Alfonso Hernández Ortiz | “Señor Trump, Venezuela no baila”: resiste mientras se agota su paciencia
Donald Trump afirmó esta semana que los venezolanos “están bailando en las calles” gracias al dinero que comienza a ingresar producto de las nuevas inversiones petroleras estadounidenses. Pocas declaraciones habían retratado con tanta claridad el abismo existente entre la geopolítica internacional y la tragedia cotidiana de millones de venezolanos. Desde Estados Unidos se celebra el regreso del capital energético, pero dentro del país la realidad continúa marcada por apagones, hospitales colapsados, pobreza extrema y una sociedad física y moralmente agotada.
El problema no es únicamente la frivolidad de la frase. Lo verdaderamente grave es lo que esa afirmación revela. Para buena parte de la comunidad internacional, el drama venezolano dejó de ser un conflicto humanitario y republicano para convertirse en una oportunidad estratégica alrededor del petróleo, el gas, el oro y los minerales críticos. La libertad política quedó reducida a un accesorio discursivo dentro de una negociación mucho más amplia donde los intereses económicos parecen pesar más que la dignidad de millones de personas.
En ese contexto, Trump intenta presentar el caso venezolano como un éxito político y geopolítico. Necesita proyectar liderazgo hemisférico, estabilidad energética regional y capacidad de influencia internacional. Sin embargo, la realidad destruye completamente ese relato triunfalista.
No, Venezuela no está bailando.
Y quien crea eso jamás ha vivido una noche en Maracaibo sin electricidad, soportando
temperaturas que superan fácilmente los 45 grados mientras ancianos, enfermos y niños intentan dormir atrapados entre calor, oscuridad y desesperación.
Aunque hoy escribo desde el exilio, viví durante años esa realidad desde Maracaibo, una de las ciudades más golpeadas por el colapso eléctrico venezolano. Por eso puedo decirlo sin romanticismos ni discursos propagandísticos, Venezuela dejó hace mucho tiempo de atravesar una simple crisis económica. Lo que existe hoy es una demolición progresiva de la dignidad humana.
En el Zulia, miles de familias sobreviven entre apagones interminables, hospitales paralizados y alimentos dañados. La gente aprendió a administrar hielo, agua y paciencia como si viviera atrapada en una guerra lenta y silenciosa. Dormir se convirtió en un desafío cotidiano y sobrevivir pasó a ser una rutina nacional. Muchos hogares pasan horas intentando conservar algo de comida, cargar un teléfono o simplemente resistir otra noche más.
Pero el Zulia ya no representa una excepción dentro del colapso nacional. Durante los últimos días, buena parte del país volvió a quedar paralizada por fallas eléctricas prolongadas. En estados como Carabobo, ciudadanos salieron a las calles denunciando racionamientos que superan las cuatro horas diarias. En Bolívar, comunidades completas bloquearon vías después de permanecer más de setenta horas sin servicio eléctrico. Hospitales sobreviven prácticamente en terapia intensiva y miles de familias deben resolver por cuenta propia el acceso al agua potable y a medicamentos básicos.
Por eso Venezuela no baila.
Venezuela resiste.
Resisten los médicos que trabajan sin insumos. Resisten los profesores universitarios que
prácticamente trabajan gratis. Resisten las madres que deben escoger entre comprar comida o medicamentos. Resisten los estudiantes que todavía marchan exigiendo libertad y la liberación de presos políticos. Resisten millones de venezolanos atrapados entre un régimen autoritario y una comunidad internacional que comienza peligrosamente a normalizar la ausencia de libertades democráticas.
La tragedia venezolana ya no duele solamente por el sufrimiento interno. También duele por la velocidad con la que parte del mundo parece dispuesto a olvidar principios democráticos elementales cuando aparecen petróleo, gas y minerales estratégicos sobre la mesa.
Porque cuando Trump afirma que los venezolanos “bailan”, no está describiendo la vida cotidiana del país. Está celebrando la euforia de los mercados que vuelven a mirar a Venezuela como un territorio rentable. Ese baile ocurre en las bolsas de valores, en los despachos corporativos y en las mesas donde se negocia el poder. No en los barrios donde millones de personas sobreviven entre precariedad, miedo e incertidumbre.
Yo mismo fui víctima de esa destrucción. Como profesor universitario agregado de la Universidad del Zulia, para el año 2018 mi salario mensual no alcanzaba ni siquiera para comprar alimento para mis cuatro perros. La frase puede sonar amarga, pero describe con exactitud la degradación económica y moral que sufrió el sistema universitario venezolano.
No existe prosperidad posible en un país donde un profesor universitario gana menos que un saco de alimento para perros.
Y hoy los profesores están peor. Mucho peor. Un académico con doctorado, publicaciones científicas, ascensos y dedicación exclusiva apenas sobrevive con ingresos equivalentes a un dólar mensual. La destrucción universitaria no fue accidental. El chavismo entendió desde el principio que debía quebrar económicamente al profesor, destruir el pensamiento crítico y desmontar cualquier espacio autónomo capaz de cuestionar al poder.
El resultado es devastador, universidades vacías, investigadores exiliados, fuga masiva de
talento y generaciones enteras creciendo en medio del abandono intelectual y la desesperanza.
