Valmore Muñoz Arteaga | Andrés Eloy Blanco y la ternura como ciudadanía
Creo que puedo afirmar con seguridad convencida de que muy pocos poetas hispanoamericanos del siglo XX alcanzaron una intimidad tan directa con su gente como Andrés Eloy Blanco. Aunque en la actualidad pareciera que todo aroma a poesía ha desaparecido de nuestra vida cotidiana, hubo un tiempo en que los versos de Andrés Eloy se recitaban en las escuelas, en los velorios, en las sobremesas y en los actos cívicos; se decían de memoria sin que muchos recuerden de quién son, que es quizá la forma más alta de la fama, aquella de quien se ha vuelto parte del idioma doméstico de un país. Sin embargo, esa popularidad ha tenido un precio crítico. Durante décadas se le ha leído con cierta condescendencia, como un poeta «sentimental» o «fácil», incapaz de las audacias formales de las vanguardias.
A pesar de ello, me gustaría retomar su recuerdo en estas líneas para meditar sobre la ternura como postura ética y política; cuyo dolor no se encerró en el yo, sino que se volvió entrañable porque pertenece a todos; y cuyo arraigo popular no es concesión al gusto de la mayoría, sino una decisión estética deliberada. La obra de Andrés Eloy Blanco, al menos, su obra poética, nos desnuda una visión del amor, sea amor de pareja, de madre, de hijo o de patria, funciona como una forma de ternura civil: una manera de mirar al otro que funda comunidad. Además, su manera de expresar el dolor, enmarcado en esta misa dinámica, tan presente en la elegía, el exilio y la pérdida, es entrañable en el sentido más literal, porque se aloja en las entrañas de la vida común y no en la torre de marfil del poeta maldito.
¿Qué significa ternura civil? La ternura suele pensarse como un sentimiento privado, blando, propio del ámbito doméstico. Lo civil, en cambio, pertenece a la plaza, a la ley, a la vida compartida. En Andrés Eloy Blanco ambos órdenes intuyo que se tocan. La delicadeza con que se dirige a la amada, al niño o a la madre es, en el fondo, la misma delicadeza con que concibe la patria, es decir, como una casa donde todos deben caber. Su amor no es el de la pasión devoradora que aísla a los amantes del mundo, sino un amor que devuelve a quien lo siente a la comunidad con una mirada más generosa.
Estas ideas se aprecian con claridad en los poemas dedicados a la infancia y a la familia. El niño de su poesía es un sujeto de derechos poéticos, alguien a quien se debe protección, juego y respeto. Cuando el poeta se inclina hacia el hijo, el gesto privado se vuelve también un gesto político, porque afirma que el futuro de un país se juega en el trato que se da a los más pequeños. De ahí que sus poemas de cuna, de ronda y de juego resuenen igual en un hogar que en un aula, aunque, en la actualidad, ni en el hogar, ni en el aula resuenen ya.
La ternura civil aparece, de forma aún más explícita, en el célebre poema Píntame angelitos negros. Allí el reproche a un pintor que solamente imagina ángeles blancos no es una simple anécdota piadosa. Se trata de una denuncia del racismo cotidiano formulada desde el afecto de una madre. La voz que habla no grita consignas; pide, con una sencillez desarmante, que el cielo de la imaginación incluya a todos los niños. La eficacia del poema depende justamente de ese tono. Una denuncia airada habría provocado defensa; una súplica tierna provoca reconocimiento. Hay aquí una teoría implícita de la persuasión: se cambia la conciencia de un pueblo más por la ternura que por el reproche.
Tampoco el amor erótico escapa a esta lógica. Los poemas amorosos de Andrés Eloy Blanco, por lo general, evitan la retórica del vértigo y prefieren la del compañerismo. La amada es presencia cotidiana, paisaje, hogar, pausa en el camino. Es un amor que no pretende abolir el tiempo, sino habitarlo, y que por eso resulta más cercano al lector común que la desmesura romántica. Octavio Paz sostuvo que el poema es una forma de comunión; en Andrés Eloy esa comunión no se limita a la pareja, sino que se extiende al lector, convertido en interlocutor y casi en vecino.
Ajora bien, si la ternura es una de las dos caras de su poesía, la otra es un dolor que atraviesa toda su obra sin volverse nunca exhibicionismo. Andrés Eloy Blanco conoció la pérdida personal, el encierro político y el destierro, y supo transformar esas experiencias en un lenguaje de duelo que no se agota en la queja individual. Su dolor es entrañable en dos sentidos. En uno, porque viene de lo más hondo, de las entrañas, y porque inspira entrañas, es decir, afecto, en quien lo lee. El lector no contempla ese dolor desde fuera; lo reconoce como propio. Por otro lado, hay un dolor colectivo que recorre sus versos. El de un pueblo sometido, desigual, con hambre de justicia. En sus poemas de tema político o social, y en el eco que dejó su participación pública, la indignación se mezcla con una ternura persistente hacia los humildes. No hay desprecio hacia el adversario retórico más allá de lo necesario; hay, sobre todo, compasión por los que sufren. Esta actitud explica por qué su poesía pudo ser leída a la vez como militante y como íntima, sin traicionar ninguno de esos registros.
El exilio final añade una nota particular. Andrés Eloy Blanco murió lejos de Venezuela, y su obra póstuma y tardía carga con una nostalgia que ya no es solo suya, sino la de todos los desterrados. En ese sentido, su dolor funciona como una forma de patria portátil. El poema permite regresar, aunque sea por unos versos, al paisaje, a la lengua y a los rostros perdidos. Quien lee hoy esos poemas, aun en circunstancias muy distintas, encuentra en ellos un modo de decir la ausencia sin rendirse a ella.
Vivimos tiempos de polarización y de discursos duros, a veces brutales, cargados de vacío conceptual y supina ignorancia, en los que la ternura corre el riesgo de parecer ingenua. Andrés Eloy Blanco propone lo contrario. Propone que la ternura es una condición de la vida democrática. Una sociedad que no aprende a cuidar a sus niños, a escuchar a sus ancianos, a reconocer a sus diferentes, difícilmente podrá sostener instituciones justas. Su poesía recuerda que las leyes se apoyan en afectos y que los afectos pueden educarse.
La obra de Andrés Eloy Blanco la he contemplado siempre como una larga conversación con su pueblo, hecha de ternura y de dolor, espacio donde comparten una lengua. Su amor, lejos de encerrarse en la intimidad, se proyecta como ternura civil. Una manera de fundar comunidad desde el afecto. Su dolor, lejos de aislarlo, se vuelve entrañable porque encuentra en el lector un hogar. Su arraigo popular, lejos de ser una concesión, es una poética consciente que convierte la oralidad, el paisaje y el habla criolla en materia de alta poesía. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
