El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | Luz en la caverna

Recientemente me encontré con un video que me ayudó a considerar algunos pasajes de Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. El responsable del video es el crítico español José G, Maestro. En esos minutos de grabación, Maestro intenta responder a la pregunta: ¿Cómo superar una tragedia cuando todo parece perdido? Y para ello se vale del capítulo XI de la tercera parte del clásico de Gallegos cuyo nombre no puede ser más sugestivo: luz en la caverna. Creo que merece la pena, en especial para la hora que vive el país, someternos al escrutinio que teje Rómulo Gallegos en esas páginas, ya que, entre otras cosas, creo que tuvo un conocimiento muy profundo del alma del venezolano de ese momento.

En febrero de 1929, cuando Rómulo Gallegos publicó Doña Bárbara, Venezuela vivía bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez. Noventa y siete años después, la novela sigue siendo un espejo incómodo donde la Venezuela contemporánea puede reconocer sus propias contradicciones. El capítulo XI de la tercera parte, titulado Luz en la caverna, concentra en una escena conmovedora -la muerte de Lorenzo Barquero y la transformación moral de su hija Marisela- los temas centrales que Gallegos legó a la conciencia nacional; estos son, la superación de la tragedia, la tensión entre civilización y barbarie, y la posibilidad de redención en medio del colapso.

La escena nos muestra a Santos Luzardo y su empleado Pajarote, tras eliminar a un sicario enviado por Doña Bárbara, llegando de noche a La Chusmita, la ruinosa vivienda de Lorenzo Barquero, el padre de Marisela. Allí encuentran a la joven acariciando el cadáver de su padre, hablándole como si aun estuviera vivo. Ocurren allí dos revelaciones. La primera de ellas es contemplar a Marisela descubrir en sí misma una capacidad de ternura y piedad que nadie le conocía. La niña fiera, educada en la barbarie por su madre, revela una humanidad que la barbarie no había logrado extinguir por completo. La segunda, Santos Luzardo, atormentado por la culpa de haber matado a un hombre, recibe de Marisela la absolución. Ella deduce que fue Pajarote, no Santos, quien disparó el tiro mortal, porque la herida del sicario está en el lado izquierdo, imposible desde el ángulo en que Santos se encontraba. Estas dos revelaciones nos ayudan a comprender que la fuerza más eficaz no siempre está en la violencia, sino en el uso prudente y sabio de la razón. Pero también revela una verdad incómoda. Según Maestro, la novela exonera moralmente al héroe civilizado (Santos) mientras carga al pueblo llano (Pajarote) con el trabajo sucio necesario para que la civilización prevalezca: “la novela es elitista, señala, protege a la elite de cometer crímenes mientras el pueblo hace el trabajo sucio”.

Esta ambigüedad moral es clave para entender por qué Gallegos sigue interpelando a Venezuela. La novela no ofrece una fórmula maniquea, sino un diagnóstico de las contradicciones que toda sociedad enfrenta cuando intenta construir civilización sobre cimientos de violencia.

Ahora bien, como sabemos que Doña Bárbara fue leída como una alegoría del proyecto civilizatorio venezolano. Santos Luzardo representa la ley, la educación, la ciudad, el progreso; Doña Bárbara encarna la superstición, la violencia, el caudillismo, el atraso. Gallegos expresará su disgusto con la sociedad venezolana, confrontando y comparando el bien y el mal mediante la dicotomía civilización-barbarie. Sin embargo, la crítica contemporánea ha matizado esta lectura. El conflicto de cultura y barbarie en la obra de Gallegos no corresponde exactamente al conflicto de civilización y barbarie en Sarmiento, porque en Gallegos se trata más bien de luchas del hombre contra la influencia del medio que de un determinismo geográfico o racial. La crítica más reciente insiste en que civilización y barbarie son dos actos capaces de alternarse uno con otro; pero es la barbarie quien gobierna.

Durante décadas, la democracia venezolana (1958-1998) se presentó como el triunfo de la civilización galleguiana: tenemos partidos políticos, instituciones, elecciones, estado de derecho. Pero como señala Francisco Herrera Luque en Los cuatro reyes de la baraja (1991), la historia venezolana revela un patrón recurrente de uso y abuso del poder donde la incapacidad para asumir su esencia mestiza, la fascinación degradante por Europa, el desprecio por las libertades, la falta de respeto por el adversario y el culto fanático por el amiguismo han impedido una democracia plena. Herrera Luque identifica cuatro reyes de la baraja que han marcado el poder en Venezuela: José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez y Rómulo Betancourt. Este último, paradójicamente, es quien institucionaliza el ADN democrático del venezolano a partir de 1945, pero también quien inaugura el sistema de partidos que, según críticos como Carlos Rangel, degeneraría en una democracia a medias y en retroceso.

El momento culminante del capítulo XI ocurre cuando Marisela, llorando sobre el cadáver de su padre, le dice a Santos: “No ves como no era posible?” Ella lo absuelve de la culpa que él mismo se había impuesto. Maestro interpreta esto como la luz que Santos Luzardo encendió en el alma de Marisela. Su clara intuición y sabiduría destruidas; la chispa de bondad, la luz que ilumina el juicio, el consuelo para el alma atribulada. Esta luz en la caverna es la metáfora más poderosa que Gallegos transmitió a Venezuela. En medio de la tragedia surge la posibilidad de redención a través del reconocimiento mutuo, del amor, de la confianza. Como señala el narrador galleguiano: “no fue el hecho de que la bala que mató al Brujeador no fuera suya lo que cambió la situación... sino la confianza que ella deposito en él”. Para la Venezuela de hoy, esta escena tiene una lección crucial. La salida del colapso no vendrá de la fuerza bruta, ni de la pura razón ilustrada, sino de la capacidad de los venezolanos de reconocerse en el otro, de confiar en que la chispa de bondad existe incluso en medio del colapso. Creo que las escenas de solidaridad que nos dejó el reciente terremoto es una imagen contundente al respecto.

Rómulo Gallegos, desde el capitulo Luz en la caverna, habla a la Venezuela de hoy con una vigencia que pocos textos del canon literario latinoamericano pueden igualar. Su diagnóstico de la tensión entre civilización y barbarie, su exploración de la culpa y la redención, su revelación de que la fuerza más eficaz no siempre está en la violencia, sino en el uso prudente y sabio de la razón, son lecciones que la Venezuela contemporánea necesita escuchar. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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