Pero el deterioro nacional ya no es únicamente económico o institucional. Es moral. Y quizás allí se encuentra el daño más profundo del chavismo. Un país donde el mérito dejó de importar, donde la corrupción se normalizó y donde sobrevivir sustituyó a vivir termina fracturándose espiritualmente. La pobreza destruye bolsillos, pero la resignación destruye sociedades.
Y aun así, Trump parece sentirse perfectamente cómodo negociando con esa estructura. Allí aparece la gran contradicción política y moral de esta nueva etapa. Durante años Estados Unidos calificó al chavismo como una dictadura ilegítima vinculada al narcotráfico y sostenida por redes criminales enquistadas dentro del Estado venezolano.
Trump y Marco Rubio denunciaron repetidamente a figuras como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López como rostros visibles del llamado Cartel de los Soles. Hoy esos mismos nombres parecen menos problemáticos porque el petróleo volvió a fluir.
La contradicción resulta brutal.
Los hombres que ayer eran presentados como símbolos del narcoestado hoy forman parte del nuevo pragmatismo geopolítico alrededor de Venezuela. Lo que antes era considerado una amenaza continental ahora parece tolerable siempre que garantice estabilidad política y suministro energético.
Si Nicolás Maduro sigue siendo ilegítimo, ningún reacomodo interno del poder cambia la naturaleza del sistema. El aparato político, militar, económico y represivo permanece intacto. Continúan los presos políticos, la persecución, el miedo y el control absoluto de las instituciones públicas. También permanecen en posiciones de influencia las mismas figuras militares y civiles que durante años fueron denunciadas internacionalmente como parte de los núcleos más oscuros del chavismo.
El petróleo volvió, pero las libertades siguen desaparecidas.
Pero quizás el aspecto más inquietante de esta nueva etapa no sea únicamente el pragmatismo internacional, sino la manera en que el propio sistema político venezolano comienza a reacomodarse alrededor de esa nueva lógica.
En paralelo, el poder intenta rediseñar su imagen. Despliega millones de dólares en una campaña política permanente aun cuando el país continúa atrapado en incertidumbre institucional y deterioro social. Delcy Rodríguez aparece ahora vestida de azul, alejándose simbólicamente del rojo chavista tradicional y proyectando una narrativa de moderación, estabilidad y apertura internacional. El mensaje resulta evidente, vender la idea de un nuevo rostro político capaz de convivir cómodamente con las petroleras y los mercados internacionales sin desmontar realmente las estructuras de control construidas durante más de dos décadas.
Del otro lado, María Corina Machado continúa encabezando desde el exilio buena parte del discurso opositor y mantiene viva la promesa de regresar a Venezuela, obedeciendo a las tres fases del supuesto plan para Venezuela, estabilización, recuperación y transición establecido desde Washington. Sin embargo, el desgaste político también comienza a sentirse dentro de una sociedad agotada de promesas incumplidas, calendarios indefinidos y transiciones eternamente anunciadas.
Mientras tanto, Trump insiste en vender la idea de que Estados Unidos “gobernará” Venezuela hasta completar una transición “segura, apropiada y juiciosa”, como si un país destruido pudiera administrarse desde balances petroleros y cálculos geopolíticos. Todavía parece convencido de que los venezolanos celebran alrededor de los petrodólares mientras el país continúa hundido en apagones, hambre y salarios miserables.
La ironía resulta casi obscena.
Porque si esto es “estabilización”, Venezuela sigue colapsando. Si esto es “recuperación”, millones de venezolanos sobreviven sin electricidad, sin agua y sin posibilidades reales de alimentarse dignamente. Y si esta es la “transición” prometida desde Washington, entonces se parece demasiado a una administración pragmática del mismo sistema que durante años dijeron combatir.
Al final, pareciera que la democracia puede esperar siempre que el petróleo vuelva a fluir.
Pero quizás lo más interesante que empieza a surgir dentro del país no proviene ni del chavismo reciclado ni de la oposición tradicional. Empiezan a surgir nuevas voces, gente común, liderazgos sociales nacidos desde las comunidades, desde las protestas por agua, electricidad, salarios, hospitales y servicios públicos. Venezolanos que comienzan a entender que la lucha política dejó de ser un asunto de colores, consignas o autorizaciones internacionales. Porque al final el problema no es quién recibe el visto bueno de las potencias, sino quién está dispuesto a defender los intereses reales de la gente sin pedir permiso.
Allí podría comenzar el verdadero cambio venezolano, no desde los salones donde se reparte el país ni desde nuevos acuerdos energéticos, sino desde el agotamiento acumulado de una sociedad que ya perdió demasiado tiempo esperando salvadores externos.
Trump, entretanto, se ufana de su supuesto éxito venezolano y habla de petroleras felices, dinero entrando al país y venezolanos bailando.
Pero no.
Los únicos que bailan alrededor de esta tragedia son quienes descubrieron que la libertad venezolana puede negociarse en barriles de petróleo. Trump cree haber domesticado el problema venezolano porque logró domesticar temporalmente el petróleo. Pero las naciones humilladas no desaparecen bajo contratos energéticos. Acumulan rabia, frustración y silencio.
Y cuando el silencio se vuelve insoportable, las sociedades dejan de resistir y comienzan
a estallar.
Politólogo, Abogado
Doctor en Derecho y Ciencias Sociales
