El diario plural del Zulia

Gabriel Flores | Petróleo primero, democracia después: lo que hay detrás del encuentro entre Trump y Delcy

Las fotografías de Donald Trump con Delcy Rodríguez y, anteriormente, con María Corina Machado no deberían leerse necesariamente como fotografías de victoria o derrota. Son, ante todo, expresiones diplomáticas. En ambas, aparecen exhibidos como triunfos o resultados deseados de agendas distintas dentro de un mismo tablero: el de los intereses estratégicos de Estados Unidos sobre Venezuela. Una fotografía puede tener un enorme valor político y simbólico pero no necesariamente determina el desenlace de un fenómeno. La verdadera estructura del poder está en los acuerdos, los contratos, las licencias, los mecanismos financieros, las condiciones petroleras y, sobre todo, en quién tiene capacidad para establecer los tiempos y las reglas del proceso. Por eso, la fotografía de Trump con Delcy no invalida automáticamente la fotografía anterior con María Corina, ni aquella fotografía significaba que todo el poder estaba en manos de la oposición. Washington puede mostrar a distintos actores venezolanos en momentos diferentes porque cada uno cumple una función dentro de una secuencia (Recordemos el caso de Enrique Márquez). No son fotografías contradictorias: son fotografías que cumplen funciones distintas. Una puede servir para exhibir el control sobre el presente; otra, para mantener abierta una expectativa sobre el futuro. El error sería interpretar cada imagen como el desenlace definitivo de la política venezolana. La foto no implica, por sí misma, victoria o derrota. Es un eslabón de una secuencia de hechos.

La reunión entre Delcy Rodríguez y Donald Trump en Nueva York no es el final de una historia ni el comienzo de otra. Es la foto más nítida de una lógica de poder que ya estaba en marcha desde el 3 de enero de 2026, cuando Estados Unidos extrajo a Nicolás Maduro y a Cilia Flores de Caracas y los sentó en una cárcel federal de Brooklyn. Desde entonces, Washington no ha estado “resolviendo Venezuela” en el sentido romántico del término. Ha estado reordenando quién puede hablar por el Estado, quién firma sobre el petróleo y quién sobrevive administrando lo que quedó en pie.

La primera premisa que hay que sostener es que: reconocer no es legitimar. Estados Unidos reconoce a Delcy como quien controla de hecho el país (la que manda sobre la administración, las fuerzas de seguridad y la capacidad de cumplir un acuerdo) y, al mismo tiempo, sigue tratando a la Asamblea Nacional de 2015 como la última institución electa con un mínimo de cobertura democrática. No es un juego de palabras. Es una arquitectura. A Rodríguez se le reconoce efectividad de la administración momentánea del Estado y a la AN-2015 se le reserva un residuo de legitimidad. Con la primera se firma y se extrae crudo. Con la segunda se construirá (de acuerdo a lo manifiesto) instituciones que permitan la cristalización del proceso de democratización que, entendido de forma adecuada, involucrará al chavismo ya no como hegemón o dominante pero sí como factor existente.

Por eso, debe comprenderse el estado del arte. La aproximación de Washington hacia Caracas es de afuera (EE. UU.) hacia adentro (Venezuela), no solo “de adentro hacia adentro”, como si el Departamento de Estado estuviera diseñando la democracia venezolana desde un escritorio como única motivación altruista de los intereses exclusivos de los venezolanos. Quien pone en riesgo a sus soldados para sacar a un jefe de Estado no lo hace por mera promoción democrática. Lo hace porque, en la doctrina estadounidense de seguridad y defensa, el hemisferio importa, el petróleo importa y la capacidad de imponer reglas después de un hecho de fuerza también importa. Es por eso que en esa ecuación entran los departamentos de Estado, Guerra, Energía y Tesoro. Quien gana la guerra, o al menos quien impone un hecho militar de esa magnitud, intenta cobrar la factura imponiendo las reglas. No se trata de “lavar la cara a EE. UU.” ni mucho menos al interinato que preside Delcy Rodríguez, sino de comprender el enfoque que responde a lógicas del realismo político que hay de fondo en esta aproximación. El ganador lo lleva todo.

