El diario plural del Zulia

Nacho Montes de Oca | 30.000 dólares por un soldado de EE. UU. (60.000 si es mujer)

"Quien mate o capture a un militar estadounidense invasor recibirá 30.000 dólares", anunció el domingo 16 de agosto el comandante en jefe del Ejército iraní (Artesh), Amir Hatami. El régimen iraní ofrece además el doble si quien lo hace es una mujer. La recompensa anunciada este domingo podría parecer otra extravagancia propagandística de una guerra que ya lleva casi seis meses. Sin embargo, adquiere otra dimensión si se la observa como parte del sistema de represalias que Irán construye desde hace décadas y, en especial, dentro del conflicto abierto desde el 28 de febrero de 2026.

Teherán sostiene esa presión con una combinación de dinero, religión, procesos judiciales y una red clandestina capaz de actuar fuera de sus fronteras. Así mantiene a ciertos adversarios bajo una amenaza que puede prolongarse durante años. La recompensa de Hatami no inaugura necesariamente una estrategia: suma una pieza a una maquinaria que ya tenía otros engranajes. Que el anuncio provenga del jefe del ejército regular —y no de la Guardia Revolucionaria ni de la Fuerza Quds, tradicionalmente vinculadas con las operaciones exteriores— aporta, además, un matiz institucional. El régimen exhibe unidad entre sus dos fuerzas armadas y amplía el círculo de actores que pueden atribuirse la iniciativa de la venganza.

El anuncio contiene un elemento tan importante como los 30.000 dólares: la ambigüedad. Hatami afirmó que recibirá la recompensa quien mate o capture y entregue a un militar estadounidense “invasor”, pero no aclaró dónde ni en qué circunstancias debería ocurrir. Tampoco precisó si se refiere solo a militares que ingresen en territorio iraní o a cualquier integrante de las fuerzas estadounidenses que participe en operaciones contra Irán.

Esa ambigüedad es clave. Hoy no existe un despliegue conocido de tropas terrestres estadounidenses en Irán, salvo una misión de rescate realizada en abril. Si el pago quedara limitado a una eventual incursión terrestre, tendría una aplicación práctica muy reducida. En cambio, si “invasor” o “agresor” se interpreta en sentido amplio, podría incluir a cualquiera de los cerca de 50.000 militares estadounidenses desplegados por el Pentágono en bases de Irak, Jordania, Kuwait y en el Golfo Pérsico de acuerdo al CENTCOM. Además, ofrecer públicamente dinero por matar soldados de un país con el que se mantiene un conflicto armado puede interpretarse, según el derecho internacional, como incitación a la violencia o al terrorismo, y generar nuevas consecuencias diplomáticas para Teherán.

El monto tampoco parece pensado para financiar una operación militar sofisticada. Treinta mil dólares representan mucho para una persona en ciertos contextos —sobre todo en una economía iraní afectada por una inflación extrema y por la guerra—, pero resultan escasos para organizar un ataque contra un soldado protegido por una estructura militar. Su valor probablemente sea simbólico: transforma al enemigo en un objetivo concreto, invita a ciudadanos comunes a participar del esfuerzo bélico y transmite que cualquiera puede contribuir a la venganza.

Hatami presentó la medida como respuesta a pedidos de ciudadanos iraníes que querían aportar dinero a lo que el régimen llama “jihad financiera”. De ese modo, la recompensa aparece como una iniciativa popular y no solo como una orden estatal. La promesa de duplicar el pago si la acción la realiza una mujer suma otro recurso propagandístico: la resistencia deja de mostrarse como una tarea exclusiva de combatientes y pasa a involucrar, al menos en el plano simbólico, a toda la sociedad.

Esta recompensa, sin embargo, no debe confundirse con una fatwa: son mecanismos distintos. La recompensa ofrece un incentivo económico para actuar contra un objetivo militar. La fatwa pertenece al campo religioso y puede declarar que una conducta es obligatoria o legítima para quienes reconocen la autoridad de quien la emite. Esa precisión es fundamental, porque una fatwa no funciona como una ley universal capaz de obligar automáticamente a todos los musulmanes del mundo.

En el islam no existe una autoridad religiosa única con poder para dictar órdenes vinculantes para todos los creyentes. El alcance de una fatwa depende de quién la emite, del reconocimiento religioso que esa persona tenga y de la tradición jurídica de quien la recibe. En el chiismo duodecimano, predominante en Irán, los creyentes pueden seguir como autoridad de referencia —marja— a distintos grandes ayatolás. Por eso, la decisión religiosa de uno de ellos no se convierte automáticamente en una obligación para todos los musulmanes chiitas y, mucho menos, para los sunnitas.

