El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | La voz urbana de Apocalipsis

Hace poco más de 30 años apareció Valiente Ciudadano, el último libro de Miyó Vestrini. Apareció publicado 3 años después de su trágica muerte. Miyó fue, como sabemos, la única voz femenina del grupo Apocalipsis (1955-1958). Contaba en ese momento con unos 18 años y un gran entusiasmo que compartía con César David Rincón, contemporáneo con ella. Venían de la experiencia de los talleres de expresión artística que se brindaban en el Liceo Baralt a encontrarse con la voz surreal de Hesnor Rivera, quien regresaba de Chile y de La Mandrágora. No se conocen trabajos poéticos de Miyó durante Apocalipsis, pero la semilla plantada en el Piel Roja vio florecer en 1971 su primer libro, Las historias de Giovanna, al que siguieron El invierno próximo (1975), Pocas virtudes (1986) y, el antes mencionado, Valiente ciudadano (1994).

La obra de Miyó Vestrini es sumamente particular. Ella representa la voz urbana de Apocalipsis, una voz que decanta el devenir de la mujer inmersa en la modernidad, en sus posibilidades y limitaciones. Sus poemas figuran un enlace entre la memoria —acariciada por el ensueño— y la dolorosa verdad que se desnuda en lo cotidiano. Entre sus versos se teje y desteje una tensión, una angustia por vivir desde la muerte. En Miyó, la muerte se plantea como una posibilidad real, como una vía de expiación, como una caricia salvadora. Cree en ella con una firmeza inusitada. Si en la poética venezolana se ha llegado a afirmar que la muerte es un camino anhelado (Luis Enrique Mármol, Cruz Salmerón Acosta, José Antonio Ramos Sucre, entre otros) en Miyó Vestrini se vuelve más que una expresión lúdica.

La muerte no permanece oculta. Nunca la ocultó, mucho menos, su angustia de mujer del siglo XX. Angustia que la forzaba “a apretar los párpados para no ver la luz del mediodía”. Se veía obligada a gritar su desesperación en la poesía, ahí era posible, allí se le permitía esa exquisitez de exigir “el control remoto para cambiar los canales, ponerse pantalones y largarse” o, por lo menos, “escaparse a la perspectiva de los que mean detrás de un árbol”. En la poesía podía ironizar con su destino de “cocinera pelando papas”. La muerte aparece, desaparece y reaparece entre la poesía y la realidad. La muerte hermosa y larga, respiradero de esperanzas, camino por donde escapar del desorden de la casa.

Miyó unirá su grito silencioso al de Teresa de la Parra, Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño, y tantas otras, que se creyeron aquella frase hueca y poco realista de que todos somos iguales. Miyó estaba convencida de que no era así y desde allí elevó su bandera. La mujer, desde Miyó, estaba dormida, aletargada entre la mesa de bordar y el rutilante olor a cebolla perdido para siempre en los rincones de una cocina limpia y de vez en cuando ocultarse entre las telarañas del techo justo en el momento en que es desamada. La verdad logró descubrirla, ella siempre estuvo esperando en el fondo de una botella. La verdad estaba desnuda en la angustia, en la desesperación que sudaba desde muy niña, aquellos días tranquilos que pasaron como una ráfaga de viento.

En Valiente ciudadano, su último poemario, ya agotada por el vivir desviviendo, pide a Dios poner fin al dolor y que la muerte se reafirme como una esperanza diferente a la vida: “Dame, señor, una muerte que enfurezca / Dame, señor, esa muerte de la intemperie que sorprende y tranquiliza”. Pide que se le reconozca en su integridad humana: “Haz, señor, que aquel hombre con piel inédita reconozca en mí al animal de los olivares. Que su cuerpo pese sobre el mío y haga dulce la entrada al fuego”. Su angustia como mujer y poeta aumentaba al darse cuenta de que un hombre había descubierto el mundo por ella y como castigo por su tardía reacción fue dejada en mitad del camino entre el sol y la niebla. Su vocación de sombra apurada la hería profundamente. Su condición de prostituta perenne, esa cuyos hijos son blancos y sus hombres negros. Su condición de anfitriona de la frustración era hereditario.

Valiente ciudadano se torna entonces en el texto más duro de cuantos conforman su obra. Una dureza, a veces, implacable, terrible, inicua. Quizás tratando de arrancar de su alma toda la rabia acumulada para partir ligera, suave como lo soñara en su juventud. Una poesía descalza posada sobre un largo camino de vidrios y cristales rotos. La sutileza se vuelve ironía juguetona.

Su poesía es espacios para ocultar el rostro detrás de cierto prosaísmo y una vuelta a la narratividad. Su estética se entrelaza con aquello que supone urbanismo hermoso. La intensidad de sus versos se agolpa tras los supermercados, los bares; entre los, a veces fastidiosos, vecinos. Entre las hortalizas en la cocina, o el jabón de baño. El dilema de la crisis de pareja se vuelve constante, las crisis propias de la modernidad. Miyó logra advertir que el amor y la modernidad no pueden andar juntos, por lo menos el amor que ella aprendió, seguramente, en Neruda, en Eluard, o en algún registro perdido de la Generación del 27 española. La modernidad habla de rapidez, de inmediatez, de objetividad. El amor habla de eternidad, de compromiso, del otro.

El cansancio venció a la palabra y permitió que la muerte la tomara por asalto. A veces las ideologías le arrebatan todo el sentido profundo a la vida, a veces nos convencemos de tal modo de ellas que creemos que después no hay nada. Y es que la soberbia nos iguala a hombres y mujeres o, más bien, permitimos que nos iguales. Entonces, comprendo que algo más sobre la valentía ciudadana. Miyó quizás asumió que el hombre era su igual al borde de la muerte. La hojilla acarició sus brazos mientras el universo hacía espacio para cantar en otros tonos sus canciones. Quería dejar de temblar detrás de alguien, quería ser el temblor mismo. Miyó parece que miró al hombre equivocado y le abrió el camino a la mujer equivocada que equivocó el rumbo de la libertad. Paz y Bien

 

 

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