El plan de tres fases lo dice muy claro: estabilización, recuperación, transición. El orden es jerarquía. Primero que el Estado no se deshaga. Después que entre capital y se reactive el crudo. Solo entonces, instituciones creíbles. La democracia no es el punto de partida. Es el último tramo de una secuencia que puede alargarse, solaparse o diluirse. Quien espera que una foto en Nueva York inaugure la fase 3 confunde el protocolo con la estructura. El Departamento de Estado sigue insistiendo en esas tres fases, incluso después del encuentro de ayer. Marco Rubio dijo que ayer la reunión con Delcy Rodríguez fue “corta pero importante” e informa lo conversado: La reestructuración de la deuda, estabilización de la economía y una transición política. “Tenemos que reconstruir las instituciones necesarias para que haya elecciones libres y justas, que es crítico”.

Esa estructura quedó explícita en marzo, cuando el Departamento de Estado le escribió a una corte de Nueva York que Delcy es “la única jefa de Estado capaz de actuar en nombre de Venezuela”. Era una instrucción jurídica. En Estados Unidos, los tribunales suelen seguir esa determinación presidencial. A partir de ahí cambian abogados, deudas, litigios y la representación de PDVSA. Citgo lo muestra mejor que cualquier comunicado: el reconocimiento inclinó la balanza legal hacia Caracas, pero OFAC no entregó el activo. En septiembre incluso congeló la posibilidad de nombrar o remover directores. Washington le reconoce a Rodríguez la personería del Estado y retiene la palanca sobre el bien más valioso en suelo estadounidense. Eso es tutela. No es consagración.

El acuerdo petrolero de agosto es el corazón de ese modelo. Lo firmaron Marco Rubio y Pete Hegseth. El Pentágono, por la Oficina de Capital Estratégico, queda con instrumentos financieros equivalentes a un 35 % en la matriz de la empresa NABEP, derecho a comprar 20 % de la producción a costo, primera opción sobre el resto, veto sobre el directorio y mayoría estadounidense en la junta.

Por eso una reunión en Nueva York no es el fin de la política ni convierte a Delcy en la favorita de Trump. El fondo es instrumental. Rodríguez es útil porque cede cuando se le pide. Eso no la vuelve irremplazable. La vuelve conveniente en esta fase. Lo mismo sucedió con María Corina Machado y el encuadre o el sentido que Washington le dio a ese encuentro a principios del año en función del momento.

El encuentro, además, es natural en clave estadounidense. Trump necesita exhibir a Venezuela como éxito de política exterior a semanas de unas elecciones de medio término: Maduro preso, petróleo fluyendo, un acuerdo que él mismo vendió como el mayor de la historia y un país que deja de ser solo “fábrica de migración” para convertirse en suministro hemisférico. La foto le habla a Texas, a refinadores del golfo de América (antiguo golfo de México) y a un electorado que mide política exterior en precios, seguridad y control, no le habla al electorado latino en EE.UU. ya que no es parte estratégica de su capital electoral en la actualidad. No le habla a los venezolanos en Venezuela porque electoralmente no se debe a ellos. Les habla a quienes sí pueden premiarlo o castigarlo en noviembre y al sector energético que necesita una señal de que invertir en Venezuela es seguro ya que controla e influye en quienes la administran bajo un formato de tutelaje.

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Para Delcy, Trump es oxígeno y dilema al mismo tiempo. El encuentro proyecta que el gobierno encargado no es un experimento accidental sino un actor reconocido con una utilidad determinada. Ese es su capital de supervivencia. Pero ella no gobierna sola. Gobierna dentro de una especie de triunvirato: ella en el Ejecutivo, Jorge Rodríguez en la AN, Diosdado Cabello en el aparato de seguridad. Washington los necesita a los tres porque el chavismo no se evaporó con Maduro. Se reordenó. Delcy es la cara presentable hacia afuera, Cabello sigue siendo el fiador interno de que las armas no se desmanden. Es el precio de la estabilización.  Dentro del chavismo hay un sector pragmático que entiende que sin Washington no hay continuidad en la administración del Estado ni protección. Hay un sector militar más corporativo que ideológico, otro más institucional que partidista. Asimismo, hay un núcleo que sigue leyendo el mundo en clave antiimperialista y ve cada gesto con Estados Unidos como humillación o como evidencia de que alguien facilitó la caída de Maduro.

