El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | ¡Oh Señora mía!

Hace muchos años, cuando era alumno del Colegio Javier en Sierra Maestra, antes de iniciar la jornada, orábamos. Una de esas oraciones quedó grabada en mi corazón, pero el tiempo y mi soberbia la durmieron en mi memoria. Después de muchos años, siendo profesor del Colegio Mater Salvatoris, la volví a escuchar. Me sorprendió mucho que, aunque no había vuelto a hacerla, ella brotaba de mí como si nunca la hubiera dejado de hacer. Sentí una emoción muy intensa. Siempre la siento. Creo que pocas oraciones marianas han calado tan hondo en mí como esta oración, cuya fórmula comienza con las palabras «Oh Señora mía, oh Madre mía».

La oración dice: “Oh Señora mía, oh Madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti. En prueba de mi filial afecto te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, oh madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya”. Esta oración tiene una historia. La forma más antigua que se conoce de la oración es latina y comienza O Domina mea! O Mater mea! Tibi me totum offero… En esa lengua continúa dando: consecro tibi oculos meos, aures meas, os meum, cor meum, plane me totum. Quoniam itaque tuus sum, o bona Mater, serva me, defende me ut rem ac possessionem tuam. Esta redacción aparece citada en recopilaciones devocionales tradicionales, en particular en la Raccolta y en el Manuale Christianum. Algunas ediciones añaden el adverbio hodie («hoy»), que corresponde al «en este día» de las versiones castellanas.

Todo indica que la oración nació y se difundió dentro del mundo de las Congregaciones Marianas (sodalicios), asociaciones de laicos fundadas por los jesuitas desde el siglo XVI y cuya espiritualidad giraba en torno a la consagración a la Virgen. La bula Omnipotentis Dei de Gregorio XIII (1584) dio reconocimiento pontificio a la Congregación primaria del Colegio Romano, y de ella derivó una vasta red de sodalicios por toda Europa y las misiones. Pío XII dedicó a su cuarto centenario la constitución Bis saeculari (1948). En ese ambiente, fórmulas breves de ofrecimiento diario eran habituales en los manuales de los congregantes.

Entre las páginas devocionales circulan atribuciones a San Luis María Grignion de Montfort (1673–1716), el gran predicador de la «esclavitud de amor» a María. Una página de las Hermanas de María de Schoenstatt afirma, por ejemplo, que la «Pequeña Consagración» es tradicionalmente atribuida a ese santo, y otros sitios devocionales la presentan como difundida por él. Sin embargo, no encontré una referencia documental primaria (un pasaje de sus obras o un manuscrito) que respalde esa atribución, y la fórmula de consagración que Montfort propone en su Tratado de la verdadera devoción es otra, mucho más larga y de estructura distinta («Yo, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos los votos de mi bautismo…»). Lo prudente sería tratar a Montfort como inspirador de un clima espiritual, no como autor demostrado de este texto. La oración debe considerarse, por tanto, de autoría anónima y tradicional, fruto de la piedad mariana de los siglos modernos, con raíces plausibles en la cultura de las congregaciones marianas.

La oración alcanzó su difusión masiva en el siglo XX por dos vías principales. La primera es el Movimiento de Schoenstatt. Según las fuentes del propio movimiento, el 18 de octubre de 1914 el padre José Kentenich y los jóvenes de la Congregación Mariana que dirigía sellaron por primera vez la «Alianza de Amor» con la Virgen, y esa alianza se renueva a diario con la oración llamada «Pequeña Consagración», que es esta. La segunda vía es la piedad de la Obra. En el sitio oficial del Opus Dei la ofrece como «Consagración a la Virgen» y forma parte de las prácticas habituales de sus fieles. Con ambas difusiones, y con la del Rosario parroquial y los grupos juveniles, la oración se hizo patrimonio común de la Iglesia hispanohablante. Más allá de la historia concreta de este texto, la oración se inscribe en una larguísima tradición. La más antigua plegaria mariana conocida, el Sub tuum praesidium, atestiguada en un papiro egipcio que suele datarse hacia el siglo III, ya acude «bajo el amparo» de la Madre de Dios. La relación de patrocinio, de refugio y de pertenencia filial que respira nuestra oración hunde, pues, sus raíces en los primeros siglos cristianos.

Todas las grandes escuelas de espiritualidad cristiana coinciden en que la unión con Dios exige un vaciamiento de sí. Es la kénosis que Pablo atribuye a Cristo (Flp 2,6-8) y que el cristiano está llamado a reproducir. San Juan de la Cruz, en la Subida del Monte Carmelo, plantea la purificación de las potencias y de los sentidos como condición para la unión transformante. Santa Teresa de Jesús habla en las Moradas de la progresiva rendición de la voluntad. San Ignacio condensa lo mismo en el Suscipe de los Ejercicios (n. 234): «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad…». Nuestra oración ofrece la misma estructura en lenguaje filial: ojos, oídos, lengua, corazón, todo mi ser. La diferencia reside en el rostro del destinatario. Aquí la entrega se hace a una Madre, y esto dulcifica el despojamiento.

San Luis Grignion de Montfort enseña que María es «el molde de Dios» (forma Dei), alusión a Rm 6,17, en el que se configura el cristiano. La imagen es mística. Así como Dios se hizo hombre en María, el hombre se hace «cristiforme» al dejarse formar por ella. Desde esta perspectiva, entregarle los sentidos y el corazón equivale a ponerse en el taller donde Cristo se forma. La figura de María como discípula perfecta (Lc 1,38; 2,19.51) hace de ella el modelo y el medio de la vida mística: ella es la primera que «guardó la Palabra» de modo perfecto. La oración tiene un tono de confianza infantil. «Madre de bondad» y «mi filial afecto» evocan lo que Santa Teresa de Lisieux llamó el «caminito» de la infancia espiritual. La actitud de quien, sabiendo que no puede por sí solo, se deja llevar en brazos. El abandono confiado es una de las formas más antiguas y más accesibles de la experiencia mística, y el Evangelio la sanciona: «si no os volvéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 18,3). Solo quien se reconoce hijo puede decir «guárdame y defiéndeme». No pide como quien reclama un derecho, sino como quien sabe que será atendido.

Quien la reza cada mañana pronuncia, sin saberlo quizá, la misma frase con que el discípulo amado acogió a María «en lo propio». No como quien añade una devoción más a una vida ya hecha, sino como quien abre su casa entera. Y la respuesta que la tradición espera, como en Caná, es la de la Madre que señala al Hijo: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5) Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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