Editorial: Los banqueros venezolanos no van al Paraíso (III)
La medicina y economía van de la mano. Son dos áreas que mantienen muchos elementos en común. Desde 1758 ya nos lo daba a conocer un médico de vocación y economista por pasión, el francés Francois Quesnay en su “tableau Economic” “cuadro económico “, con el que situaba a la agricultura como pulmón de riqueza.
Aquel hombre exponía claramente las relaciones de los productores, los propietarios y los estériles. Y definía filosofías que hoy siguen vigentes en el pensamiento económico moderno, como la mínima intervención del Estado en las dinámicas del mercado expresada en el icónico concepto del “laissez faire", (Dejar hacer).
En salud, por ejemplo, la medicina preventiva es una metodología y un enfoque basado en la ciencia, en economía se le llama “planificación y política económica”; en la primera se evita que el paciente enferme y el objetivo es mantenerlo sano, en la economía la planificación se ejecuta científicamente para lograr una salud financiera.
Y así entre otras relaciones entre ambos campos, como las medidas de shock igualmente usadas para estabilizar vidas o sociedades enteras al borde del colapso. Al final, el cuerpo humano, al igual que la economía son sistemas complejos y, en algunos casos, predecibles.
En Venezuela, desde la llegada del modelo cubano a Miraflores de la mano de Hugo Chávez, no se tomaron en cuenta las enseñanzas ni del francés, ni de las sociedades que habían transitado al equilibrio y el progreso. Se prefirió copiar los enfoques desastrosos del comunismo soviético matizándolo con la etiqueta del socialismo del Siglo XXI.
Fulminaron a punta de ideologías y autoritarismo bases económicas que pudieron ser perfectibles.
Se hipertrofió el poder con un país embelesado con un mesías que no sabía de economía, propenso a las expropiaciones y al control total de todos los medios de producción. Los desiertos en PDVSA y el campo no tardarían.
Fueron capaces de financiar la corrupción con el envión de la renta petrolera y la reedición ficticia de un dólar a 4,30 bolívares que no era más que una simulación de equidad. Nunca existió tal.
También relanzaron los bonos como mecanismo estrella en momentos en que el Gobierno necesitaba refinanciarse para continuar con el plan del crecimiento enfermo del gasto público, nóminas interminables, cantidad de ministerios, y programas sociales meramente clientelares.
El emprendimiento o el apoyo a tal fue y sigue siendo nulo.
Y detrás de todo aquello estaba un Banco Central de Venezuela que había caído presa del modelo intervencionista y destructor de la independencia del órgano. Lo moldearon para poner la imprenta a fabricar dinero sin valor y oxigenar la inflación, en sociedades groseras con los banqueros corruptos que amasaban más fortunas al amparo del sistema.
Las taras de los banqueros no era nuevas, ya antes del chavismo el país había sufrido crisis por la irresponsabilidad de estos. Debimos comprender las tensiones que configuraron el viernes negro, con Luis Herrera Campins en 1983, con un Leopoldo Díaz Bruzual “Búfalo”, entonces Presidente del BCV. O también las que figuraron en el paquete de los “Chicago Boys” de Miguel Rodríguez en el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez.
Por allá también los partidos no hicieron el trabajo y usaron el poder para controlar la banca pública. El criterio era la fidelidad a las siglas y no a las ciencias económicas.
Por ello el sistema financiero sufrió los desplomes de bancos e intervenciones por parte del Estado, lo que llevó a tomar decisiones duras, pero las consecuencias las pagaron los ciudadanos con sus ahorros.
Sonado fue el escándalo de los créditos a compañías aliadas de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) por parte del Banco de los Trabajadores, dirigido por Eleazar Pinto, ficha del partido Acción Democrática. La intervención marcaría un precedente en el país.

Por esos años colapsaron igualmente el Banco del Comercio y el Banco Nacional de Descuento. Pasamos de una renta petrolera incalculable y portentosa al crack bancario luego de una política intervencionista y un endeudamiento externo sin frenos.
La negra historia repetiría una década después, hacia 1994 con la intervención del histórico Banco de Maracaibo, una institución financiera calificada como la más antigua y sólida del país que recibió el coletazo de la quiebra Banco Latino, que terminó arrastrando a una nueva crisis financiera nacional.
Dato histórico del momento:
“La competencia por elevar los depósitos fue liderizada entre otros bancos por el Latino. Para finales del año 1993, el banco estaba ya inmerso en un esquema Ponzi pagando tasas de interés entre 80 y 100% sobre sus depósitos en contraste con tasas de 50% ofrecidas por otras instituciones. El banco se encontraba a todas luces en una necesidad imperiosa por elevar su flujo de caja, confrontando para peores males la fuga de un tercio de sus depósitos”Del informe “Quiebras bancarias y crisis financieras de Venezuela, una perspectiva macroeconómica”. BCV
Hoy las intervenciones de bancos no suenan tanto en Venezuela como las alianzas directas de Miraflores y la banca privada usada como herramienta de control o condena del emprendimiento venezolano. No interesa a Caracas impulsar lo privado, y los banqueros tradicionales le hacen la comparsa. No hay rescates, hay favores a la élite que maneja el poder…
Por ello responsablemente afirmamos que los banqueros no van al Paraíso y en una nueva Venezuela este modelo del sistema financiero debe ser sustituido por una política económica con nuevas figuras de honestos empresarios y economistas talentosos y con valores para que con podamos tener a una Nación con salud financiera
Carlos Alaimo
Presidente Editor