Hacia la oposición, las fotos con Trump cumplen funciones distintas y complementarias. Delcy no le habla principalmente a la ya menguada base chavista para demostrar fortaleza revolucionaria. Le habla a su propia estructura: hay articulación reconocida, hay canal, hay continuidad. Y le habla al sector de María Corina Machado. El mensaje no necesita ser explícito. Basta con verse sentada al otro lado de la mesa de Trump (demostrando que el chavismo también juega). Ambos efectos le sirven al chavismo contra la oposición para: desmovilizar o confundir.

Ante lo ocurrido, la pregunta que más desconcierta a la ciudadanía venezolana no es si hubo foto, sino por qué Trump mantiene su respaldo al Gobierno Encargado y por qué el acuerdo petrolero estratégico se canalizó a través de Alejandro Betancourt.

Hay una escena que se repite en el cine policial estadounidense: la autoridad rara vez recurre a un ciudadano irreprochable para el trabajo incómodo. Prefiere a alguien con cuentas pendientes, una causa posible, una investigación abierta o un pasado que puede reactivarse. Esa persona coopera, firma y entrega, no por convicción, sino para evitar un desenlace peor, y al agente le basta con recordarle lo que pesa sobre él. Algo parecido parece operar en la relación de Washington con el interinato y con Betancourt: ambos tienen flancos expuestos, lo que los convierte en interlocutores dóciles para un despojo ordenado del acceso a los recursos del país, y cabe pensar que cooperan para conservar el favor de Estados Unidos y esquivar consecuencias mayores. Distinto sería el caso si Estados Unidos negociara petróleo con un gobierno legítimo. A ese gobierno no lo vería como tutelado, sino como par. Un interlocutor nacido del voto, sin causa penal colgando sobre la mesa, exigiría otros términos: más control nacional, menos cesión de reservas, plazos más cortos, menos vetos sobre el directorio, menos contratos gobernados exclusivamente por ley estadounidense. Washington no obtendría los mismos beneficios ni las mismas ganancias que obtiene con los tutelados. El tutelaje no es un accidente moral. Es una tecnología de extracción. Permite imponer reglas que un igual no aceptaría.

Por eso el dilema real ya no es si habrá elecciones presidenciales en Venezuela. Esa fecha llegará, quizás no en el momento deseado por la mayoría o en la secuencia electoral esperada. Si llega, la marcará Washington cuando le convenga a su secuencia de fases. El dilema real es hasta cuándo Estados Unidos sostendrá el tutelaje. Mientras el interinato sea útil, mientras el crudo fluya en los términos pactados y mientras la foto sirva de éxito exportable rumbo a noviembre, la fase 3 puede alargarse, solaparse o diluirse. Ante esa realidad prevista por el sector opositor, su narrativa proyectada demanda y exige la presencia en terreno de María Corina Machado en Venezuela, ya que se asume que la democratización al quedar en segundo plano se ve lejana e incluso ajena y con ella puede promoverse una suerte de presión y aceleramiento bajo una vigilancia activa.

Esa es la lógica de poder de fondo. Estados Unidos trata a Venezuela como un problema de seguridad y recursos que se administra con el poder fáctico disponible, mientras conserva un residuo de legitimidad en la AN-2015 para no cerrar del todo el capítulo democrático. Delcy acepta esa administración porque es su oxígeno. Trump la exhibe porque es su éxito exportable. María Corina Machado queda como un activo en otro plano, con influencia que no desaparece, aunque no ordene el presente. Las dos fotos  (Delcy Rodrigúez - Trump y María Corina Machado - Trump) no se contradicen, responde a un momento determinado dentro del proceso, no lo definen.

Aun así, nada de esto cierra la causa democrática. Mientras exista esa voluntad política, mientras la AN 2015 conserve un ancla de legitimidad y mientras la democratización siga escrita en la propia hoja de ruta de Washington (aunque sea al final), la democratización no está cancelada: solo está aplazada. El poder fáctico puede administrar el presente. No puede, por sí solo, extinguir la demanda de un gobierno que nazca del voto popular.

*Politólogo. Experto en Comunicación e Innovación Política.

 

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