Por eso importa tanto el lenguaje de Teherán. Cuando una autoridad iraní declara que alguien es mahdour al-dam —es decir, que su sangre puede considerarse lícita— intenta dar legitimidad religiosa a su eliminación. Pero el alcance efectivo de esa declaración depende de quién reconozca a esa autoridad. No equivale una fatwa emitida por un ayatolá con seguidores propios a una declaración colectiva de una institución estatal iraní. En este último caso, el contenido religioso tiene también una evidente dimensión política.

Esta diferencia permite entender con mayor claridad la maquinaria de venganza iraní. El Estado puede señalar a una persona como enemiga; los tribunales, acusarla; las autoridades religiosas, legitimar su eliminación; y la Fuerza Quds dispone de estructuras capaces de ejecutarla. Cada instrumento tiene un alcance diferente, pero todos pueden alimentar una misma narrativa de venganza.

En junio, por ejemplo, la Asamblea de Expertos iraní calificó a Donald Trump y Benjamin Netanyahu como mahdour al-dam y presentó su eliminación como un deber religioso. Eso no debe leerse como una orden que obligue de manera automática a cualquier musulmán que tome conocimiento. Su relevancia es otra: una institución religiosa del sistema iraní convirtió la venganza contra determinados enemigos en una obligación moral y religiosa dentro de su propio marco de autoridad, que es acotado porque la declaración proviene de líderes chiitas, una rama del islam que reúne a cerca del 8 % de los 1.400 millones de musulmanes del mundo, unos 110 a120 millones de personas. Incluso dentro del chiismo, cada comunidad elige líderes que no necesariamente están alineados con Teherán. Fuera del sistema de autoridad chiita de los ayatolás, la declaración debe entenderse como una “sugerencia” y, en todo caso, como una justificación útil para que uno o más yihadistas pasen a la acción.

Aquí aparece la diferencia que vuelve el problema mucho más complejo. Una sentencia judicial iraní puede resultar casi imposible de ejecutar fuera de Irán. Una recompensa puede ser difícil de cobrar. Una declaración religiosa, en cambio, puede conservar su vigencia, aunque cambien los gobiernos, pasen los años o desaparezca el conflicto que le dio origen.

Esta distinción ayuda a comprender la importancia del precedente de Salman Rushdie. En 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeini dictó una fatwa contra el escritor por su novela Los versos satánicos. Con el tiempo, la amenaza pareció pertenecer a otra época y Rushdie pudo recuperar gradualmente una vida pública, aunque bajo protección. En agosto de 2022, Hadi Matar lo atacó con un cuchillo en Nueva York y lo hirió gravemente. Los fiscales estadounidenses determinaron que Matar había contactado a una persona en Irán para comprobar que la fatwa seguía vigente. El episodio reveló algo más inquietante que la capacidad de un Estado para emitir una orden: una amenaza puede permanecer latente durante décadas y reactivarse cuando aparece alguien dispuesto a cumplirla.

La historia argentina añade otra dimensión, y no como una mera analogía: Buenos Aires ya fue escenario de una operación atribuida judicialmente a la estructura iraní y a Hezbollah. En 1994, el atentado contra la AMIA causó 85 muertos y cientos de heridos. En 2024, la Cámara Federal de Casación argentina responsabilizó a Irán por el ataque y sostuvo que Hezbollah actuó dentro de un “diseño político y estratégico” iraní.

Ese antecedente obliga a considerar escenarios menos previsibles. Una represalia puede dirigirse contra una sede diplomática, una comunidad, un funcionario, un empresario, un científico o cualquier persona relacionada con los enemigos de Teherán, sin que el objetivo esté en Medio Oriente ni sea una figura de primer nivel. Al extender la recompensa a “cualquier ciudadano”, Hatami también amplía el universo de posibles autores más allá de las redes controladas por la Fuerza Quds. Allí aparecen los “lobos solitarios”: individuos sin afiliación previa, motivados por el dinero o por la legitimación religiosa, a quienes la propia Fuerza Quds puede activar o aprovechar.

El caso argentino no prueba que la recompensa de Hatami pueda aplicarse otra vez en sitios como Buenos Aires ni que hoy exista un plan iraní identificado contra militares estadounidenses fuera de Medio Oriente. Sí demuestra una cuestión más amplia: un conflicto con Irán no necesariamente queda limitado al territorio donde se desarrollan los combates.

Los antecedentes contra funcionarios estadounidenses son concretos. En 2022, Shahram Poursafi, integrante de la Guardia Revolucionaria, ofreció cientos de miles de dólares para asesinar a John Bolton y Mike Pompeo. En 2024, Asif Merchant fue detenido en Estados Unidos cuando intentaba contratar sicarios para matar a Trump y a otros funcionarios. Los planes fueron frustrados, pero lo central es que hubo personas que intentaron convertir las amenazas en operaciones. Por eso, la amenaza genera costos incluso si nunca se concreta un asesinato. Un expresidente, un diplomático o un militar señalado como objetivo puede requerir protección reforzada durante años: cambios de itinerario, más controles y recursos de inteligencia destinados a detectar células o intermediarios. La amenaza se transforma así en una demanda permanente de seguridad. Ese puede ser uno de los objetivos de la estrategia iraní: no necesariamente destruir al adversario, sino obligarlo a invertir recursos para protegerse de un peligro que no desaparece.

