ha dado tanto a Venezuela y que hoy solo recibe anuncios vacíos de conciertos y de luces efímeras.
La verdadera fe a la Virgen de Chiquinquirá y la alegría de nuestras tradiciones no dependen de la electricidad, pero nuestra dignidad sí. Que La Chinita nos encuentre unidos y de pie no es un logro de los discursos oficiales, sino el testimonio de nuestra resistencia. Festejar en la oscuridad no es un orgullo, es el retrato doloroso de la paradoja del Zulia. Celebrar a oscuras es un recordatorio perpetuo de que el verdadero brillo de nuestra tierra sigue estando en su gentilicio y no en bombillos efímeros de propaganda.