El episodio de Donald Trump en Ankara ilustra el efecto psicológico de esa incertidumbre. Según reportes periodísticos sobre la cumbre de la OTAN de julio de 2026, el Servicio Secreto escondió al presidente en un camión de catering para retirarlo de la zona mientras el Air Force One despegaba acompañado por cazas que funcionaban como señuelo. La información de inteligencia sobre un posible ataque iraní tenía, de acuerdo con esos mismos reportes, un nivel de confianza bajo. Por eso no puede afirmarse que hubiera un atentado inminente. El caso, sin embargo, muestra que hasta una amenaza incierta puede obligar a adoptar medidas extraordinarias.

La consecuencia principal es que el problema deja de ser exclusivamente estadounidense. Si Irán conserva la capacidad de actuar mediante intermediarios, cualquier país que albergue una base de Estados Unidos, una embajada, personal militar, ciudadanos israelíes o instituciones vinculadas con esos países puede verse obligado a revisar sus sistemas de seguridad. Para Estados Unidos, el desafío es proteger a militares y funcionarios. Para los demás países, la pregunta es si su territorio podría convertirse en escenario de una represalia originalmente dirigida contra Washington o Jerusalén. Buenos Aires ya mostró que esa posibilidad no es solo teórica.

La recompensa de Hatami incorpora una dimensión nueva. Hasta ahora, la maquinaria iraní combinaba la amenaza política, la condena judicial, la legitimación religiosa y la capacidad clandestina de la Fuerza Quds. Ahora suma un incentivo económico explícito para que individuos participen en la persecución de militares estadounidenses. Desde la lógica del lucro, esos potenciales atacantes no tienen por qué ser chiitas ni integrar la estructura de Al Quds. Es en ese punto donde la amenaza se amplía.

Cada mecanismo, de todos modos, tiene límites. Una sentencia iraní no se ejecuta con facilidad en otro país. Una fatwa no garantiza que alguien actúe. Una recompensa de 30.000 dólares difícilmente financie por sí sola una operación compleja. Y las redes clandestinas pueden ser descubiertas y desarticuladas. El riesgo surge de la combinación: el Estado identifica al enemigo; el sistema judicial lo condena; la autoridad religiosa puede legitimar su eliminación; una recompensa incentiva a un individuo; y una estructura clandestina aporta los medios para intentarlo.

Por eso, la ambigüedad de Hatami pesa tanto como el dinero. Si la recompensa se aplica únicamente dentro de Irán, su alcance es limitado. Si puede interpretarse como válida contra cualquier militar estadounidense considerado “agresor”, el mapa de riesgo se expande de forma considerable. Mientras Teherán no lo aclare, los servicios de seguridad tienen motivos para trabajar con el escenario más prudente. En el contexto actual —con negociaciones intermitentes, combates alrededor del estrecho de Ormuz y la amenaza de Trump de reiniciar la ofensiva estadounidense—, la recompensa también funciona como instrumento de presión y negociación: genera costos asimétricos con el propósito de forzar concesiones.

Irán no necesita demostrar que puede perseguir a un militar estadounidense en cualquier lugar del mundo para producir ese costo: le basta con mantener abierta la posibilidad. El caso Rushdie muestra que una amenaza puede sobrevivir durante décadas. La experiencia de Buenos Aires demuestra que el conflicto puede recorrer miles de kilómetros. Y los intentos contra funcionarios estadounidenses revelan que existen estructuras dispuestas a transformar la retórica en acción.

Treinta mil dólares pueden parecer insuficientes para cambiar el resultado de una guerra. Pero si esa cifra consigue que decenas de servicios de inteligencia, fuerzas policiales y sistemas de protección de todo el mundo deban preguntarse quién será el próximo objetivo y dónde podría aparecer, el costo verdadero de la recompensa será mucho mayor que su valor nominal.
La jugada consiste en ofrecer el precio aproximado de un dron para generar tensión en las filas adversarias e involucrar al resto de los países en un estrés de seguridad y gastos inmensamente desproporcionados. La estrategia del máximo beneficio con el mínimo gasto es ya un clásico del ajedrez narrativo que Teherán ejecuta desde que se inició la guerra.

Treinta mil dólares no compran una guerra. Pero sí pueden comprar años de miedo, millones en seguridad y la certeza de que, para Irán, la venganza es un negocio que nunca cierra.

(Tomado de la red social X)

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